BAJO EL VOLCÁN EN LA SALA DE ESPERA por ALBERTO MASA



El libro que mejor recuerdo haber leído en la sala de espera de la consulta del médico del pueblo es Bajo el volcán, de Lowry. No me es muy agradable tener que ir, aunque don Augusto hace lo que puede. Recuerdo que, en lo que esperaba a que dijeran mi nombre, en Cuernavaca todo iba de mal en peor. Daba pena, porque el tipo fracasaba con la mejor de las intenciones. Él quería, como yo, que todo fuera bien. Eso me parece recordar. Sé que hicieron peli con Albert Finney, que es un actor que me encanta, pero estoy casi seguro de que estuve a punto de verla y finalmente no lo hice. Si en la sala de espera del médico hubiese una barra me pasaría allí sentado mañanas, tardes y noches. Ojalá no cerraran nunca. Sería algo idóneo y gratificante para mi salud. Hoy he visto que todas mis cajas de antidepresivos llevaban dos años y medio caducadas y he ido a ver a don Augusto. El último libro que llevé a la sala de espera también era de Lowry, aquel no me enganchó. Creo recordar que se llamaba Rumbo al mar del norte. Estoy casi seguro que ese era su título. Podría haberlo acabado, pero no lo hice. Intento no ir al médico a no ser que no haya otra. Finalmente no he llevado libro. La verdad que no me ha tocado esperar mucho. He tenido suerte. Apenas veinte minutos. Quizá no ha llegado a los veinte minutos. Una vez que entro, don Augusto me repite lo de siempre que voy a la consulta. Don Augusto me ha dicho: Hace tiempo que no te veía, amigo Masa. Yo le he explicado que me subí el Escitalopram y ya no tengo. Que todo va bien. Que no salgo, ni bebo, ni nada, hasta incluso he sustituido el fumeque por el vapeo. Don Augusto me dice que él lo está pasando muy mal, que está haciendo lo posible para ver a su hija. Que el mundo es así y que hay que tirar para adelante. Yo le entiendo, le doy ánimos. Hoy no ha llorado. Don Augusto es un hombre fuerte. Siempre me entran ganas, bueno, no siempre, pero hay bastantes veces en que sí, de darle un abrazo. Don Augusto firma mi receta. Dice que él también tiene que tomar a veces. Me pregunta si ya no pienso en el suicidio. Nunca me ha entendido. Yo le digo que es sólo para encontrar motivos que me hagan dormir a gusto. También le digo que, tras tomar mis buenas dietas de Zolpidem, olvido qué hago y a la hora en que duermo, aunque lo intento, siempre miro el reloj cuando me acuesto, pero ni modo. La consulta ha durado unos siete minutos, quizá ocho. No, hoy no he llevado ningún libro. Ya he pasado por la farmacia. Ya la vida me permite estar en casa. Con las prisas, al final, salí sin duchar, pero no pasa nada. Ducharme es algo que hice hace cuatro días. No es tan grave. Seguramente don Augusto llevaba más tiempo sin ducharse que yo.

Alberto Masa


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