El cielo de Lima, de Juan Gómez Bárcena

Reseña publicada en Diario Córdoba, Cuadernos del Sur, 15/11/2014
'El cielo de Lima'. Autor: Juan Gómez Bárcena. Editorial: Salto de Página. Madrid, 2014

En 1904, dos jóvenes poetas limeños remitieron a Juan Ramón Jiménez la carta de una fantasmagórica admiradora llamada Georgina Hübner. La tal Georgina nunca existió, la crearon los dos muchachos en una buhardilla, en "un parto lleno de palabras y de risas" (p. 34), con el propósito de conseguir ejemplares autografiados del entonces joven autor de Arias tristes . Esta broma es el pretexto de El cielo de Lima , primera novela del cántabro Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), que ya había mostrado sus armas en el volumen de relatos Los que duermen (Salto de Página, 2012), y que ahora nos regala esta bella recreación, sostenida sobre un firme andamiaje de recursos y una deliciosa ironía. Gómez Bárcena se recrea en el periplo de esa primera carta hasta llegar a manos del poeta de Moguer, y en las chanzas que por cuenta del futuro premio Nobel se harán los constructores de la musa apócrifa, una mujer cuya vida "está hecha a partir de la única sustancia de las palabras" (p. 182). Por un tiempo, los jóvenes poetas tratarán de extender la broma a otras celebridades literarias, pero ni Galdós, ni Rubén Darío, ni Emilia Pardo Bazán, ni Echegaray ni Yeats se revelan tan corteses como Juan Ramón, con quien establecerán una relación epistolar en un ir y venir de cartas perfumadas que, de una a otra orilla del Atlántico, serán roídas por los ratas.

Muy pronto la gamberrada deviene proyecto literario, e incluso un programa de aprendizaje sobre el significado del amor como quimera y sobre la propia voluntad de escribir, cuyo objetivo será la creación de una musa, que el poeta pique el anzuelo y se enamore de una mujer a la que jamás ha visto, es decir, de un ideal. Lo más irónico es que esta temblorosa proyección oscila a su vez bajo la distinta de sus dos creadores, esos dos jóvenes limeños, que quieren convertirse en poetas, y que sospechan que no podrán escribir versos memorables si no padecen experiencias auténticas como las vividas por Juan Ramón, con sus ingresos en sanatorios mentales y sus tormentosos líos de faldas. En tanto que herederos de familias adineradas --uno de vieja alcurnia y el otro de dinero joven--, están convencidos de que cuanto les falta para ser grandes poetas es viajar a Europa y amar y ser allí profundamente desdichados. En esto se subraya también la ingenuidad de Carlos y José --poetas inéditos, desde luego--, que asumen prejuiciosamente ese sustrato romántico que el ideario modernista cobijó y prolongó varias décadas más allá del programa del romanticismo: el presupuesto de que es el sentimiento el combustible de la palabra, cuando, como les muestra el licenciado don Cristóbal, escribidor de cartas, es la palabra la que genera el sentimiento, la que construye el objeto del amor y, con él, el objeto de la desgracia amorosa. Recordemos que, como aseguraba Barthes, el amor es un discurso, "y si no se escribe en la cabeza, o en el papel, o donde sea, no existe" (p. 141), como nos confirma don Cristóbal.

A varias alturas de la narración, el lector podría sentir que la anécdota se estira en exceso (300 pp.). Pero cada vez que crea reconocer señales de ese agotamiento, el novelista, siguiendo los consejos del apócrifo manual para escribir una novela de Johanes Schneider, introducirá un punto de giro que proyectará la narración hacia otro territorio. Así sucede con el estallido de la huelga obrera (pp. 123 y ss.), y con otras vueltas de tuerca que no sería cortés revelar aquí, de tal modo que el juego metaliterario nos permitirá asistir al nacimiento de una novela dentro de la novela, en estricta observancia de las reglas canónicas del apócrifo Schneider, además de al nacimiento de una elegía, titulada justamente El cielo de Lima , la que Juan Ramón dedicó a la joven Georgina en su poemario de 1913 Laberinto y que rubricará la definitiva victoria de Carlos y José. Amable y lúcida, trufada de momentos de conmovedor lirismo, como esa dura secuencia de la iniciación sexual de Carlos con una prostituta de trece años, El cielo de lima destila un profundo amor por la literatura, que, como todo amor profundo, ni es ciego ni está exento de crítica, de ironía y de ternura hacia los jóvenes poetas y aún hacia el desdichado Juan Ramón, eterno ausente y presente en esta bella fábula.

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