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El fantástico Francis Hardy

“Es el más persistente de todos los recuerdos, el más persistente y el más terrible.”

Así comienza Grace su monólogo en El fantástico Francis Hardy, curandero, una obra de Brian Friel que se estrenó en la sala Guindalera la temporada pasada. Afortunadamente, en Guindalera no tienen ningún miedo a la hora de apostar por el mejor teatro, así que no solo nos permitió disfrutar de esta emocionante pieza hace ya casi un año, sino que ahora vuelve con su mismo elenco y con la misma energía -si no más- con la que se estrenó.

Frank, Grace, Teddy. Un triángulo de personajes donde la memoria y el paso del tiempo libran un combate desigual: porque ni recuerdan todo lo que necesitarían ni han sido capaces de olvidar lo que el tiempo podría haber sepultado bajo los escombros del ayer. Sus heridas, lejos de cerrarse, han seguido abiertas, así que la curación -metáfora del texto que, como toda gran obra, se abre a muy diversas lecturas e interpretaciones- requiere un acto de fe similar al de los pacientes que se someten al propio Hardy en sus rituales mágicos.

El regreso al hogar -una Ítaca perversa donde la familia no nos espera para acogernos, sino para recordarnos la distancia que hay entre el yo que somos y el yo que pensaron que seríamos-, la convivencia en la pareja y en la amistad -con las mezquindades a que nos aboca el intento por encontrarnos y encontrar, a ratos, a los demás-, el amor como una atadura que nos niega y, a la vez, nos hace seguir respirando y, entre otros tantos temas, la necesidad de ser algo que no sabemos bien siquiera en qué consiste, en una constante construcción, en un sueño donde la identidad tiene que ver con el riesgo y el riesgo ocupa un lugar proporcionalmente opuesto a la intolerancia del mundo -mecánico, brutal, hiperrealista- que a menudo nos rodea. Un mundo contra el que se alza este singular curandero, un cruce entre el mito de don Juan, el héroe homérico y el dandy transgresor de Joyce. Un personaje que se construye en su voz y en la de la mujer que lo amó -Grace, la mujer que convirtió esa pasión en una droga: quién no lo ha hecho alguna vez- y en la del hombre que lo construyó y, a su modo, lo quiso más de lo que jamás llegó a querer a nadie -Teddy, su representante.

La grandeza de la propuesta que nos trae la sala Guindalera reside en el exquisito respeto del director hacia su texto: Juan Pastor construye el volumen de cada frase, de cada palabra, esculpiendo un tiempo, un lugar y una emoción donde resulta imposible no sentirse uno más en ese extraño trío que se abre, monólogo tras monólogo, ante nosotros. Una dirección que potencia lo mejor de sus tres actores: Bruno Lastra, hipnótico y sugerente en un curandero al que dota de tantos matices en su voz como en sus intenciones; María Pastor, inmensa en el dolor y en el desgarro de ese amor que, vivido en Grace, revivimos todos; Felipe Andrés (que siempre será, para mí, el inolvidable Eloy de Cuando fuimos dos) camaleónico y preciso, alternando la vis cómica y la emoción dramática en una continua acrobacia actoral. Gigantes los tres en escena. Gigantes porque no se recrean subrayando la poesía sino que, parafraseando al gran Huidobro, hacen vivir esa poesía en sus palabras. Y en cada función.

Si están en Madrid, si tienen ocasión, si pueden arañar dos horas de su tiempo para acompañar a Francis, a Grace y a Teddy, no duden en hacerlo. Es una de las experiencias teatrales más intensas que he vivido en los últimos años. Y, quién sabe, puede que si acuden con la suficiente fe -en el teatro y en la poesía- ustedes también salgan algo más curados de esta -catártica- experiencia.

 

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