Confesiones verdaderas, de John Gregory Dunne

 

 

Lo que Tom Spellacy recordaría más adelante es que empezó como cualquier otro 187. Uno de los doscientos doce de aquel año. Uno de los diecinueve de aquel mes. Uno de los dos de aquel día de abril. El otro homicidio, el que nadie recordó nunca, fue el asesinato de un negro en Central Avenue. Los periódicos, sin embargo, nunca se molestaban en reseñar los 187 de los morenos. Con una chica de color, aunque estuviera cortada por la mitad, lo primero que dirían los diarios era “una prostituta” y lo segundo, “olvídenla”. Sobre todo el Express. Si era solo una negra, a tomar por culo.

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La oficina se vació, los teléfonos no sonaban, el teletipo guardaba silencio salvo por algún traqueteo ocasional. Un código 8 en el 57 de West Place. Un 415 en el 2700 de Hoover. Un 211 en Arlington. Un 447 en Devonshire. Abrió los archivadores y se llevó las carpetas de manila a su cubículo. Los fluorescentes teñían los endebles tabiques de un verde más enfermizo si cabe que el diurno. Extendió la primera pila de carpetas en su escritorio y amontonó las demás en el suelo, donde se inclinaron bajo su peso: informes de interrogatorios, evaluaciones psiquiátricas, listados telefónicos, investigaciones de campo, confesiones, declaraciones, informes de guardia, informes de final de patrulla, hojas amarillas, registros de huellas dactilares, informes de incidencias, informes de arrestos, fotografías, registros de chivatazos, archivos de pistas, carpetas de modus operandi, ficheros de apodos, testigos, sospechosos, informadores, chivatos, papel, papel y más papel. El enfoque sistémico. La búsqueda de un patrón definido.

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El lenguaje de los informes resultaba relajante, tan anónimo que eliminaba la personalidad. Sospechoso. Perpetrador. Vehículo. Detenido. Arma. Vigilancia. Residencia. Caucásico. Varón. Mujer. El asesino era un varón fornido que odiaba a las mujeres, decía el primer psiquiatra policial. La asesina era una mujer fornida que odiaba a las mujeres, decía el segundo psiquiatra policial. El asesino era impotente. El asesino era potente. Siguió leyendo. El asesino era un enano. El asesino era un gemelo. Pidió café.



[Random House. Traducción de Gabriel Dols Gallardo]

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