Nombres y animales, de Rita Indiana

VET HOUSE VETERINARIA medico veterinario a domicilio

Decía Malherido el otro día a cuenta de Ladrilleros de Selva Almada, (por cierto qué bien ponen los padres latinoamericanos los nombres a sus hijos escritores) que había una tendencia latinoamericana  a hacer novelas “verbales, atemporales, con raigambre…”. Lo de Rita Indiana es un poco así. Una chica (que es ella) va a vivir con sus tíos y a trabajar en su clínica veterinaria de secretaria y poco más, hay un gatete del que no sabemos el nombre y hay que buscárselo, de ahí el título, y luego lo de siempre por esos lares que si la familia se amplía inesperadamente, que si la familia es loca loca, y unos van y otros vienen, y hay mucho loco en el manicomio y alguien se muere y mientras pues se atienden animales en la clínica y eso y todo muy realismo mágico. En realidad yo creo que Cien años de soledad es una telenovela escrita de porros.

Nombres y animales es un poco los nietos del realismo mágico intentando hacer lo de los abuelos, pero, ahora, queda raro. Yo soy fans del realismo mágico y de los nietos también. Tengo la teoría del acento. Nos gusta que nos hablen español con otro acento, nos da morbo, por eso está la calle Huertas llena de reparteflyers argentinos intentando meterte en un bar, porque nos hablan y nos vamos con ellos. En la escritura nos pasa un poco lo mismo, nos escribe un mejicano o un argentino en costumbrismo slang y nos volvemos loquitos (el costumbrismo allí, por enfatizar, es mágico, o la ida de pinza). Me pregunto si allí les interesará una novela cheli más que las suyas. Pues eso que esto es como Yuri Herrera; que escribimos muy bien pero un poco para nada, que contamos lo de siempre y lo hacemos muy bien, lo de la familia loca, lo de la abuela que cuenta historias sin sentido, y la escritura fluye y es divertida hasta casi arriesgada y a mí me da siempre llamarlo entretenimiento bien hecho, así, con todo su mal sentido.

Cita (para que vean y se me alargue la reseña que no me da más) (cita, claro, escogida al azar):

Cuando Mauricio llegó al hospital ya el papá del niño le había reventado un ojo y doña Moni le había sellado la boca con tira de tape. Imaginé una pelea con otro perro o un camión a toda velocidad por la avenida Las Américas, le avisé a Tío Fin y él abrió la puerta para que lo colocaran sobre la camilla. Doña Moni estaba lista para ir al trabajo, conjunto sastre tipo Jackie Onassis con sobrepeso y un moño con mucho spray y muchos pinchos. Imaginé un banco donde entró de cajera y terminó de gerente, igual que mami, o una compañía de seguros en bancarrota. Salió del consultorio de Tío Fin y se recostó sobre mi escritorio para hacer un cheque, me lo entregó y se fue. 

El asunto, decía, no da más, si se aburren se la leen que entretenidos estarán. Pero ya les digo yo, que me estoy leyendo Agota Kristof ahora, que eso es otra cosa, otras palabras, palabras mayores, que forma y contenido se encuentran y eso pasa tan pocas veces, que esto es buena forma en decir lo de siempre, lo de nada, y eso, que los abuelos siguen por ahí dando caña. Chau.

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