SIN AGOBIOS

Todo iba demasiado rápido, acelerado, con la sensación de que la vida pasaba sin enterarme. Vivir sin objetivos me provocaba una sensación extraña, como un deja vu recurrente. Hubo momentos en que no sabía en qué mes estaba. Y lo peor fue que no me importaba. Todos los amigos de la isla me tenían por un privilegiado, y yo, si bien hasta entonces les habría dado la razón, empecé a tener dudas al respecto.
Además…ya era cincuentón. ¡Tenía cincuenta años, santo Dios, debería estar pensando en hacerme un plan de pensiones! Luego, sentado bajo la parra del bar de Claudio, el mundo volvía a su ritmo mientras elegíamos vino para los erizos....

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