zona de promesas


crista smith



Una joven espera que alguien la ame o, tal vez, lo que es igual, que le ponga en las manos su propio nombre.

María Negroni


Soy noche, vacío, incertidumbre, mugre, Plaza Constitución pasadas las doce a.m, ojos mirando a todos los costados, inseguridad, ruido y también a veces, luces. Muchas luces. Las de los árboles que cuelgan de todos colores intentando embellecer un paisaje mezquino de hermosura, de esta ciudad de la furia. La gente esperando por un colectivo que siempre tarda -y mucho- para volver a casa después de tanto trabajo.
El deseo de regresar a un hogar -que no poseo- tranquilo y con alguien que pregunte -me pregunte, sí a mí- “¿Qué tal tu día?” “¿Mucho laburo?” y yo responder: “Sí, hoy estuvo movidita la cosa” o “No, hoy estuvo todo tranquilo.” Por el contrario, nadie. Ni un alma suelta que se preocupe si demoré o si estoy algo miedosa o qué sé yo. Ausencia de manos que señalen flores o perfumen cielos plenos de azules. Carencia de un cigarrito apurado que suelta su humo al techo luego de un instante amoroso. El mar es un latido ansioso que se hace rogar. Estrellas perdidas en Barcelona y el anhelo fuerte de observar su brillo con la camiseta puesta. Una hoja en blanco que se escribe a medida que mi angustia aumenta y el sueño con ser alguien de culto en un mundo desinteresado de poesía. Café instantáneo servido en una tacita de porcelana que bebo ilusionada con que mi suerte cambie algún día.
El Universo es precioso, sin embargo. Mi palidez se enciende imaginando pájaros que liberan de crueldad y entonces, cae una lluvia que limpia las cenizas del dolor acumulado. Tarde o temprano, en la zona de promesas, los milagros ocurren.




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