Fénix de luna



 

Las fauces de las nubes engullen a la luna. La rodean poco a poco, tendiéndole un manto de pálida frescura; la seducen con su baile siniestro; cada uno de sus pasos, un muñón desgarrado. La luna grita en silencio que la abracen. Pero ya los dientes blancos muerden su carne de fantasma. Nadie oye su alarido cuando es borrada del cielo como una mancha triste.

Las nubes siguen su tenebroso camino; la luz que han robado no cabe en su seno. Pero en mi memoria sigue viviendo aquella luna que pedía clemencia a los pies del firmamento, sin que nadie la oyera. Y en mi corazón persiste una sombra de aquella luz que fue arrancada. La recordaré cuando las estrellas se cansen de brillar y cuando el sol proteste porque la noche no le llama. Entonces el cadáver de la luna emergerá de mi interior y encontrará su sitio por encima de los muertos y los vivos.  

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