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Somos idiotas

Somos idiotas. O, al menos, lo hemos sido durante demasiado tiempo. La conclusión no es complaciente pero la nueva obra de Jordi Casanovas, que dirige con gran acierto Israel Elejalde en el nuevo Teatro Pavón Kamikaze, nos ofrece argumentos cargados de acidez y actualidad que nos obligan a mirar de frente, queramos o no, a tan rotunda afirmación.

Dos personajes -encarnados por unos magníficos Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert– y un texto que juega sus cartas con honestidad en este thriller cómico -o, según se mire, comedia negra- donde la resolución quizá no sea del todo sorprendente, pero el desarrollo sí resulta impecable. Se agradece la ausencia de giros improbables y la creación de dos protagonistas que, conforme avanza la función, rompen el estereotipo en que parecen ubicarse y se convierten en seres mucho más próximos, ambiguos y, para bien o para mal, reconocibles.

Una obra punzante en la que se juega con el espectador sin hacer trampas, desde una honestidad apoyada firmemente por su inteligente y pulcra puesta en escena, en la que Elejalde es capaz de combinar el humor y el suspense del texto de Casanovas con un pulso envidiable. Los espectadores sentimos que, en la hora y veinte que dura la función, estamos sentados en esa misma silla roja, en medio del escenario, siendo investigados sin saber para qué pero sintiendo, una a una, las consecuencias del experimento.

Algo tiene de fábula contemporánea este Idiota de Casanovas, que vuelve a demostrar su capacidad para la ironía y el retrato de las mezquindades de nuestro tiempo.  Se evita -y se agradece su ausencia- la moralina, de modo que oigamos a los personajes y no la voz del dramaturgo. A ello contribuyen, sin duda, el entregado trabajo del reparto y la dirección, pues ambos intérpretes buscan el modo de aportar matices y fracturas a sus personajes, en una progresión que, más que sorprendernos, nos remueve. E incluso, en el último tramo de la función, también nos conmueve.

En definitiva, un estupendo arranque para un nuevo teatro que se ha convertido, desde su nacimiento, en un punto de encuentro necesario para quienes amamos el teatro. Enhorabuena a sus valientes fundadores y larga vida al Pavón Kamikaze. No seamos idiotas: apoyémoslo.

 
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