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Otra vida rota

La ventana abierta. La habitación vacía. Y el futuro amputado sobre la acera.

Tenía solo 11 años. Una edad suficiente para saber cómo nos asfixia la presion ajena pero insuficiente para aprender a manejarla. Sin la experiencia necesaria para conducirse en esta sociedad donde hemos aprendido a relacionarnos -en la calle, en los medios, en las redes sociales- mediante el acoso, control y comentario cínico de las vidas ajenas. Etiquetando. Agrupando. Haciendo guetos infinitos y cada vez más minúsculos donde tenemos que encajarnos si no queremos quedarnos fuera. Ni ser distintos. Y en la adolescencia, jodida adolescencia, nadie quiere  ser el diferente.

Es fácil buscar culpables de este nuevo y terrible caso de suicidio, pero no lo será tanto encontrarlos. Porque no solo es responsable quien acosa, ni quienes lo aplauden, sino también -y sobre todo- los adultos que lo consienten. Quienes se convierten en cómplices de ese bullying cuando no miran, cuando fingen no ver o cuando minimizan los hechos. Son cosas de críos… No sé cuántas veces habré discutido con alguien -padres y compañeros- al oír algo así. Un insulto garabateado en la pizarra. Una nota bajo la mesa. Una pintada en la mochila. Un empujón en el patio. Solo son bobadas. Bromas de mal gusto. Y así se pone el punto y final a un hecho en el que nos negamos a ver la gota que horada la piedra. La cotidiana tortura que, lentamente, mina la moral de quien lo sufre hasta verse cada vez más solo. Y más arrinconado. De quien solo siente la compañía del miedo porque nadie más entiende lo que le ocurre.

También hay que agradecer a muchas Comunidades Autónomas y a nuestro Ministerio de Educación que hayan desbordado las aulas en los últimos años. Que hayan recortado drásticamente el número de orientadores. Que amontonen a niños y adolescentes en las aulas como si se pudiera educar en serie, en una estúpida cadena de montaje donde ni siquiera el voluntarismo de los docentes más implicados es bastante. Porque tan importante es el compromiso del profesorado como la dotación de medios suficientes para hacer frente al bullying. Y con urgencia.

Seguro que no falta quien diga que esto ha pasado siempre. Que no es nada nuevo. Que no hay que ser tan alarmista. Y puede que ese alguien no caiga en la cuenta de que el problema se ha multiplicado exponencialmente en cuanto al número de acosadores en esta sociedad tan multiconectada e interactiva del siglo XXI. Porque ahora ya no te acosa una clase, ni un nivel, ni siquiera un centro. Ahora te acosa un barrio y una comunidad virtual entera que te persigue allá donde tus huellas digitales les lleven. Pero ese alguien que minimiza puede seguir haciéndolo porque no ha visto ese cuerpo caer. Ni esa vida romperse y hacerse añicos contra la calle.

Tenemos que mancharnos. Que hacer. Que actuar. Como educadores, como padres, como ciudadanos. Conseguir que quienes se sienten encerrados bajo esa opresión y esa violencia -sorda y contundente- del acoso sepan que su horizonte va mucho más allá. Que no están solos. Que no están solas. Que al otro lado del espejo somos muchos. Y que los esperamos para compartir experiencias. Caminos. Y, sobre todo, vidas.

La vida, siempre la vida, es la única respuesta.

 

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