El tiempo meteorológico en la narrativa





El tiempo, ¿qué capítulo de novela no empieza con una buena descripción de cómo se ha despertado la ciudad o de cómo está anocheciendo? "Era una tarde invernal donde el viento y las gotas de lluvia se colaban por las rendijas de..." o "Era una calurosa mañana de agosto, las pocas nubes que había en el cielo no daban tregua al bochorno...". Ya veis, el tiempo está en el noventa por ciento de las novelas que leemos. Ya lo percibimos como algo normal en la lectura, pero dar el parte meteorológico a los lectores es una penitencia que debería de castigarse con la pena de cárcel en muchos casos; sobre todo cuando no aporta más que una mera descripción de tres o cuatro líneas. 



UN POCO DE HISTORIA


No obstante, pese a que a veces resulta trivial su descripción, otras veces se convierte en un recurso literario muy bien llevado y que puede crear los sentimientos certeros en el lector. De cualquier manera, hasta finales del siglo XVIII, pese a alguna tempestad en el mar o tormenta en la montaña, poca atención se le prestó a describir el tiempo. No obstante, en el siglo XIX la moda literaria cambió y se hartaron de hablar del tiempo meteorológico. El romanticismo era el movimiento que lo representaba todo, y las pasiones humanas se describían si caía una buena tormenta o salía el sol. Todo estaba justificado a través del tiempo.


Ya veis, la poesía y la pintura románticas tuvieron mucho que ver en esta transformación, ya que apreciaban la naturaleza de forma distinta, desde el punto de vista del individuo y sus sentimientos, que influyen en el mundo exterior. Por ejemplo, esto podemos verlo en el siguiente extracto de Jane Austen:



Aquel día en Hartfield el atardecer fue muy largo y muy triste. Y el tiempo pareció contribuir a hacer más sombrías aquellas horas. Se desató una borrasca de lluvia fría, y julio sólo era patente en los árboles y arbustos, que el viento iba desnudando, y en la dura­ción de la luz, que prolongaba aún por más tiempo aquel melancó­lico espectáculo. Emma, Jane Austen, 



El tiempo afecta a nuestro estado de ánimo. Cuando llueve, nos sentimos melancólicos, y cuando el sol luce en el cielo, nos encontramos más motivados. Esto también se asocia con una novela de terror, donde seguramente el viento ulule en el exterior, una ráfaga de viento abra alguna ventana con estrépito en mitad de la noche y la lluvia y la poca claridad hagan acto de presencia. El autor tiene la gran suerte de poder contar con estos elementos meteorológicos para darle la ambientación correcta a la novela.


Y es que, si hubo alguien que supo manejar el tiempo como nadie, esa fue Jane Austen, ya que este recurso literario tuvo importantes consecuencias en el desarrollo de los personajes y también se muestra como un reducto metafórico para albergar sus vidas interiores (aunque esto último en menor medida). Los fenómenos meteorológicos resultan relevantes para la historia, y se describen de una forma totalmente literal en sus novelas. Así se expresa el personaje de Marianne en Sentido y sensibilidad. 


¡Con qué sensación de éxtasis las he visto caer en otro tiempo! ¡Cómo he disfrutado, en mis paseos, viendo cómo el viento las empujaba, como una lluvia, contra mí! ¡Qué sentimientos han inspirado, ellas, el aire, la estación, todo! 


Y en Emma podemos leer lo siguiente, justo cuando Emma, la protagonista, no quiere ver a ninguno de los dos pretendientes. Aquí, el tiempo es relevante y constituye una excusa perfecta. 


Así pues, el tiempo le era francamente favorable; a pesar de ser día de Navidad no podía ir a la iglesia. El señor Woodhouse se hubiese preocupado mucho si su hija lo hubiera intentado, y por lo tanto Emma se evitaba así el suscitar o revivir ideas desagradables y deprimentes. Como la nieve lo cubría todo y la atmósfera se hallaba en este estado inestable entre la helada y el deshielo, que es el que menos invita a estar al aire libre, y como cada mañana empezaba con lluvia o nieve y al atardecer volvía a helar, durante muchos días Emma tuvo el mejor pretexto para considerarse como prisionera en su casa. 




LA FALACIA PATÉTICA


Hace tiempo ya hablé de la falacia patética en el blog, término que se asocia a la literatura. No os dejéis engañar por esta palabra, ya que la segunda acepción en el Diccionario (después de penoso, lamentable o ridículo) "que conmueve profundamente o causa un gran dolor o tristeza". 


John Ruskin llamó "falacia patética" a los fenómenos meteorológicos que se relacionan con las emociones humanas. Se les atribuyen sentimientos humanos a los objetos inanimados, pero Ruskin asociaba este término a algo peyorativo, a la decadencia del arte y la literatura modernos (que se oponían al arte clásico). Sin embargo lo cierto es que este recurso literario se sigue usando hoy en día, y puede producir un poderoso efecto en el lector; de hecho, la narrativa sería más pobre sin el tiempo meteorológico. Pero, como os comentaba, hay que saber utilizarlo. Y Jane Austen utiliza muy bien la falacia patética, casi ni nos fijamos en ella, pero está ahí. Nos dice: "Hace este tiempo, pero no te parecerá banal porque está relacionado con lo que les pasa a los personajes. Muy relacionado".




Ya veis, los fenómenos meteorológicos eran relevantes para la historia en momentos pasados, pero sí es cierto que en la narrativa actual muchas veces se empieza con el parte meteorológico ya como inercia, y resulta que no aportan nada a la historia. Ahora, te animo a buscarlos en la novela que estás leyendo, ¿tienen relevancia en la historia o si se quitan no tienen importancia? Seguro que no tardas nada en averiguarlo. 



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