misericordia

Vení a dormir conmigo:
no haremos el amor, él nos hará.

Julio Cortázar


Jérôme escoge los sábados el último asiento del autobús destartalado que cada madrugada devuelve a los negros a La Salle. Allá, encogido con la sien adherida al vidrio empañado de la ventanilla, se lleva dos dedos congelados a la nariz con los ojos cerrados y espera sosegado y en paz a que vaya su alma vistiendo otra buena vez un cálido halo de coño.

***

Xiaojan escoge los sábados el último rincón de un catre deshecho de motel en Natchitoches. Allá, encogida con la sien adherida a la madera empañada de la cabecera, se lleva las pequeñas manos amarillas a la nariz con los ojos cerrados y espera sosegada y en paz a que de nuevo, en la pequeña habitación, sobrevenga repentina a través del recuerdo inmediato otra riada de sombría ternura sobre su vientre, senos y párpados.

***

Dios escoge los viernes el último recodo inhóspito del jardín del Paraíso. Allá, encogido con la sien adherida al tronco de un manzano escondido, se lleva todas las manos del mundo a la nariz y mientras espera intranquilo y dolorido a que vaya su alma vistiendo de nuevo ese interminable y espinoso halo de soledad, deja escapar entre lágrimas un nuevo acto de misericordia: con el corazón devastado, así pone su dedo al azar sobre el planeta y concibe el milagro de un imposible y cegador eclipse en el interior de un cuartucho de motel en digamos Natchitoches, Louisiana.

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