Subterráneo, de Will Hunt



Durante más de una década descendí a catacumbas de roca, estaciones de metro abandonadas, cuevas secretas y búnkeres nucleares.

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Desde que nuestros ancestros empezaron a narrar historias sobre los paisajes que habitaban, las cuevas y otros lugares situados bajo nuestros pies nos han aterrado y cautivado, han forjado nuestras pesadillas y fantasías. Los mundos subterráneos, según descubrí, recorren nuestra historia como un hilo secreto: han guiado de formas sutiles y profundas cómo nos vemos a nosotros mismos y han modelado nuestra humanidad.

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Vamos bajo tierra a morir, pero también a renacer, a salir del útero de la Tierra. Tememos el subsuelo y, sin embargo, es nuestro primer refugio en momentos de peligro; oculta tesoros de un valor incalculable junto a residuos tóxicos. El subsuelo es el reino de la memoria reprimida y la revelación luminosa.

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Pasear por las catacumbas es como entrar en una novela de misterio llena de paredes falsas, trampillas y pasadizos secretos que conducen a una sala oculta que contiene otra sorpresa. […] En 2004, una brigada de cataflics que estaba patrullando las canteras atravesó una falsa pared, entró en un espacio grande y cavernoso y parpadeó de incredulidad. Era un cine. Un grupo de cataphiles había instalado asientos de piedra para veinte personas, una pantalla grande y un proyector, además de un mínimo de tres líneas telefónicas. Junto a la sala de proyecciones había un bar, una sala de espera, un taller y un pequeño comedor. 

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Un día, a principios de la década de 1960 en el noreste de Londres, un hombre llamado William Lyttle se propuso construir una bodega en su sótano. Lyttle, un hombre nervudo de barbilla afilada que trabajaba de ingeniero civil, cogió una pala y empezó a cavar en las paredes. Durante horas sacó tierra húmeda y la amontonó detrás de él hasta que logró practicar una abertura lo suficientemente grande para una bodega. Pero Lyttle no paró. Tal vez le gustaban el ritmo del trabajo, los golpes de la pala y el olor a arcilla, o tal vez era otra cosa. En cualquier caso, Lyttle siguió cavando. Y cavando. Durante cuarenta años, cavó.

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Cuando Jean-Luc Josuat-Verges entró en los túneles de la plantación de champiñones de Madiran con su whisky y sus somníferos, se planteaba el suicidio. "Estaba triste y tenía pensamientos muy oscuros", dijo. A su salida del laberinto, descubrió que había recuperado las ganas de vivir. […] En el momento más difícil, cuando necesitaba cambiar su vida desesperadamente, viajó a la oscuridad, se rindió a la desorientación y se preparó para renacer.

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Nuestra aversión a la oscuridad tiene su origen en los ojos. Somos criaturas diurnas, lo cual significa que nuestros antepasados, hasta los aspectos fisiológicos más minuciosos, estaban adaptados para buscar comida, orientarse y cobijarse mientras hubiera luz.

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El subsuelo nos recuerda lo que siempre supieron nuestros antepasados: que lo que no se dice ni se ve siempre entraña poder y belleza.

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El subsuelo me ayudó a reconocer las costuras de inefabilidad del mundo, me enseñó a sentarme en paz en la sombra, a aceptar modelos de pensamiento a medio camino entre lo empírico y lo visionario. Me enseñó a no eludir lo sagrado, sino a volverme hacia ello y mirarlo de frente.



[Crítica. Traducción de Efrén del Valle]

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