ANA Y LOS LOBOS según LILIANA DÍAZ RODRÍGUEZ



Las cosas sólo se entienden si se viven, ¿Verdad?, así que debemos empezar por el principio. Por ese comienzo de los créditos de Ana y los lobos, ese inicio que nos deja fríos ante una fotografía en tono marrón, que inmortaliza a una familia donde faltan las sonrisas y donde la madre, en el centro, tiene los ojos cerrados. Hay algo de El discreto encanto de la burguesía en ese caminar entre matorrales. Hay algo de esa maleta oscura en El Viaje a ninguna parte y en ese .«¡Hay que recordar!, ¡Hay que recordar!» de Carlos Galván, Hay algo de El extraño viaje en ese descampado que atraviesa Ana para llegar a una finca aislada en una árida región de Castilla. Hay algo que nos da la bienvenida y nos ahuyenta en la fachada de ese caserón blanco anclado en el pasado, en ese otro espacio y otro mundo testigo de una grandeza pasada. Hay algo en ese día caluroso donde tres cigarras macho cantan. Hay algo jovial en la moda incipiente de la camisa estampada y ese pantalón de campana de una joven extranjera. Hay luz en su pelo, en sus ojos, en el amarillo y en el ocre. Hay algo de picardía en esas minifaldas. Hay inocencia e imprudencia en esa sonrisa. Hay curiosidad y complacencia. Hay libertad en la rayuela donde las niñas juegan, donde todo es blanco, hacia arriba y hacia los lados. Hay lujuria en Juan. Hay inquisición y autoritarismo en esos trajes militares del museo grotesco de José. Hay misticismo y debilidad en Fernando. Quizás locura. Hay algo ridículo en ese espejo donde asoman la bata y el pijama bajo el uniforme. Hay esperpento en el circo que se monta por fuera de la mansión. Hay algo de fracaso y decepción de Mi tío Jacinto. Hay dolor y rabia en el camisón blanco que ondea el viento en el tejado del caserón. Hay libertad castrada en el pájaro rojo y amarillo que vuela. Hay algo de todos en la muñeca enterrada y sucia a la que se le ha cortado el pelo. Hay una madre opresora, que amamanta, llamada Luperca, que llevan en volandas y que no usa silla de ruedas. Hay algo de Platón en la caverna que pinta de blanco Fernando. Hay dolor en ese (falso) abrupto final de esta sátira feroz y grotesca de la España franquista, donde, nada es lo que uno piensa que es.

Sigo volviendo a ese pasado que me reconcilia con la vida... y vuelvo una vez más al cine español y la voz ronca y familiar de Fernando fernán Gómez.

Liliana Diaz Rodríguez


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