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Así se hizo El suicida impertinente

Las novelas también tienen varias vidas.

Y se reencarnan…

Iba a decir “como los hombres”…

Pero no.

Como las IDEAS.

Y las TEORÍAS.

Solo así se explica que una pergeñada en 1998 se materialice en forma de novela en 2016. Y con la certeza de que todas y cada una de sus reflexiones son tan actuales como lo fueron en su momento. Pese al tiempo que han tenido para madurar. Casi veinte años. Los mismos que su autor. Aunque él, o sea yo, madurar lo que se dice madurar…

Tenía 23 años. Y muchos sueños. Que, a tan temprana edad, creía no se cumplirían jamás. Para empezar, el de encontrar trabajo. De lo mío, a poder ser. Que eran demasiadas cosas: periodista, escritor, actor… Mientras intentaba sacarme unas perras currando de lo que fuera. Y mi padre hacía lo posible por colocarme en lo que podía. Saltándose, por ejemplo, tres o cuatro fases para colarme directamente en la entrevista final con el jefazo de una empresa de selección de personal y darme la oportunidad de empezar una carrera profesional en la misma compañía en la que él llevaba más de veinte años dejándose los cuernos.

La noche anterior a aquella entrevista no pude dormir, pensando en sus posibles consecuencias:

– Conseguir el trabajo, un buen sueldo, unas estabilidad… eso sí, renunciando para siempre a todo por lo que hasta entonces había peleado.

– Que no me lo dieran… y continuar vagando como alma en pena por este mundo en busca de una oportunidad y subsistiendo con trabajos de mierda.

Pasase lo que pasase… estaba jodido.

Y así fue como nacieron, a partir de uno real, dos personajes de ficción: el pringao que sólo conseguía lo que NO quería… y el pringao que NO conseguía absolutamente nada. Imaginé cómo sería mi vida diez años después en cada uno de los dos supuestos. Creé dos historias paralelas en base a ellos. Con un punto de unión. Y otro de ruptura. Y después de mezclarlo todo con una fantasía que siempre me había fascinado, recibir una carta de alguien que ha muerto y estás obligado a leer  a sus familiares y amigos el día de su entierro, me puse a escribirlo con un título en la cabeza:

LA TEORÍA DEL MUÑECO.

Por eso, cuando casi 20 años después, Consuelo Olaya, editora de Versátil, me dijo que quería publicar la novela, pero con otro título, casi me da un patatús.

Porque en 20 años la novela había sufrido algunas modificaciones.

Pero el título había permanecido intacto.

Como sus IDEAS. Y la TEORÍA que desarrollaba.

Teníamos tiempo hasta le fecha prevista de publicación. De modo que me puse a “pulir” la novela mientras pensaba un título alternativo. Que para mí era un tipo de “violación”. O como si me hubieran dicho que mi nombre es soso, que no tiene tirón, y necesitaba uno artístico. Y mira que alguna vez lo he pensado… Pero llevo más de 40 años siendo Juan Luis Marín… y no pienso ser ningún otro. Aunque mis amigos que llamen de otras formas. Pero EL MUÑECO… Así la conocían mis amigos, mi hermano, hasta Piluca Vega, mi agente…

Pero a medida que iba pasando el tiempo, tenían lugar las correcciones que no hacían sino mejorar la trama, en parte gracias a las experiencias vividas en esos casi 20 años y que me han llevado por un camino diferente a los imaginados en aquellos dos supuestos que la dieron forma. Y la novela, siendo la misma, se estaba convirtiendo en otra cosa.

En  EL SUICIDA IMPERTINENTE.

Atrás quedaban los días en casa de mi hermano en Mataelpino, en plena sierra de Madrid, solo, deprimido y sin calefacción, enrollado en una batamanta y dándole a la tecla, empezando a escribir la historia de aquellos dos pringaos nacidos de mis entrañas.

También se habían desvanecido las ilusiones puestas en la novela una vez acabada. Y ciertas sensaciones absurdas, como la primera vez que vas al registro de la propiedad intelectual y te crees especial porque va a quedar constancia oficial de que has escrito algo… cuando de lo que queda constancia es de que eres un gilipollas al que están sacando los cuartos por un papelito que no vale para nada.

Tampoco me acordaba de las decepciones por las continuos “NO” de las editoriales, uno tras otro… Ni del “SÍ” de Carmen Balcells, aún más cruel y doloroso porque, aunque parezca increíble, hay algo mucho peor que “NO”. Y es, “puede que SÍ… Pero NO”.

Incluso había perdido el guión de cine basado en la novela por culpa de alguno de los doscientos dieciocho virus que se cebaron con mi PC una noche del verano de 2004 bastante jodida en la que, además, recibí en el móvil una llamada perdida del fijo de mi casa. En la que no había nadie más que yo. Pero, bueno, esa es otra historia…

El nuevo título, además, dio pie un concepto de cubierta totalmente distinto al que yo tenía en mente y que derivó en el diseño final de Eva Olaya que cada día me gusta más…

También varió el número de capítulos, fragmenté la novela en varias partes, cada una de ellas con una cita más o menos conocida como introducción, se eliminaron algunos pasajes gracias a las reflexiones de Esther Herranz y David G. Panadero, se añadieron otros…

Y cambié el final.

Olvidándome del Epílogo que, en su momento, creí que haría la historia más digerible… o comercial.

Algo así como el que diferencia el montaje del director de Blade Runner del que se estrenó en los cines en 1982.

EL SUICIDA IMPERTINENTE no es una novela a la que le tuve que cambiar el título.

Es el título de una novela que empezó a escribirse hace casi 20 años.

Inspirada en una Teoría.

La del Muñeco.

¿Que en qué consiste?

Para saberlo tendréis que leer la novela.

Y conocer al SUICIDA.

Que si hoy está en las librerías es gracias a las absurdas respuestas que di a un jefazo de recursos humanos durante aquella entrevista final amañada por mi padre para que consiguiera un trabajo estable y convertirme así en un hombre de provecho.

Sí, seguramente perdí una oportunidad.

Pero gané otra.

Lo IMPERTINENTE habría sido quedarme sin ninguna.

 

 
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1 Comentario  comments 

Una respuesta

  1. […] Aquí, puedes leer el artículo completo de mano del autor, de cómo se fraguó la novela. […]

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