EL CIELO AMARILLO

"En serio, creo que es el mejor cumplido que se le puede hacer a un hombre. Mirar a su vida y decir: está bien. Este tipo hace las cosas bien" (Take Shelter)

1
Aquella mañana, el cielo estaba amarillo. Gonzalo odiaba el color amarillo. Su color preferido era el rojo. Su dulce favorito, el chocolate. A mí, el amarillo me daba igual. Yo no tenía color favorito. Tenía unas zapatillas amarillas. Tenía dos camisetas amarillas, pero también tenía de otros colores. Salí a la calle temprano y miré hacia el cielo. Amarillo. Qué extraño. Parecía como si a Dios le hubiera dado por ponerle al mundo filtros de Instragram. Filtro Valencia. Filtro Sierra. Filtro Toaster. 
Llovía un poco pero no llevaba paraguas. Yo nunca llevaba paraguas. Llevaba una boina con visera que compré en Londres. Era finales de abril. Hacía frío.
Entré en la oficina algo temprano. Colgué mi chaqueta y mi boina en el perchero. Saludé a mi jefe. Les dije a mis compañeros:
—El cielo está amarillo.
—Sí —dijo alguien.
Y todos siguieron mirando a sus ordenadores. 
—¿Os parece normal? 
—Es la contaminación —dijo mi jefe. 
Yo dije: "Ah". 
Suponía que Barcelona había estado tan contaminada el día anterior y la semana pasada. ¿O es que se había súper-contaminado de golpe? ¿A partir de ahora sería siempre amarillo el cielo en Barcelona? Gonzalo odiaba el color amarillo. 

2
Durante mi descanso, no fui a la cafetería como siempre hacía; me quedé mirando por la ventana. Intenté hacer una foto al cielo amarillo con el móvil pero la imagen salía normal en la pantalla de mi Iphone. Para que se viera igual que la realidad, tenía que manipular la imagen. Ponerle algún filtro. No tenía ningún sentido. Envié un tweet gracioso al respecto. Fui a sacar un café de la máquina. Era malo como beber el agua de fregar los platos con azúcar. Volví a la ventana. 
Uno de los accionistas de la empresa, se puso a mi lado a mirar también por la ventana. Yo sabía que era uno de los accionistas porque llevaba un traje azul y una corbata naranja. Yo llevaba una sudadera verde y unos pantalones vaqueros. 
—Lloverá agua radiactiva.
—¿Qué?
—Tiene toda la pinta de ser una tormenta de lluvia ácida.
No era una broma porque no se estaba riendo. Ni siquiera me miró. Aunque eso no significaba que tuviera la menor idea de lo que estaba diciendo.

3
Conocía a Gonzalo desde hacía diez meses. Era mucho. O poco. Según con quién lo hablara. Él trabajaba a cuatro manzanas de mi oficina. El cielo estaba cada vez más amarillo. Volteé la silla de mi escritorio y me dirigí a mi jefe: 
—¿Y si de verdad empieza a llover agua radioactiva?
—Es imposible —dijo mi jefe, con su escepticismo habitual.
—¿Y si empiezan a caer langostas como dice la Biblia? ¿No quieres ir a estar con tu mujer y tus hijos?
—Tiene más pinta de ser un fallo de Matrix —contestó.
Por primera vez en mi vida, me hacía gracia una broma de mi jefe.
—¿Qué quieres? —preguntó girándose, por fin.
—Me gustaría salir antes.
—¿Por qué?
—No todos los días se pone el cielo amarillo.
—Vete, si quieres —dijo—. Pero mañana lo recuperas, da igual de qué color esté el cielo.
Recogí mis cosas con torpeza. Apagué mi ordenador. Cogí mi chaqueta y mi boina con visera. Bajé en ascensor. Dije adiós al portero y salí a la calle. No sólo era el cielo. Todo estaba impregnado de amarillo. Los edificios. El aire. Los coches. Las caras de la gente. Era como si fuéramos a difuminarnos poco a poco en un tono gualdo hasta desaparecer. Un fin del mundo hipster, poético y sin dolor. Quizás no tenía demasiado tiempo. 
Crucé el paso de peatones corriendo, con el semáforo en rojo. Caminé dos manzanas. Entré en una pastelería y compré una caja de bombones. Una caja de color rojo, su color favorito. Amaba el chocolate. Corrí desesperadamente. Empezaba a llover cada vez más fuerte. Me pareció que aquella lluvia no olía normal pero tampoco me quemaba la piel ni la ropa. Corrí y corrí hasta, por fin, llegar a la puerta de la oficina. Le llamé por teléfono y le pedí que bajara un minuto. Le dije que tenía una cosa para él.
Intentó saber más sobre lo que estaba pasando pero no quise decirle nada y colgué. Al cabo de tres minutos salió a la calle. Yo estaba empapado en aquella extraña lluvia y también la caja de bombones roja. Extendí el brazo y le dije: 
—Toma.
—¿Qué estás haciendo aquí? —me dijo.
De pronto, nada de aquello tenía sentido. Pero ya era demasiado tarde.
Le dije: Gonzalo, te quiero.
Y el cielo, poco a poco, recobró su color de siempre.

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