NÓMBRALO por PABLO CEREZAL



que me alumbre un diablo, que me alumbre
que me alumbre un santo, que me alumbre
Chinoy

Ese espacio tiempo oriental que abandonas consciente de hacerlo sin solución de continuidad.

Ese partir en un velero amordazado por el viento del ayer, del allá lejos. Ese embarcarte en una canción para recordar momentos en que te sentiste mejor, casi bien, tal vez pleno.

Es un verso que recuerdas para recordarte que no te dejarán regresar a su fonética de dicción certera ni a su ritmo de reloj bipolar deshecho en segundos como timbre de amanecer enredadera.

Es aquel poema que te quebró aunque no te recitase a ti. O tu poesía cantada por otro. Un instante, un latido, un puñal, lo mismo da.

Es detenerte a pensar antes de arrancarte a desperdiciar sangre de cactus hermoso entre la selva mnemotécnica y frondosa del sollozo casi aullido.

Tal vez sea el pasado de otros y nunca el tuyo. Sólo el que te arrebataron. Lo tuyo es presente y duele. Porque soñar con apósitos es tal que opositar al futuro funcionario y jugarle a lo incierto una partida de dados.

Puede ser que sólo sea ese mordisco que hizo botín de plasma en tu triángulo de Scarpa.

Lo llaman melancolía. Pero, de serlo, no podría escribir, y mi testa languidecería calma frente a la guillotina amortiguada por las plumas de la nada. Yo prefiero llamarlo saudade, que hiere más hondo y resuena más atlántico.

Dime, tú, que todo lo sabes nombrar, cómo puedo llamarlo.

Pablo Cerezal,
del blog Vislumbres del Dorado


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