El «nica» Martinelli y la "Divina Comedia"

No hay ciudadano más peligroso, peor traidor a cualquier causa, pecador que más merezca el Infierno de Dante (y también el divino si la gracia no lo alcanza), que aquel que afirma que la democracia en la que vive es ahora una dictadura porque no le dan la razón en lo que quiere. Afirmaciones como esa no son solo nacidas de una mente pueril y caprichosa, reñida con la verdad y que compromete la salud mental, sino que resquebraja la convivencia, falsea la realidad y deteriora las instituciones. Este tipo de personas merece no salir del octavo círculo del Infierno que nos dejó por escrito Dante Alighieri, a la sazón compatriota del «nica» reciente Ricardo Martinelli.

Afirmar que en Panamá existe una dictadura —con las facilidades que ha tenido una persona como él, que hasta ha sido capaz de ser presidente de la república y esquivar la justicia del país durante años (no olviden que sus hijos, condenados como su padre, afirmaron haber sido obligados por él a delinquir y que los Estados Unidos (que no son ejemplo de nada, pero esto es un hecho) le han declarado corrupto— es dejar claro que es un absoluto mentiroso y que no le importan las consecuencias ni de lo que hace ni de lo que dice, exponiendo a ese «pueblo», al que dice querer servir, a un incertidumbre institucional que no se merece.

Lo más sangrante de toda esta Comedia, vulgar, es que se hace llamar «perseguido político» (miren sus redes), al «considerarse perseguido por razones políticas y encontrarse en riesgo inminente su vida, integridad física y seguridad», y «si alguien tenía alguna duda de que Ricardo Martinelli era un perseguido político, ya no tiene por qué tenerla, y lo que hay que ver ahora es si el Gobierno de (Laurentino) Cortizo otorga el salvoconducto de salida (...) o si su sed, su deseo de matar a Ricardo Martinelli son más importantes», afirmaba uno de sus más acérrimos acólitos días atrás y no, el peor presidente de la república, en esto, por lo menos, no se plegó.

Ricardo Martinelli demuestra no saber distinguir entre una democracia (maltrecha, con sus defectos, necesitada de mentes de estado y personas honestas) y una dictadura como la de Torrijos, Noriega o la de su nuevo amo, Daniel Ortega. En los años de dictadura militar en Panamá, parece ser que al joven Ricardo lo mimaban o no tenía luces suficientes para saber en qué país vivía. Ahora, Panamá es una dictadura civil, y el régimen de Ortega una democracia avanzada que lo acoge. Que nos diga cuánto le va a costar esa «Pensión Nicaragua» porque, el «bueno de Daniel», no regala nada ni es amigo de sus amigos, que se lo pregunte a Sergio Ramírez.

Octavo círculo del Infierno —preparado para los fraudulentos—, quinto recinto, donde están los políticos corruptos, ese es el lugar que se merece el «nica» Martinelli, y con él otros muchos políticos (como los que dicen poder perpetrar un golpe de estado, por mucho que se disculpen después), que en los últimos quince años no han hecho más que hundir en la miseria a Panamá y firmar, contra la Constitución, un contrato que terminó arrastrando al pueblo a las calles y sometiéndolo a una presión de la que le costará recuperarse. Pero estamos hablando de aquel que profirió y se cree la mentira más grande, la insinuación más venenosa contra una democracia: vivimos en una dictadura.

No deja de ser sintomático de la naturaleza de lo que dice y de sus hechos, que quien refrenda su supuesta condición de «perseguido político» sea un tipo como Daniel Ortega que, a alguien como Sergio Ramírez, por discrepar con un inmenso conocimiento de causa, sea tenido por traidor, condenado al exilio y a no tener nacionalidad. ¡Qué mala suerte la del «nica» reciente!, terminar siendo comparado con un «nica de siempre», que luchó activamente contra una dictadura, que ejerció su mandato político con transparencia, que supo apartarse cuando vio la realidad de las cosas, que ahora no tiene ni casa, ni pasaporte ni sus recuerdos. Es tan ridículo argumentar que Nicaragua le reconoce como «perseguido político», que lo mejor que puede hacer es no volver a salir nunca de esa embajada si no es para pedir perdón por lo que dice de Panamá e ingresar en prisión y pagar hasta el último centavo.

Esta terrible Comedia, es una puesta en escena de lo que de verdad hay debajo de la política que se hace en Panamá y del futuro que nos espera si gente como él u otros «ex» del Palacio de las Garzas vuelven a ocuparlo. Todos, sin excepción, se merecen una temporada en el octavo círculo del Infierno, ellos y sus lambones de salón (cuídense del «entre ceja y ceja»), sus botellas, sus «compañeritos pío-pío» y los otros «políticos» que siguen invocando a Dios y juran que es divino el origen de sus puestos en la «papa».

Panamá es una democracia defectuosa, es cierto, pero una democracia. Corre el peligro de convertirse en un estado fallido si mentirosos como el «nica perseguido» acceden al poder. Ni él ni la gran mayoría de políticos quieren acceder al poder por amor patrio: quieren el poder para ellos, para seguir perpetuando un país con buenos números, pero con poca educación, seguridad, salud y cultura. Panamá es una democracia, esa es la verdad, y Ricardo Martinelli no es un «perseguido político», y eso es también verdad, aunque él diga lo contrario desde el escondite que le proporciona una de las dictaduras mejor consolidadas del momento.

 

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