La propia muerte, de Péter Nádas

 

Sin embargo, una angustia de dimensiones desconocidas irrumpió oscuramente siguiendo la estela del dolor. Llegó de forma imparable, como la neblina invernal. Me insinuaba que esto no acabaría bien; no podría superarlo, no podrás eludirlo, me decía.
Miré con curiosidad sus ojos opacos y vi claramente que era el miedo del cuerpo, no el mío, no el del alma. Ese era, pues, el temor a la muerte. Pude percibir entonces la diferencia entre las cualidades de mi yo y las de mi cuerpo.
Tenía cincuenta y un años y había alcanzado la cima de mi capacidad de rendimiento físico e intelectual; eso habría dicho si en ese preciso instante no hubiera caído desde esa misma cima.

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No entiendes lo que ocurre, nunca has experimentado nada parecido y aun así sabes que se llama sudor mortal. Un frío gélido sobre tu ardor. Mientras, ves que nada ha cambiado en torno a ti y aun así te das cuenta de que la diferencia entre tus percepciones y las de los demás es más grande de lo que normalmente esperarías. Tengo una sensación que me afecta a mí y no a los demás.

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No me inquieté, pues iba siguiendo con la conciencia clara cómo el miedo a la muerte se apoderaba de cada una de las fibras de mi cuerpo. Aun así, me habría alegrado que alguien acudiese en mi ayuda. Quienquiera que fuese. Alguien. El dolor latente y punzante en el hombro derecho y en el lado interior del omóplato me tenía tan atrapado que apenas podía hablar. Era uno de esos dolores que llegan hasta los huesos. No es que viniera de los huesos, sino que penetraba en ellos procedente de las profundidades desconocidas del cuerpo. En sus oscuros vericuetos no tocaba ninguno de los órganos atravesados por las terminaciones nerviosas.

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Pasara lo que pasara, en el piso silencioso calentado por la luz del sol, me sentía a buen recaudo. La seguridad de la guarida es más importante que el aire. Estar lejos de todo y de todos.

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Mi problema era que no había aire en el aire. La cantidad de aire era constante, y mi conciencia no sabía cómo afrontar ese hecho. El aire presente no bastaba para mantener las funciones vitales normales. Lo cual no hacía más comprensible la situación. Cuanto mayor era la fuerza con que trabajaba el aparato respiratorio, cuanto mayor era la aceleración con que latía el corazón, tanto menos aire me tocaba. Eso resultó ser una experiencia nueva, un descubrimiento.

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En la hora de su muerte, el hombre está solo, lo cual, no obstante, debe computarse en la columna de las ganancias.

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La muerte realmente nos agarra. Vamos saliendo de nuestras vidas.
Uno no está solo consigo mismo. Entro en el ámbito de atracción del otro, mi alma me lleva consigo.

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Nos desnudan. Yacemos sobre la sábana de tal modo que cualquier parte del cuerpo está en todo momento preparada para una intervención destinada a salvarnos la vida. El dolor, la asfixia, el temor a la muerte, las doscientas pulsaciones no impiden que por la sensación corporal se filtre suavemente una satisfacción narcisista y exhibicionista.

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Mi muerte será mi nacimiento. La calidad de la luz no ha cambiado por la aproximación, sino que solo se ha vuelto más susceptible de ser interpretada. La luz era como si hubieran puesto un vidrio opaco ante una fuente luminosa realmente potente, es decir, no era directa sino que parecía más bien velada.

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Durante esos tres minutos y medio transcurrieron varios millones de años. La creación se produce cuando la muerte y el nacimiento de un hombre se tocan.



[Temporal. Traducción de Adan Kovacsics]

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