UN CAPÍTULO de SILENCIO por PEPE PEREZA



Después de un buen rato deambulando he terminado en el cementerio. Aquí el aire está cargado de un aroma mustio de flores muertas y césped recién cortado. Camino por pasillos flanqueados de cruces hasta llegar a la tumba de mi padre. Por el ramillete que hay encima de la lápida sé que mi madre ha estado aquí hace poco. Me pregunto con qué asiduidad viene a visitarle. Yo es la primera vez que lo hago. Me siento frente a la sepultura y me enciendo un cigarro. Después de días sufriendo el ruido de las obras se agradece dar con un poco de silencio. Miro la tumba con tristeza y pienso en mi padre. Recuerdo que después de jubilarse se pasaba el día viendo la televisión. Y claro, según transcurrían los meses fue ganando kilos. El médico le aconsejó que diera paseos para mantenerse ejercitado. No hizo caso y continuó anclado al sillón. Por eso, mi madre se las ingenió para hacerle andar. Empezó a encomendarle algunos recados. Por ejemplo, ir al supermercado. A su regreso, mi madre le mandaba de vuelta porque necesitaba lejía para la colada y no lo había apuntado en la lista de la compra. Mi padre, refunfuñando, volvía a por lejía. A su llegada, mi madre se disculpaba por haber olvidado mencionar que también trajese detergente. Y a él no le quedaba más remedio que ir a por el detergente. Podían tirarse así toda la mañana. Cuando pasaba a visitarles, mi padre me llevaba aparte y mostrándome su preocupación me decía que mi pobre madre estaba perdiendo la cabeza. Yo tenía que disimular y aguantarme la risa para no delatar la fullería. Otra de las cosas que me viene a la memoria es la imagen que tengo de mi padre cuando estaba ingresado en la UCI. Aunque su cerebro se había apagado a él le mantenían con vida enchufado a una docena de máquinas y monitores. La típica parafernalia que se ve en las películas de hospitales. Pero claro, aquello era real, demasiado real, y dolía. Uno de esos días fui testigo de una de las escenas más entrañables que he presenciado en mi vida. Mi madre, en un intento desesperado por traerle de vuelta a este mundo, se puso de puntillas e inclinándose sobre la cama le besó en los labios. Era la primera vez que veía a mi madre besar a mi padre en la boca. Había visto cómo le besaba en la cara o en la frente, pero nunca en la boca. En medio de la angustia, del dolor, la confusión, el miedo… en medio de toda esa tristeza, pude encontrar un poco de consuelo contemplando aquel beso. Más tarde, cuando los médicos apagaron las máquinas y mi padre murió, yo dejé a mi madre a solas con él para que pudiese despedirse y fui a fumarme un cigarro. Salí por urgencias y crucé la carretera hasta un pequeño aparcamiento que hay enfrente. Mientras fumaba sentí algo extraño que no he vuelto a sentir desde entonces. Por alguna razón, la muerte de mi padre potenció todo rastro de vida que me rodeaba. Casi podía sentir cómo las plantas hacían la fotosíntesis, el pulso de cada insecto, el aliento de los pájaros, el latido de todo ser humano que andaba por allí. Incluso podía notar la sangre que fluía por sus venas. Todo rebosaba vida, el aire, las nubes, el propio asfalto que pisaba. Vida en contraste con la muerte de mi padre. Vida, vida… Me llama la atención un grupo de hormigas que entran y salen por una pequeña grieta que hay en el mármol de la lápida. Mi primer impulso es prenderles fuego con el mechero. Lo que hago es acercarme y echarles por encima una bocanada de humo. Al momento se rompen las dos hileras que habían formado y huyen en todas las direcciones. Adiós a la disciplina, llega el caos.

Pepe Pereza, de Silencio
(Editorial Páramo, 2025)


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