LLEGÓ EL DÍA

Cogió la botella por el cuello con la fuerza de un estrangulador fuera de sí y la guardó con rapidez para evitar tentaciones, soltándola dentro del armario como si le quemara en las manos. Se preparó un café doble estrujando la cápsula con más fuerza de la necesaria. Un olor agradable le reconfortó mientras miraba atontado como la taza se iba llenando. El café siempre estuvo de su parte. Volvió a mirar la hora. Las nueve y tres.
Se plantó frente al ventanal. La cucharilla sobre el plato tintineaba. El café estuvo a punto de derramarse antes de que diera el primer sorbo. Era incapaz de controlar aquel temblor, una especie de combinación entre ansiedad por beber e inquietud por lo que pudiera pasar a partir de esa mañana. Frente a él se extendía Barcelona. El día nacía y él se la jugaba. O todo o nada.
El director de comunicación de la editorial había propuesto aquel día para el lanzamiento y le pareció bien. Últimamente todo le parecía bien, como si fuera mejor no hacer cálculos ni especulaciones y dejar todo en manos del azar. ¿Qué más daba un día que otro? ¿Acaso todos los éxitos se han publicado el mismo día?
Sorbió café y se secó los labios con los dedos. Notó suave su barbilla. Se acababa de afeitar. Hacía meses que no lo hacía. Se acarició la cara mientras miraba la torre Glòries al fondo de un cuadro que, a pesar de ser su habitual paisaje, aquel día parecía nuevo para él. Sobrio, afeitado y disfrutando de la belleza del edificio de Nouvel que siempre le dejó indiferente. Todo podría cambiar; para bien o para mal. La moneda giraba en el aire. Sorbió un último trago y una gota de café le cayó en la corbata. Mal empezamos.

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