EL HIJO DE UNA ESTRELLA por TOMÁS SOLER BORJA



La Garbo, Rita Hayworth, el glorioso Hollywood de los cincuenta. A miles de kilómetros y decenas de años, sentado en familia, frente a la vieja televisión Anglo en blanco y negro, veía a aquellas mujeres: su belleza, su presencia, ese aire cosmopolita y mirando a mi alrededor, a lo largo y ancho de mi pequeño mundo, únicamente mamá parecía a la altura. El glamour de mi madre no tenía nada que envidiar a las divas del celuloide, al menos para mí, su hijo pequeño.
Pero ellas fumaban y mamá no.
Por no oírme más, por pesado, por amor a ese hijo malico que no se le despegaba ni a sol ni a sombra. Sí, por todo esto tuvo que ser (no lo dudes, yo lo sé, te lo estoy contando como lo siento), mamá, al fin, se compró un paquete de Fortuna; y junto a este, un mechero bien bonito. Y allí solos los dos, en aquella habitación deprimente y gris de pensión, en el mismo corazón del castizo barrio madrileño de Chamberí, con la ventana ligerísimamente abierta, mamá comenzó a fumar para mí, para que yo la viese encenderse los cigarrillos, darles caladas, echar el humo hacia arriba con un leve gesto de su cabeza...
Dios mío, qué clase tenía, me hacía sentir como el hijo de una estrella.
Pero no le gustaba fumar. Nada, que no había manera de que aquello le agradase. Hasta se le olvidaba que ahora era una mujer fumadora, y yo se lo tenía que recordar: <<Mamá, venga, fúmate un cigarrillo.>> No, evidentemente ese vicio (y en verdad ninguno, exceptuando, quizá, el café bien cargado, torrefacto, molido por ella misma para que conservara toda su esencia) iba con ella, y así me lo hizo saber tras un par de días y cuatro o cinco pitillos. Y yo, que tanto la quería y tantísimo la admiraba, tuve que resignarme: <<Está bien, mamá, también estás guapa, aunque no fumes.>>
Y de regreso a Águilas, ya en casa, mamá, abriendo su bolso, le dio el paquete de tabaco y el mechero a papá: <<Toma, Santy, no preguntes, un capricho de tu hijo, que nos ha salido así de peliculero.>>
Porque él sí fumaba. Y mucho. Y todo lo que fuera tabaco, prendiese y se le pusiera por delante: rubio, negro, puritos, con boquilla, hasta en pipa le he visto yo fumar. Una chimenea. Aunque sin tonterías. Sin postureo alguno. Mi Santos fumaba como un carretero. Capaz era de juntarse con dos o tres cigarros prendidos al unísono. En el comedor de su casa y en el puente de su barco. Porque lo dejaba un momento en el cenicero atestado de colillas, no se daba cuenta y se encendía otro. Papá se fumaba su tabaco, lo quemaba como auténtica paja. Un paquete. Dos al día. Tres no compraba, en la ilusión de que así fumaría menos. Y no conforme, luego, pasados los años, con la luz de mi Sexton brillando lejos, en el firmamento y en nuestra memoria, también se fumaba nuestros cigarrillos, los de sus tres hijos, igualmente fumadores desde la adolescencia.
Hasta que cerca de los sesenta se dejó de fumar. Y años después (treintañero entonces), yo también, como buen hijo.

Tomás Soler Borja


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