EL DESAFORTUNADO INTENTO: Tres poemas.



DENTRO

Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y
detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla.


(La Campana de Cristal, Sylvia Plath)


Hace tiempo que las emociones
las compro de contrabando
porque a mí ya no me salen solas.
Y solo me permito llorar
en la ducha
cuando las lágrimas se van
también por el desagüe.

Me prometieron que el tiempo cura,
y yo he estado desde entonces
dándole cuerda a un reloj
sin manecillas.
Me prometí que no dolería,
y he estado atándome nudos a la garganta
esperando que no quedara aire,
en algún momento,
para respirar.
Me he sabido muerta
porque tampoco ha existido nada
que me informara
de lo contrario.

Pero hace frío,
y lo único que siento son mis manos
congeladas dentro de la Campana,
y a Sylvia contándome
que es ya de noche,
y que ella tampoco sabe
si todavía quedará alguien rezando por mí
tras la puerta.

*****

Resulta que hemos gastado
nuestra vida
para nada,
—dicen—,
porque lo que tenemos
se irá con nosotros
a criar malvas.
«Pues menuda mierda»,
estará pensando el millonario
en el salón de su casa estratosférica
mientras ve al vagabundo
rebuscando su comida
en la basura.

*****

Perderme en lo insondable y olvidar
lo que solo se atisba en lo profundo.
(John Keats)

A esta casa le falta
un árbol en el centro.
Un mar que se agolpe
a la ventana,
que sobrevuelen palomas
los días de verano.
Un diluvio que llame
a la puerta,
en el suelo un jardín
de flores.
Hierba que guarde
fresca el agua de la mañana.
Un río que cruce
a la noche
y lo alumbren luciérnagas.
A esta casa le falta
un árbol en el centro.

Hay un nido en la copa.
Mira,
ahí vive un ruiseñor.


María Marín, de El desafortunado intento (Boria Ediciones, 2018).


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