Amor sin fin, de Scott Spencer

 

De niño, en el cine de mis abuelos, vi la película Amor sin fin que dirigió Franco Zeffirelli y protagonizaron Brooke Shields, Martin Hewitt y unos debutantes Tom Cruise y James Spader (era la primera película de Cruise y la segunda de Spader). Mi recuerdo, que podría estar equivocado, me retrotrae a una historia un poco ñoña sobre los amores y las calenturas de una pareja de adolescentes. Nunca me fijé en que estaba basada en una novela del escritor norteamericano Scott Spencer. Hasta ahora, que acaba de llegar a España en traducción y edición de Muñeca Infinita, una de mis editoriales favoritas de los últimos años.

No sé si mi recuerdo está deformado o no, pero la novela es otra cosa. Algo radicalmente distinto. Algo amargo, duro, con conexiones con Alguien voló sobre el nido del cuco y las novelas sobre tipos neuróticos y obsesionados con una mujer. Si Zeffirelli mostraba, sobre todo, la historia de amor que la novela nos cuenta en forma de flashbacks (por así decirlo), en estilo indirecto y en orden cronológico (con el incendio del inicio situado a mitad de película), Scott Spencer arranca ya con la tragedia, y poco a poco alterna el pasado con el presente.

Nos sitúa en el momento en que un muchacho, David Axelrod, el narrador del libro, prende fuego a la casa de los familiares de su novia, Jade Butterfield, porque el padre de ella le ha prohibido verla y acercarse por allí durante un mes. El amor de David por Jade le vuelve loco, le mete en paranoias, en obsesiones, le obliga a cometer actos de los que luego se arrepiente pero son irreparables y acarrean consecuencias como la comisaría, el calabozo, los juicios, el ingreso en hospitales para reparar su salud mental…

Es decir, no estamos ante la típica novela de amor sino todo lo contrario. Durante más de medio libro David entra y sale de sanatorios, mantiene una relación tensa con sus padres y recuerda algunos episodios de sus amoríos y cómo se obsesionó con Jade pero también con el hermano y los padres de ella. A medida que avanza la narración, y aunque a Axelrod no le está permitido acercarse a la familia, irá buscando huellas y rastros y domicilios y teléfonos, como si fuera un perturbado, una especie de psicópata romántico, para ver de nuevo a Jade y tratar de recuperar la vieja amistad con sus familiares.

A lo largo de 560 páginas Scott Spencer construye toda una vida, la de David Axelrod, matizada siempre por un amor adolescente que se le escapó de las manos, que lo condujo a vulnerar la ley, hacer daño a las personas de su entorno y cometer actos ilegales e inmorales. Es una historia que mezcla sexo, amor, neurosis, obsesión y combina los ingredientes de una manera asombrosa. Spencer convierte este material en una novela mayúscula, en la que se palpa entre líneas que, entre el amor y el odio, hay una línea tan fina que a menudo somos incapaces de reconocerla. Así arranca:

Cuando tenía diecisiete años, obedeciendo los mandatos más urgentes de mi corazón, me alejé del camino de la vida normal y en un momento arruiné todo lo que amaba; lo amaba tan profundamente que, cuando el amor se interrumpió, cuando el incorpóreo cuerpo del amor retrocedió aterrorizado y mi propio cuerpo fue encerrado, a todos les costó creer que alguien tan joven pudiera sufrir de manera tan irrevocable. Pero ahora han pasado los años y la noche del 12 de agosto de 1967 todavía divide mi vida.



[Muñeca Infinita. Traducción de Inmaculada Pérez Parra]

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