‘Mares sin dueño’: pasados que vuelven a la orilla


Fotografía de Natalia de la Torre para Tres hermanas

Siempre he creído que cada libro que escribimos nos marca no sólo por lo que representa, sino por las circunstancias que teníamos cuando fue concebida y creada esa historia. Pocos libros se escriben con el mismo estado de ánimo: algunos se escriben desde la desesperación, otros desde la distancia, creo que todos desde la herida. Al menos, los libros que yo recuerdo, los que me han marcado. También, por supuesto, se puede escribir desde la comodidad de ser un autor reconocido, desde esa aparente tranquilidad que percibimos en los autores ya consolidados; imagino, en esa situación, la otra cara de la moneda: el miedo a no hacer algo distinto, a no estar a la altura de lo que se espera. El miedo a ser la copia del genio de antaño.

 Todos esos condicionantes están en la obra, son pequeños elementos que la definen, que la hacen diferente a otros trabajos que nacen de las mismas manos. Porque nunca somos el mismo autor, estamos siempre en permanente cambio y evolución.

 Mares sin dueño, mi tercera novela, se publicará esta primavera de la mano de la editorial Tres hermanas. La cercanía de su publicación me hace revivir el momento vital en el que concebí esta historia.

Los lazos entre el mar y el alma


Siempre había querido escribir sobre una isla y hablar del mar como un elemento que conecta profundamente con el alma. El mar es hermoso y oscuro a la vez, tiene periodos de calma y en ocasiones ruge como un animal herido. El mar es luz y es tinieblas, es descanso y también tumba de muchos. El mar, como el alma, esconde numerosos secretos que a veces salen a la luz, son arrastrados hasta la orilla, expulsados.


Arranqué la escritura de esta novela con una frase del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro que me fascina:



 "También mueren los lugares donde fuimos felices". 


La escogí, también, porque Mares sin dueño es una historia de regreso al hogar, un regreso turbulento, postergado pero al final inevitable. Es la historia de la vuelta a casa de alguien que pensó que no lo haría jamás. Hablamos, por lo tanto, de un viaje al interior (siempre recurro a esa maravillosa frase de Rilke: "todo viaje es al interior"), algo que en el fondo resume la historia de la literatura. ¿Qué ficción no parte de un viaje o se asocia a él de un modo vital? 

Cuando llevaba escrita la primera parte de la novela, hecha a trompicones, asentada sobre un cuaderno con mil notas que después iba encajando frente al ordenador en mis escasos ratos libres, mis circunstancias cambiaron de repente. Terminé un proyecto laboral que tenía algunas opciones de ser continuado, pero finalmente no sucedió. En cuanto lo supe, me vino a la cabeza la idea de tomarme un tiempo para dedicárselo a la novela por completo. No era una idea, era la idea: el sueño, la obsesión, la utopía también.

 La novela era ya a esas alturas Mares sin dueño -pocas veces el título me llega nada más arrancar a escribir- y me exigía una dedicación plena que un trabajo nuevo me iba a impedir dedicarle. Así que me di permiso; por primera vez en mi vida -algo que me dice que quién sabe si por última también- me escuché y presté atención a lo que yo quería en ese momento vital: dedicarle el 100% de mi tiempo a la escritura de la novela. 

El que haya podido vivir la experiencia de sentirse autor a tiempo completo entenderá lo que describo. El que no, que lo pruebe al menos una vez. Es adictivo y frustra cuando no puedes volver a hacerlo, pero merece la pena. 

Cada noche me sentaba frente al ordenador con la tranquilidad de saber que no había horarios ni más limitaciones que las de la creatividad y las famosas musas. A veces, tan sólo esas limitaciones sirven para boicotear el proceso. En mi caso, en esa ocasión, el libro fluía con tanta naturalidad que a veces me acechaba la sensación de irrealidad, como si estuviera protagonizando una película llena de estereotipos. Escribir, la mayoría de las veces, no es así.   

Sin embargo, sé que la continuidad, la constancia, es fundamental tanto en la escritura como en la lectura. No conozco ningún buen escritor que escriba o lea de forma ocasional salvo en periodos determinados y justificados. Si algo (poco) sé sobre qué define a un escritor diría que es alguien que devora libros.

El resultado de ese proceso fue una novela que ha dejado en mí un recuerdo muy preciado e inolvidable y también me ha generado el miedo a no poder repetir esa 'vida de escritor' en un futuro cercano (pero esa ya es otra historia...).  

Fotografía de Sverrir Thorolfsson

Unas islas indómitas, un mar salvaje


Mares sin dueño está ambientada en las salvajes y fascinantes islas Orcadas (Escocia), en algún momento de finales de los años 80 y cuenta el viaje de Elisa hacia estas islas, donde planea emprender una nueva vida junto a su pareja, Kylian. Él es un ornitólogo cuya vocación le ha llevado durante años a recorrer diferentes lugares del mundo, pero una interesante oferta de trabajo le hace replantearse la vuelta a casa. 

Elisa viaja a unas islas indómitas, casi despobladas, poseedoras de una belleza sólo comparable a la dureza de su clima. Al poco de llegar, casi sin tiempo para adaptarse, un hecho del pasado de Kylian sale a la luz. La sombra de algo que fue enterrado, largo tiempo evitado, cae sobre ellos. 

 (...) Pero sí había oído hablar a Kylian de una mujer, una mujer sin nombre, importante, como lo son todas las personas a las que mencionamos sin dar esa referencia básica, ese dato que podría resultar casi irrelevante, pero que en el momento en que se omite se convierte en una pista definitiva, la prueba de alguien que nos marcó, que dejó huella, tal vez una herida que molesta cuando el tiempo empeora, un fantasma que vive con nosotros y al que terminamos por acostumbrarnos. Alguien a quien no se olvida con facilidad. Una mujer de hace tiempo; un hombre que se marchó de imprevisto; un tatuador que decidió quedarse en Londres; mantenemos rostros, historias, a veces el olor de un cuerpo, el modo en que nos miraba esa persona, pero el nombre queda fuera, la omisión pretende poner distancia, a veces restar valor. Nada desquicia más a un amor presente que la mención de alguien que ya es pasado o a quien tratamos como si fuera pasado (...).



¿Durante cuánto tiempo se puede huir del pasado? ¿Qué precio pagamos por dejar atrás ciertos capítulos de nuestra vida? 

Estos son algunos de los temas de un libro donde la naturaleza tiene mucho peso -es casi como un protagonista más- y donde vuelvo a hablar sobre mis obsesiones narrativas: la incomunicación, las relaciones familiares, las máscaras con las que nos ocultamos en muchos momentos de la vida...lo hago a través de una historia de dos personajes que se conocen cuando ya han recorrido mucho camino por separado y al unirse deciden mirar al horizonte dejando el pasado atrás. Sin embargo, en muchas ocasiones el pasado es parte inseparable del presente...











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