En realidad, nunca estuviste aquí, de Jonathan Ames


En una ocasión, cuando dejó el Cuerpo de Marines, mucho antes de volver a casa de su madre, estuvo a punto de hacerlo. Tras el proceso que le hizo salir de Quantico, terminó en un motel cerca de Baltimore, bebiendo solo durante algunos días y yendo al cine a ver las mismas tres películas una y otra vez. Entonces, una noche en el motel, tomó un montón de pastillas para dormir y se cubrió la cabeza con varias bolsas de plástico negras, que se ató con cinta americana alrededor del cuello. Sintió cómo se extinguía su consciencia, hasta convertirse en una sombra en la orilla de su mente, y escuchó una voz que decía: "Está bien, te puedes ir. En realidad, nunca estuviste aquí".

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De vuelta, junto al coche, se puso los guantes, entró y sostuvo el martillo en la mano. Le sentaba bien. El martillo era el arma favorita de Joe. Era hijo de su padre, después de todo.
Además, el martillo dejaba muy pocas marcas, era excelente en espacios reducidos, y al parecer horrorizaba a todo el mundo. Ocupaba un lugar de terror universal en la mente humana. La inesperada imagen de la mano de Joe levantando un martillo paralizaba momentáneamente a sus adversarios, y esos segundos de parálisis era lo único que solía necesitar.

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Joe sabía que cada ser humano era la estrella de su propia importantísima película, en la que hacía a la vez de cámara y de actor; un filme en el que todos por igual representaban el papel del héroe temeroso y solitario que se levanta cada día con la esperanza de que finalmente conseguirá la vida que estaba destinado a llevar, aunque nunca pueda alcanzarla.


[Principal de los Libros. Traducción de Carlos Lozano Wolfgang]

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