The Grandmaster


El género cinematográfico de las artes marciales me obsesionó en la infancia. Era, junto al western y quizá el terror, el símbolo de las matinales y de los programas dobles de los cines de barrio. Películas sin pretensiones, modestas, para pasar el rato. No seré yo quien diga que los largometrajes del Maestro Borracho y de Bruce Lee y de Wang Yu eran buenos. Pero tenían su encanto. Las cintas de kung fu seguían todas el mismo patrón: alumno apalizado, maestro honorable que va a entrenar a la víctima, maestro villano que tiene alumnos que se le rebelan e incumplen los códigos de honor, retos y duelos… Este patrón fue luego retomado por las superproducciones de Hollywood: Karate Kid es sólo la occidentalización de ese modelo. En las últimas décadas se ha impuesto que los cineastas orientales hagan su película (o películas) de artes marciales, algunos con mayor fortuna que otros y con títulos tan notables como Hero y Tigre y Dragón. Ya no son cintas baratas, de consumo, con actores maluchos, fotografía cutre, montaje hecho a hachazos y frases de guión imposibles: ahora lo que premia es el lujo, el kung fu adaptado al modelo de arte y ensayo. Y a mí eso me encanta.

Y también me encanta Wong Kar-Wai, quien vuelve a lo grande después de su anterior película, para mí fallida (era como una gaseosa disipada), My Blueberry Nights, tras intentar adaptarse al modelo norteamericano. Kar-wai ha hecho una película extraña y en principio atípica sobre Ip Man, el legendario maestro que entrenó a Bruce Lee (uno de mis mayores ídolos de infancia), aunque el modelo sigue siendo el mismo de antaño: retos entre maestros, duelos y combates en los que destrozan el mobiliario, filosofía basada en la naturaleza, discípulos que se revuelven contra su mentor… Para mí The Grandmaster ha sido una gozada absoluta porque, aparte de simbolizar ese cine de artes marciales, Kar-wai lo hace a su manera: con la música siempre sublime de Shigeru Umabayashi, con los planos al ralentí, con una puesta en escena que a veces remite a viejas pinturas, con un poder en la imagen que logra lo que pocos logran (que un puñetazo parezca algo bello, como ya hicieran Scorsese o Tarantino)… Allá donde otros extrajeron épica y grandiosidad, Kar-wai extrae poesía. Y además incluye una fina historia de amor, casi escondida entre las elipsis y el paso del tiempo. Me encanta el cine de artes marciales. Y Wong Kar-wai lo eleva.



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