LOS MILAGROS por CARLOS RODRÍGUEZ VILLAFAÑE



Vivieron aquel día con la fe del que ha visto milagros más allá de toda duda, y aún así, las horas siguientes hubieron de borrar de sus mentes el recuerdo imborrable de aquella vela hinchada al viento con que cumplieron su sueño al grito tribal de !vela¡ !vela¡ !vela!

Porque una vez instalado el campamento en aquella protuberancia del terreno empapado en la que los tejidos de sus tiendas quedaron indeleblemente manchados por los cientos de arándanos que tapizaban los pocos centímetros cuadrados de terreno llano, todas las maravillas del día dieron paso al más sublime de los eternos atardeceres del Ártico.

Las nubes que habían dejado caer su agua sobre las cosas y sobre ellos pusieron rumbo al sur, alzando lentamente el telón tras el que el sol del otoño jugó con su luz a embrujar Quivitoks. Uno a uno sintieron dentro de ellos la llamada ineludible del Norte, el silencioso y fulgurante canto de sirena del mundo entero revelado sin más por la luz del eterno atardecer en un planeta inclinado. Unos sonrieron al cielo, otro no resistió el impulso de palear en su kayak de nuevo, rumbo al sol.

Cuando el embrujo pareció ceder, reunidos ya en torno al fuego casi extinguido, una duda expresada en voz alta dio paso a la certeza de que los milagros no habían hecho sino comenzar, pues las luces del Ártico comenzaban a danzar cuando la dicha parecía completa.

Con la mirada en el cielo caminaron por turberas hasta encontrar el reflejo de la aurora posado sobre las aguas del gran lago, y allí permanecieron empapados, helados, atónitos, sonrientes durante las horas o siglos que el regalo siguió en el cielo.

Luego caminaron entre la vegetación empapada en busca del campamento, incapaces ya de sentir con intensidad creciente el sólido paso de aquel tiempo y se entregaron al calor del fuego sin dejar de observar los últimos movimientos de aquella aurora ni de aquella vena de violeta que rubricó la noche aún dorada por el atardecer o el amanecer, un poco avergonzados de tener frío, hambre, sueño.

Podían ahora secar calcetines, rebuscar en la despensa, avivar el fuego que competiría con el cielo en su fulgor sin hacer más pequeños los milagros que los rodeaban. Todo era.

Carlos Rodríguez Villafañe


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