Basada la novela de Jean Ray del mismo título, Malpertuis (1973), de Harry Kümel (el director de El rojo en los labios, su otra gran película), es una extravagancia gótica y delirante, surrealista y barroca, ubicada en un fantasmagórico caserón donde se desarrolla una insólita tragedia griega.
Un film fascinante por su estética y simbología, pero lento, complejo y enrevesado, sobre el que la crítica y el público nunca se han puesto de acuerdo: o apasiona o provoca rechazo, no hay términos medios.
A mí personalmente me parece una gran película, sobre todo la atmósfera onírica que recrea, entre el realismo mágico y el terror gótico, y esa inolvidable mansión, Malpertuis, la auténtica protagonista, llena de pasillos tenebrosos y secretos perversos, que parece salida de un viaje de LSD.
Un enorme (en todos los sentidos) Orson Welles como maestro oficial de ceremonias, y un magnífico elenco de actores, entre los que destacan la sensual Susan Hampshire (protagonista de otra joya de culto, Entre el mar y la arena, que por nada del mundo deberíais perderos), Jean Pierre-Cassel (el padre de Vincent Cassel) y una adorable Sylvie Vartan, encarnan diversos estereotipos de seres humanos y mitológicos, a cada cual más hiperbólico y estrafalario.
Hay que esperar al final de la película, eso sí, para comprender quién es quién y el por qué de toda la odisea.
Una delicatessen para paladares exquisitos.
Vicente Muñoz Álvarez

