JUGUETITOS













JUGUETITOS


                                                    
Gina es una mujer de treinta y ocho años, complexión atlética y cabello a lo “Milla Jovovich” en “Residence Evil”. Fue una niña precoz que se quedó embarazada a los dieciséis y –poco después- se casó. Hace unos meses que se ha divorciado. Su ex, alegó que le daba mucho al prive: lo que es cierto. Ella –le dijo al juez- que su adicción empezó cuando pilló a su marido entre las piernas de su hermana.
El magistrado se decantó por la muchacha. Al final –tras varios tira y afloja entre abogados- Gina, ha conseguido el piso, una suculenta pensión y la custodia compartida de Jonatán –el vástago-. A cambio, debe visitar a un psiquiatra semanalmente.
Son las nueve de la mañana, del viernes veintinueve de junio de 2012. Gina se despereza en la cama. Por la tarde, tiene una reunión de antiguos alumnos del IES “Mare Nostrum” de Alicante, en donde cursó la enseñanza secundaria. ¡Ufff!, veinte años completamente desconectada y  no le apetece ir. Pero, le pica la curiosidad…
Tras hacer la compra, decide tomar un tetrabrik Knorr de puré con verduras. Después, se tumba en el sofá y se relaja con una mascarilla de pepino. Seguido, se pone un modelito –minifaldero- de Stradivarius y botas con plataformas. Se maquilla, fuma un pitillo, toma un Vermut. Toca celebrarlo.
Cuando entra, traga saliva. El salón de actos del “insti”, está abarrotado y decorado al estilo ochentero. ¡Qué estúpidos! –Piensa-. Seguido, comienza el desfile de garrulos ataviados de bodorrio. Sus compañeros de pupitre, parecen árboles navideños –se desternilla de risa.
Un grupo de colegas, se acerca a saludarla: “trágame tierra...” Loli, Pepi, Carmen y Trini. Las que han montado la fiestecita... ¡Arrea! ¡Qué Marujas! –Cavila sin podérselo creer.

-Hola, Gina. ¿Qué bien te veo? –Le dice una portentosa rubia con un modelito de seda salvaje turquesa y recogido a lo Lola Flores.
-Hola, Pepi…  Estás fenomenal –qué le voy a decir a la buena mujer (piensa Gina).
-Muack, muack. –Aprisiona (los morros siliconados) contra su cara, la anoréxica de Carmen. Enfundada en un compendio de brillos y colores  que anda solo.
-Hola, Carmen, ¡qué bien te veo!
-Bueno, una se hace sus cosillas. Todavía tengo que perder unos kilitos… –Gina levanta una ceja (acojonada). Si parece la bota de un cojo ¡qué mal está la pobre! –Elucubra para sí.
-¡Hey! Soy Loli. ¿A qué me ves bien? Llevo un modelito de Alex no se qué –da unas vueltas para que la vea (Gina, se marea). El atavío es de lentejuelas rojas, acompañado con una melena cobre “replanchá”. Un mocho estropajoso.
-¡Ay! Sí, Loli.  Estás monísima –manifiesta, Gina, con hipocresía.
-Chicas, lo veis, teníamos que haber asesorado a “Gi” para que viniera más arregladita... Va de calle y esto es una fiesta por todo lo alto –concluye Trini con un traje chaqueta (talla 56) de raso amarillo canario.
-Bueno… Puede que tengáis razón, chicas –Gina hace aspavientos con las manos-. Ahora, no tiene, arreglo. Como siempre soy la rarita… Jajaja…
-¡Qué graciosa eres! –dice Loli socorrida por su troupe.
-¡Hale! Vamos a beber algo –sugiere Gina para salir del trance-. Por cierto, Trini, me encantan tus tetas. ¿Qué talla te has puesto? La ciento diez o la ciento quince.
-Te equivocas: la ciento veinte… ¿A qué son muy naturales?
-Claro, quedan “dabuti” con tu volumen. ¡Ay! Perdón, quiero decir con tu cuerpazo –Gina, clava la puntilla.
-¿A qué sí? ¿A qué son perfectas? –se pavonea; la abultada  Trini.
-Claro –asevera Gina partiéndose la caja por dentro.
-Sabes, las tres vamos al mismo cirujano –corea Loli auxiliada con ademanes de sus compinches.
-¡Ejemmm!!! –Carraspea, Gina-. Lo dicho: son preciosas.
-Si quieres, puedes hacerte unas… O cualquier cosa que se te antoje. Cuantas más vayamos, más descuentos nos hace. Nuestro especialista: el Dr. Quinn –dice alegre Carmen.
-Sí, “Gi”. Quieres tetas, tetas. Culo de flaca, culazo de pera en abril.  Estirarte los pellejos y ponerte el ombligo en la garganta, hecho. Ojos de tigresa, te convierte en felino. Es un chino que trabaja como los chinos. Ahora entendemos el refrán –asevera Trini.
-Jejejejeee… –Corean al unísono.
-¡Ah! Pues, me lo pienso –Gina, acaba de comprender que son mucho más lerdas que cuando iban al colegio. Cada cual puede hacer con su “body”, lo que se le antoje… Pero, susodicho doctor, es un “matasanos” con más denuncias que la Pantoja. Se le conoce con el sobrenombre de “el churrero del plástico”. Te hace cualquier cosa de día o de noche –es inagotable-. Pero, nunca sabrás lo que llevas dentro… 







  

    

Para seguir con la farsa, se pide –de entrada- un Johnny Walker, seguido de un cubata de ginebra. Una hora después, ha saludado al resto de compañeros. Todos, superacicalados. Ellos con traje. Ellas, de tiros largos. La fiesta, es una congregación de alopécicos, alcohólicos, botoxadictos, colillas andantes, divorciados, muertos de hambre, pasados de cintura, preñadas, salidos, siliconadas, sobreros… En fin, lo que nos sucede a todos, pasada la juventud: frikis caducados.  
La música está muy alta. Pero, el “runrún” del cotilleo es estrepitoso. Gina, comienza a notar zumbidos en los oídos. Algo no funciona bien… Se pide otro cubata y “palante”. De madrugada, regresa a casa dando tumbos. Tras una ducha, sólo quiere meterse en la cama con un Diazepan –de 10mg (bajo la lengua)- para dormirla.
Nada más lejos de la realidad. Vuelta tras vuelta, minuto tras minuto, se pone cada vez más nerviosa. No puede conciliar el sueño. Los acúfenos, aumentan. Se tapa la cara –con la almohada- y chilla con todas sus fuerzas... Pasados los minutos, salta de la cama.

-¡Hostia! ¡Hostia! ¡Hostiaaa!!! Tengo un ataque de ansiedad como cuando era “discotequera” y llegaba a las tantas. O de los que me daban trabajando en la tienda de “chuches” y se llenaba de mamás, niños y familias al completo. Iguales a los que me zarandeaban en lugares públicos, demasiado congregado. Sí, sí, ¡sííí!!! Lo sé, tengo “agorafobia” entre otras muchas fobias y demás trastornos mentales. ¡Mierda! Hacía mogollón que no tenía una crisis tan fuerte. Pero, la puta reunión me ha sacado de mis casillas. ¡Quién me habrá mandado meterme en camisa de once varas! Eso por ser fisgona. ¡Qué leches me importa a mí cómo están o dejan de estar los demás! –Gina, en su incapacidad momentánea, elucubra consigo misma. Caminando por el pasillo, “atacá”. Parece Chiquito de la Calzada con sus tics.

Abre la luz del cuarto de baño, se mira al espejo...

-¡Eh tú, capulla! Sí. Gina, te digo a ti. No eras como Enrique Murciano en “Sin Rastro”: “nunca miro al pasado…” Pues, ¡te jodes! Por mirarlo.  
-Gina no te atormentes. No seas tan dura contigo misma –ahora se ha convertido en su psiquiatra-. Era un compromiso y punto.
-Sí. Pero, el Valium no me hace efecto. ¿Por qué?
-Necesitas más material, pequeña.
-¡Malditos loqueros! Lo que quieres, es que me convierta en una “devorapíldoras”.  ¿Vedad, Jefe?
-No. Sólo quiero que descanses.
-Claro. Lo que tú digas. Pero, antes, querrás tu regalito ¿a qué sí?
-Gina, no me atormentes… Y bla, bla, bla, bla, bla…

Llegado este punto, Gina no sabe ni con quien habla ni lo que dice. Sigue su cháchara, a dos, tres o cuatro bandas. El alcohol la lleva por los caminos de la personalidad múltiple. Comienza a acariciarse –con lujuria- y termina masturbándose. No llega al orgasmo y prosigue con su esquizofrenia…

-Eres un maldito cabrón. Siempre pasa lo mismo… O te la mañaco o te hago una felatio. Me siento como Lisbeth Salander en “Los hombres que no amaban a las mujeres” cuando visitaba a su albacea testamentario. Sólo que  eres mi puto psiquiatra y soy yo quien te provoca para que le pases un  parte “fetén” al canalla de mi ex.
-No hace falta que exageres...
-¡Déjame en paz, Maldito comebolas!

Sale del cuarto de baño y vuelve al pasillo con sus tics “cañís”.

-¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierdaaa!!! Sigo con los acúfenos. Ahora, son –todavía- más fuertes –chilla sujetándose la cabeza. Se tapa los oídos. Inmediato, comienza a darse golpes suaves. Primero, oprimiendo su  cráneo. Seguido, contra la pared.
-A ver, piensa Gina, piensa –se repite, una y otra vez, con la cabeza apoyada en la pared, los ojos desorbitados y la cara desencajada-. Como decía mi tía Remedios: “el mejor somnífero es un buen meneo…” Y, ¿qué hago? No tengo un chorbo a mano y las redes de contactos, son un coñazo. ¡Ya lo tengo!  Me voy a por los juguetitos


Sale –como un rayo- hasta el dormitorio. Abre el último cajón del sifonier, saca una caja con dibujos de Mafalda; levanta la tapa, vuelca el contenido hasta encontrar una llave –pequeñita, indefensa y solitaria-. Va hasta el despacho de su ex, la introduce en la cerradura de la estantería y descubre la caja fuerte: enorme. Demasiado grande para una familia de clase media. 








Como una posesa. Gira –a uno y otro lado- la rueda metálica de la fortaleza particular de su domicilio. Dentro, todo tipo de artefactos de sex-shop. Su marido, era adicto a los estimuladores sexuales y, Gina, ha heredado su colección.

-A ver –dice en alto-. Necesito algo que me haga ponga como una moto –rápido-. Un “vibratorrr” –se jacta- con quinta marcha. A ver, a ver, a ver… ¡Qué tenemos por aquí!

Delante de ella, una estantería con DVD,s  pornos, dildos, disfraces, grilletes, látigos, máscaras, pañuelos, pelucas, prendas de cuero, preservativos con sabores, rosarios, ungüentos, vibradores…

-Aquí está mi grandullón preferido –dice asiendo un estimulador de silicona fresa que se introduce en la vagina e –ipso facto- pone en turbo funcionamiento.

Cuando finaliza, el Sol está en medio del horizonte. Gina, está sudorosa –una sonrisa perversa, ilumina su óvalo de porcelana china-. Todavía respira entrecortada, cuando se dice a sí misma.

-No sé porque me empeño en meterme los deditos teniendo este museo particular, sólo para mí. ¡Ah! Sí. A lo mejor, porque me recuerda cómo los utilizaban conmigo...

Lo limpia –escrupulosamente- a lametones. Cierra el escondite de sus “juguetitos” y regresa al cuarto de baño. Se lava sus partes púdicas y ríe –a mandíbula suelta. Frente al espejo, vuelve a hablar con su sinuoso cuerpo y su rostro de viciosa…

-Gina, ¡qué razón tenía la tía Remedios! Se acabaron los pitidos atronadores que te enloquecen. Seguro que duermes como un lirón. Quizás deberías contarle a tu “loquero”, las aficiones de tu ex. A lo mejor, entendía el porqué de tu multipolaridad y tus adicciones. O a lo mejor, babeaba, y quería compartir “los juguetitos” contigo…

-Mejor, me callo. Ya tiene bastante con la carnosidad de mis labios y mis –adiestradas- manos. Ahora, a dormir con Pikolín. ¡Biennn!!!

Se mete en la cama –sujetando un oso de peluche entre sus brazos, como una niña pequeña-. El dedo pulgar, en la boca. Un minuto –más tarde-, duerme como un angelito.




Ann@ Genovés
04/02/2013

Juguetitos tiene
  

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