ÁRBOL MENTAL por JOSÉ G. CORDONIÉ


 


Abro el grifo de agua caliente y preparo la navaja y la espuma de afeitar. Observo en detalle la imagen invertida de mi rostro en el espejo y me cuesta reconocerme: una prosopagnosia imperfecta que me hace dudar de mi reflejo.

Siento la pérdida de proporción de mis rasgos y llego a la conclusión de que estoy en un lugar que no me corresponde, en un espacio donde he perdido la orientación, donde al mirarme no encuentro aquello que busco sin saber qué es y desconozco lo que debo hallar. Me he perdido en mi propio reflejo, en la cosmografía de mi rostro, como si estuviera desubicado ante un mapa en una escala irreconocible donde no sé determinar el punto donde me encuentro.

(Sin referencias, cualquier posible camino es absoluta oscuridad o es laberinto).

Esa sensación de que mi cara en el espejo se transforma en una cara diferente a la mía viene dada porque apenas hay luz en la habitación. (Estás dormida y no quiero encender la luz para no despertarte). El cerebro no recibe toda la información de mi rostro por la escasa luz que lo ilumina y se inventa aquella parte que no ve, y lo hace añadiendo elementos de la memoria o de la imaginación.

Sé que esto es lo que me ocurre, pero a pesar de todo me afeito dispuesto a volver a salir al día por un camino que intuyo que no me concierne, absorto ante mi desubicación, como un dios borracho ante la frasca de vino de una taberna.

Entonces te despiertas y me preguntas desde la cama que qué me ocurre.

Te lo cuento.

Me dices que parezco IDIOTA (en mayúsculas).

Sigo afeitándome mientras tú te vas a la ducha. Te veo enjabonar tu cuerpo y la espuma me hace imaginar escamas en tu piel, y me figuro que eres una sirena tumbada en la arena de una playa desierta. Una sirena varada a la espera de que mis brazos te lleven otra vez al mar.

Bajamos a desayunar.

Lo hacemos en una pastelería enfrente del pequeño hotel, desde donde observamos los árboles plantados a lo largo de la acera. Nos gustan esos árboles en hilera, comentamos, a pesar de que ignoramos de qué especie de árbol se trata.

Es el típico árbol -te digo-. El arquetipo que lleva al árbol que imaginamos.

Y luego hablamos sobre la imagen mental que cada uno proyecta de un árbol. Un ideal de árbol que en realidad no existe. Un árbol imaginario, aunque vislumbremos una especie concreta. Pensé en árboles de hoja caduca y árboles de hoja perenne esperando la primavera que, como la muerte, los igualará a todos.

Y más tarde, pensamos en la imagen de Amor, y la metáfora nos llevó al proceso cognitivo central de la corporeización del significado para deshacer la abstracción del pensamiento.

La metáfora -te dije- ata el sentimiento a la palabra.

Reparo en la libreta de apuntes que tengo sobre la mesa, junto a la taza de café aún medio llena, y observo una de las hojas donde he dibujado parte de mi pensamiento, que se compone de memoria y de ficción. Ese papel, me digo, en otro momento fue parte de un árbol. Vuelvo a la imagen mental del árbol. Divago sobre el papel como pieza interior del árbol e imagino su corteza escrita con la punta de una navaja. Nombres y dibujos simples. Iniciales y corazones. La piel del árbol tatuada. Y su alma, representada en papel en blanco, dibujada por mi mano conectada a mi pensamiento, que no es otra cosa que mi alma. Mi alma vinculada al alma del árbol por un hilo umbilical de tinta.

Retroalimentación.

Retrosubsistencia.

Concluyo que el árbol mental y yo ya somos sólo uno.


José G. Cordonié, de 78 rpm (FAKE)
(Versátiles Editorial, 2021)


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