El club de los mentirosos, de Mary Karr



Llevaba bastante tiempo posponiendo la lectura de estas memorias (que Stephen King cita y elogia al inicio de Mientras escribo), y, aprovechando que salía otro de los tomos de recuerdos de la autora (Iluminada, también publicado en colaboración por Periférica y Errata Naturae), por fin lo leí hace poco.

El club de los mentirosos nos enseña cómo extraer humor y optimismo de una vida cruda y difícil, la de Mary Karr, en la que hubo abusos sexuales, depresiones, intentos de suicidio, un padre que la llevaba consigo mientras bebía y jugaba y mentía con los amigotes, una madre con tendencia a tirar de revólver o de cuchillo si la cosa se ponía fea, escaramuzas varias, desastres de la naturaleza, episodios de alcoholismo y un montón de personajes raros y singulares, bien porque son colegas del padre o porque son novios ocasionales de la madre.

Tal vez lo mejor del libro, aparte de esa manera de contar las vicisitudes y las anomalías domésticas de una familia disfuncional, sea el retrato que elabora Karr tanto de su padre como de su madre: ninguno de ellos es un demonio y tampoco un santo, la autora no duda en señalar tanto sus errores como sus virtudes, a veces va del elogio a la crítica sin despeinarse y eso la convierte en una escritora doblemente admirable. Unas memorias fabulosas, ejemplares, con pasajes duros y una familia inolvidable; la traducción, por cierto, es de Regina López Muñoz, y creo que ya he dicho alguna vez que eso constituye para mí una garantía de calidad. Aquí va el inicio del prólogo de la propia Karr:  

Poco antes de que muriera mi madre, el tipo que le estaba reformando la cocina sacó de la pared un azulejo con un agujerito redondo bastante sospechoso. Se sentó de rodillas y levantó el azulejo de manera que el sol filtrado por las cortinas amarillas y añosas pareció perforar el agujero igual que un láser. Nos guiñó un ojo a Lecia y a mí y a continuación se volvió hacia mi canosa madre, concentrada en su volumen de Marco Aurelio y en un cuenco de chiles picantísimos.
-Señora Karr, ¡esto parece un agujero de bala!
Lecia, que no dejaba pasar una, intervino:
-¿Eso no es de cuando le disparaste a papá?
Y mamá entornó los ojos, bajó un poco las gafas por su nariz patricia y dijo con displicencia:
-No, eso es de cuando Larry –se giró y señaló otra pared–. A tu padre le disparé allí.
Sirva esta anécdota para explicar por qué me decidí a escribir El club de los mentirosos como unas memorias y no como novela: cuando el destino te pone en bandeja unos personajes así, ¿para qué inventar nada?


[Periférica & Errata Naturae. Traducción de Regina López Muñoz]

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