Una pequeñez universal

Qué tipo de país somos, en el que en unos escasos metros cuadrados de Madrid tenemos un área en la que vivieron Lope de Vega, Góngora, Quevedo y Cervantes, y apenas hay en el suelo unas letras en bronce medio despintadas que indican el portento. Cuántos países pueden presumir de tal lustre, y cuántos pondrían escondidas placas que apenas informan de su presencia en el Barrio de las Letras. En vez de ejecutar una operación de propaganda para cantar la gloria de los genios, que vivieron, escribieron, se emborracharon y se odiaron casi hombro con hombro, debemos buscar con lupa los “landmark”. Estos nos informan parcamente dónde estaba la imprenta con la que Juan de la Cuesta fijó el primer ejemplar del Quijote, la casa de Lope de Vega, la iglesia de San Sebastián, donde yace enterrado, la vivienda de la que Góngora fue desahuciado por Quevedo, el mentidero de representantes, donde se reunían actores y literatos, la casa en la que Cervantes vivió sus últimos años o el convento de las Trinitarias, donde yacen sus restos -todavía inauditamente por encontrar-. En el siglo XVII recorrieron calles enfangadas, fueron duchados por el  “agua va”, putearon, se criticaron ferozmente -siempre ha sido el deporte nacional-, se batieron a diestro y siniestro, compartieron miseria, pero al tiempo crearon una de las obras literarias más sublimes de cualquier época. Este Parnaso de incisiva pluma languidece en las tardes de estío madrileñas, solo intuido por los turistas, que de vez en cuando se asombran de una placa con el nombre de Cervantes o Lope, pero no alcanzan a ponderar el conjunto. “Parga propia magna. Magna aliena parva”, dice el dintel epicúreo de la casa de Lope, “Lo pequeño propio es grande. Lo grande ajeno es pequeño”, en elogio de su lugar en el mundo. Una pequeñez frente a la que Góngora ponía a caldo a Quevedo por sus querencias alcohólicas -Don Francisco de “Quebebo“-, mientras su enemigo íntimo le devolvía las lindezas -escritor sucio entregado a la indecencia y la baraja-, y Cervantes alumbraba línea a línea el Quijote. Una pequeñez, en efecto, una menudencia, una nadería… universal.   

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