Saturno, de Eduardo Halfon


A pesar de que nos mirábamos casi a diario, no recuerdo la última vez que usted estuvo conmigo. Dirigirse la palabra, padre, no es hablar. Sentarse a comer juntos no es estar juntos. Manteníamos una relación civil porque nuestra diplomacia así lo requería, porque no teníamos el valor para admitir nuestra creciente desidia, nuestro fracaso. Nos ignorábamos. Su presencia sólo la percibía cuando me insultaba. Como un bicho, usted me insultaba. ¿Lo recuerda, padre? Siempre me fue incomprensible su completa frialdad hacia el sufrir y la vergüenza que podía causarme con sus palabras y condenas.

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Usted mandaba. Más que un padre, usted era un tirano. Para mí, usted poseía la enigmática cualidad de todo tirano cuyos derechos están basados en su persona y no en la razón. Usted no razonaba. De su boca sólo salían órdenes. Y como un subordinado, yo debía cumplirlas.

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Y me escapé. De todos. Pero en especial de usted. Abandoné todo (su autoridad, su dinero, sus ideas, hasta su religión) y viajé hacia la única cueva donde me sentía protegido, donde sabía poder estar completamente aislado de usted. Al lenguaje. Era imperativo escaparme a un mundo sobre el cual usted jamás pisaría. Al mundo de la madre: el lenguaje, las palabras, la literatura. Un mundo inaccesible para gigantes como usted.
Huyo escribiendo, padre.


[Jekyll & Jill]

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