PARA QUE EL PIANO SUENE ALGUIEN TIENE QUE MATAR AL ELEFANTE: Prólogo.



PARA QUE EL PIANO SUENE 
ALGUIEN TIENE QUE MATAR AL ELEFANTE
Pedro César Alcubilla
*
Un prólogo de Itziar Mínguez Arnáiz.


Para que el piano suene alguien tiene que matar al elefante es la segunda entrega poética de Pedro César Alcubilla después de su brillante debut con Retrovisor, un poemario de corte ochentero, nostálgico y emocionante, donde se adentraba en el territorio perdido de una infancia que marca de forma indefectible la madurez del poeta. La honestidad, la melancolía y la naturalidad de aquellos primeros poemas permanece en su nueva propuesta poética pero el autor lanza la mirada hacia un terreno mucho más hostil, más descarnado. 

El nombre de las cinco partes en que se divide el libro -Prelude, Gymnopédies, Rhapsodies, Nocturnos, Réquiem- nos pone en antecedentes de que nos encontramos ante una obra ambiciosa que pretende, desde su estructura, abarcar todas las formas de contar, tocar y cantar que puede tener un poeta, dotando de banda sonora a la música que ya de por sí contienen cada una de las piezas que conforman este libro. Un libro de largo recorrido que invita –también por la extensión de alguno de sus poemas- a leerlo no de tirón, sino de forma pausada y reposada, volviendo sobre los poemas, buscando muchos de los matices que pueden escaparse en una primera lectura. 

Ha madurado la poética de Pedro César Alcubilla, desarrollando una propuesta formal más invasiva para el lector, menos amable que en su primer libro, hasta el endurecimiento de la temática donde la grisura del yo poético, su devenir, nos habla de la devastación y la exposición extrema a las inclemencias de la vida.

La primera parte, Prelude, contiene un único poema que da título al libro: ‘Para que el piano suene alguien tiene que matar al elefante’. Desde este primer poema ya sabemos que el poeta nos va a mostrar el envés, la cara oculta, la parte no iluminada del rostro desde donde un sujeto poético en tono claramente confesional, proyecta su mirada sobre el mundo. Detrás de la envolvente y sofisticada melodía de un piano perfectamente afinado hay otras cosas, más sucias, más duras, previas, necesarias, premisas, sin las cuales esa melodía no sería posible; es más, detrás de todo lo hermoso siempre hay alguien que se ha ensuciado las manos, que se ha partido el lomo, que forma parte de esa melodía que se ejecuta con éxito pero cuya aportación jamás será reconocida. Es esa la función del poeta también. Al menos es la función de un poeta que se llama Pedro César Alcubilla y que sabe que para hacer un poema hermoso muchas veces, la mayoría de las veces, hay que embarrarse hasta las orejas y después intentar contarlo. Eso hace el poeta, contar la inmundicia y extraer belleza de ella, mostrar sus cuitas en busca de un lector que se sienta reconocido en esa verdad que siempre sucede en el backstage. 

Gymnopédies es una palabra que hace referencia a las composiciones de Satie para piano y están basados en las danzas desnudas de los espartanos. Tomando esta idea la melodía de ese piano del preludio se extiende sobre esta segunda parte del poemario, la más extensa, la más compleja también, donde el tono del poema se endurece y en alguna de las piezas lo hace hasta la amargura. Una mirada sobre el mundo que muestra un apocalipsis sin grandilocuencia, como si los finales a los que estamos abocados no llegaran ni a la categoría de catástrofe, al menos, no más allá de la catástrofe como algo que altera nuestra realidad más cotidiana. Solo servimos para eso/ para mantener el equilibrio/ de una realidad que cojea, dice el autor que parece hacer encontrado su lugar en el mundo, un espacio de seguridad desde donde calibra la realidad, escondido en un búnker donde se siente aislado y protegido para poder seguir reivindicando desde ese improvisado refugio su mirada poética sobre las cosas que le rodean. Y la certeza de saber que mi lugar/ está en un cajón que alguien abre/ alguna vez/ y me encuentra siempre al fondo. Pero no todo es estar en el fondo de un cajón, el poeta también sale al mundo y se explaya, lo explora y recorre sus calles con avidez y una esperanza que va perdiendo al tiempo que avanzan el poema y la vida. Es ‘Regálame nieve’ uno de los poemas más brillantes donde el autor transita por el romanticismo de lo que sabe perdido: Regálame nieve/ y moriré por ti sin dudarlo; también en ‘Postal de metralla y luciérnagas’ hace gala de un romanticismo sui generis, un paseo por un París que no es de postal, que hierve bajo la mirada de quien recuerda lo idílico con la certeza de que ese edén se ha perdido. 

Si en Retrovisor mirar atrás era una forma de alimentar la “dulce nostalgia” que nos produce rememorar el territorio mítico de la infancia, en Para que el piano suene alguien tiene que matar al elefante, el poeta mira hacia atrás para salir adelante, como un animal herido, mostrando toda esa verdad de quien ha empleado mucho tiempo en recomponerse: y sigo caminando hacia atrás/ cada vez más seguro porque conozco/ de memoria todas las trampas. Esa certeza y asunción de lo perdido es también una manera de “asesinar” la inocencia, momento al que el poeta nos hace asistir en el extraordinario poema: ‘Últimas palabras de un muñeco de nieve’: nuestro muñeco/ empezó a morir/ cuando dijimos/ que su nariz/ era aquella/ larga zanahoria. Ahondando en la certeza y asunción de lo perdido, en la superación de esa tendencia a mirar atrás, es en su ‘Balada del ascensor lento’ donde se presenta con más fuerza la certeza de que ya no hay marcha atrás, la única manera de avanzar es que se abran las puertas de ese ascensor y salgamos explusados a nuestras vidas, solos, sin un nosotros. 

Pasamos el ecuador del libro con la tercera parte del poemario: Rhapsodies donde, haciendo honor a su título, los poemas que componen esta parte, son más heterogéneos, de distinta naturaleza. El resultado es curioso pues, paradójicamente, las piezas sueltas que componen Rhapsodies imprimen al libro una unidad en el tono, creando la atmósfera propicia para que los poemas entren con facilidad a pesar de su aparente complejidad. Recupera en algunos poemas como ‘Mi dios en un bote de hojalata’ el espíritu de Retrovisor, esa forma de echar la mirada atrás, a un pasado que nos emociona por la autenticidad, la limpidez con que lo vivimos si se compara con la artificiosidad de un presente vacío y hostil. Es en este tramo del libro donde la mirada incisiva del poeta se funde de manera más acusada con el yo poético, tal vez por eso los poemas se tornan de corte más íntimo. ‘Si has vestido un cadáver sabrás de lo que hablo’, poema escalofriante en su concepción y acongojante en su resolución, es un ejemplo de pieza sublime en su sencillez, con una verdad de la que el lector no puede sustraerse. Es algo triste pero necesario el poema para Pedro César Alcubilla, una forma de narrar el mundo aceptando que todo lo hermoso contiene una dosis de tristeza que terminará siendo la materia prima del poema. A veces, como en ‘No importa el mar’, el poeta muestra su cara más lírica, imprimiendo un aire machadiano, popular y evocador que nos serena y nos hace preguntarnos cuántas voces contiene la voz única de Pedro César Alcubilla. 

Sube el tono confesional hasta el punto de eliminar la poca distancia que ya existía entre poeta y sujeto poético en la cuarta parte del poemario: Nocturnos. Poemas como ‘Saldrás de mi boca para enredarte a la espalda de la noche y marcharte’ o ‘Star Wars’ profundizan sobre la relación paterno filial desde sus aristas más complejas. Poemas casi susurrados, personalizados, alguno de ellos con los nombres de sus hijos Hugo y Pablo, donde vemos con nitidez al poeta, sin máscaras, sin protección, sin red, al padre que pide regalos para el hijo, invirtiendo los papeles. ‘Excalibur’ donde se conquista el reino y la voz del poeta, su realidad, que lo hace indestructible. Poemas donde se establece un paralelismo entre los momentos compartidos con los hijos y, por contraste, los que él compartía con sus mayores, cerrando el círculo de la vida, transmitiendo una sensación de misión cumplida o trabajo hecho. El poeta se muestra de cuerpo entero: Estoy aquí tal como soy, / nostálgico de mí,/convaleciente de infancia porque la infancia es una enfermedad que siempre va a perseguir al poeta, a todos los poetas, esa herida que no queremos que se cierre del todo o esa cicatriz que nos gusta mostrar. Es Nocturnos la parte más emotiva del libro porque muestra El diálogo intergeneracional entre hijos, padres, abuelos. Y el diálogo entre nosotros y la tierra de la que procedemos recuperando para ello un personaje -la abuela- de hierro y miel, al que aprendimos a amar en Retrovisor y que vuelve a emocionarnos en el poema ‘Las encinas no lloran’, uno de los poemas más emotivos del libro. 

Con Réquiem entramos en la parte final de esta sinfonía poética. Está formada esta quinta parte por un díptico. Dos poemas de una épica cotidiana que apabullan dejándote un nudo en la garganta; así sabe la congoja, la emoción cuando queremos retenerla, que no se escape, que nos recuerde que estamos vivos y que la vida nos pertenece, como ese globo que no queremos soltar o esa colilla que se consume ante nuestra mirada y que no queremos pisar para no arrancarle sus últimos segundos de vida. 

En un tiempo donde es tan importante condensar una obra en una frase promocional que pueda servir de gancho comercial el propio Pedro César Alcubilla ofrece entre sus versos las palabras que podrían definir no sólo el libro que tienes entre manos, lector, podría definir la época que estamos viviendo. De eso se trata también, de que el poeta tenga las herramientas necesarias y el talento para que sus versos definan tanto su poética como el mundo en el que ésta acontece. Como ves/ esto no es Disneylandia, dice Pedro César Alcubilla. Versos así solo están al alcance de los grandes poetas. Pedro César Alcubilla es uno de ellos. 


Itziar Mínguez Arnáiz


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