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Los libros que nos curan

Este cuaderno es, posiblemente, uno de los regalos de cumpleaños más excepcionales que me han hecho nunca.

Me lo trajo ayer una de mis lectoras adolescentes, una de esas chicas entusiastas y generosas que hacen que mi trabajo valga la pena. Ya me había buscado en otras firmas y anoche, en la Feria del Libro LGTBI, se acercó para darme este regalo: un cuaderno que no sólo contiene páginas en blanco -donde empezaré, lo prometo, alguna futura novela-, sino también su propia historia.

Un relato autobiográfico lleno de dolor, de dureza, de horror cotidiano y, al final, también de esperanza y de fuerza. Esa fuerza está en ella, y espero que eso jamás lo olvide, pero -en su relato- relaciona su reacción y su lucha con la lectura de Los nombres del fuego y el descubrimiento de Xalaquia. Y yo, que no pude acabar su texto sin llorar de rabia y de impotencia ante la violencia y la injusticia que sufren tantas jóvenes, también sentí al final un profundo abrazo. El que nos proporciona sabernos unidas, unidos a través de la magia de la ficción.

Este año he comprobado -en mis charlas en institutos, en mi voluntariado en el hospital, en mis encuentros con lectores- que la literatura sí nos salva. Sí nos cura. Así reza el lema del programa que llevamos a cabo entre la editorial Loqueleo, la Biblioteca Eugenio Trías y un hospital madrileño desde hace dos años, un trabajo de voluntariado donde intentamos que niños y adolescentes se sientan arropados, gracias a los libros, en situaciones muy difíciles. En mi caso, mi trabajo se centra en esas y esos adolescentes que han llegado a arriesgar su propia vida tras ser víctimas de realidades que los desbordan y de formas de violencia que, por desgracia, están demasiado presentes en nuestra sociedad. Allí, en ese hospital, corregí y escribí con ellas muchas páginas de Los nombres del fuego. Y allí, en ese mismo hospital, he empezado a escribir la que será, espero, mi siguiente novela para jóvenes. Esos mal llamados millenials de quienes, si los miramos con la atención, el cariño y el respeto que se merecen, podríamos aprender mucho los demás.

Su relato -su inmenso regalo- acaba con una frase que, con su permiso, hoy hago mía y aplico como lema:

“Gritaremos por quienes no pudieron gritar y seguiremos luchando, a través de generaciones, como Xalaquia.”

Gritemos, sí, gritemos. Y que la fuerza de la palabra, de la creación y del pensamiento nos ayuden a hacer de este mundo con tantas sombras un lugar mejor.

 

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