El Café – Luis Sevilla


Lo cierto es que cuando entré el humo me golpeó. Afuera hacía frío y el café era demasiado cálido. Empecé a sudar, de manera que me quité la gorra y el abrigo que apoyé en un taburete junto a la barra. Una hora después estaba bien sentado, con las mangas de la camisa subidas y tres cervezas en el cuerpo. Aún no había hablado con nadie. Sólo estábamos el camarero y esa pareja que se besaba como si el mes de abril no fuera a terminarse nunca. En la mesa de atrás aquel viejo que miraba la televisión como si pudiera leer los labios de los actores en la serie norteamericana, bebiendo a sorbos su vaso de vino, sabiendo que el día que le llegue la muerte al menos le pillaría bien bebido.

Entonces un aire seco y frío me golpeó cuando se abrió la puerta y un hombre que empezó a sudar se quitó la gorra y el abrigo que dejó apoyado en un taburete junto al mío. Al verle supe que podía haber sido yo: los mismos rasgos, la misma curva en la forma de las cejas. Puede incluso que tuviera la misma voz. El camarero no me reconoció a pesar de llevar una hora ahí sentado y tras tres cervezas. Le puso una sobre la barra, se sentó, sacó un cuaderno y empezó a escribir. Exactamente como cuando yo empezaba a escribir en los cafés y la música me envolvía del mismo modo que ella antes de irse dando un portazo seco. Afuera llovía y un frío de mil demonios me hizo correr en busca de un lugar cálido. Y la verdad es que no sé cuánto tardé en encontrar este sitio. Así que aquí fue donde empezaste a marcharte, el lugar donde encontraste otro trabajo y una nueva ocupación, mientras le veías ahí sentado frente a la barra, bebiendo una cerveza tras otra, escribiendo en ese cuaderno algo que cuando se pierde lo llaman poesía.

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