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Cierre de una biblioteca de barrio

En los setenta llovía, vaya que si llovía. Lo recuerdo por el pelo mojado, la gabardina y sobre todo por los zapatos llenos de barro, porque en el barrio apenas había aceras ni asfalto, solo descampados, piedras y escombros. Los setenta también eran oscuros, sobre todo en las tardes-noches de invierno. Tampoco había farolas, por aquel entonces eran un artículo de lujo destinado únicamente a los barrios céntricos. Recuerdo que una de las pocas alegrías que nos dieron en el barrio fue la noticia de que iban a poner el Metro. Hasta entonces, el único medio de transporte del que disponíamos eran dos autobuses (camionetas los llamábamos). Eran verdes y la verdad, estaban bastante destartalados. Llevaban una caja de cambios inmensa en la que los críos solíamos sentarnos jugando ante las miradas de odio de los conductores, que solían ser señores con bigote, gordos y calvos, vestidos con camisa y pantalón azul. Se llamaban, ambos, la P-9 (alarde de originalidad) y uno iba hasta Ciudad Lineal (entonces La Cruz de los Caídos) y el otro a Quintana (que las madres solían coger para ir al SEPU). Allí ya podías coger el Metro.

Nos pusieron Metro, sí, pero en vez de ponerlo en el barrio lo pusieron en mitad del campo y todos nos preguntamos el porqué de esa decisión tan ilógica. El caso es que disponíamos de un camino de tierra que transcurría entre escombreras y claro, más barro y más zapatos destrozados. Aquello era un páramo solitario en el que hubo atracos, violaciones y hasta asesinatos. Comprendimos años más tarde el motivo de ubicar el Metro en el campo cuando alrededor construyeron pisos de lujo, de esos con patios y piscinas, viviendas que, por cierto, vendieron a precio de oro. Uno de los primeros pelotazos urbanísticos que necesariamente tuvo que contar con la complicidad de las instituciones, sí, esas que deben velar por los ciudadanos y que en vez de eso suelen velar por los intereses del capital.

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            Pero llovía, sí, llovía mucho. Recuerdo la plazoleta de la calle Ilíada y una papelería que vendía tebeos (entonces no se llamaban cómics). Los colgaban en cuerdas con pinzas de la ropa. En el cole se empeñaban en que leyéramos a Lorca y los Episodios Nacionales o El Quijote. Los críos no entendíamos esas lecturas, nos parecían bastante rollos. Sin embargo, esperábamos con ansia que salieran los nuevos números de los tebeos. Nos gustaba leer, claro que, no había móviles ni videojuegos, había más bien pocas cosas. Y llovía, sí, porque llovía a cantaros. Tanto llovió una tarde que un grupo de críos nos refugiamos en un local. Se llamaba biblioteca y a mí me llamó la atención la cantidad de libros que había. Pero lo que más me llamó la atención es que podías cogerlos y leerlos. La repanocha fue enterarme de que te podías hacer socio y llevarte los libros a casa: gratis. Pregunté varias veces a la bibliotecaria si esto era así, porque en el barrio no te daban nada gratis. Recuerdo hasta los dos libros que me llevé: El tercer ojo, de Rampa, y El túnel, de Sábato. Los siguientes días me quedé en casa. Preferí leer (hay que decir que con muchos reparos, ya que en el cole me habían hecho odiar la lectura) a mojarme. Algún día saldría el sol –pensé.

Fue toda una sensación descubrir que la lectura molaba. A partir de ahí me convertí en un lector empedernido y visité muchas veces aquella biblioteca, la única en el barrio.

Con la llegada de las autonomías, la biblioteca pasó a pertenecer a la red de bibliotecas de la Comunidad de Madrid. Ciertamente, no se gastaron mucho. El fondo de libros siempre era el mismo, con pocas novedades, y el mobiliario seguía siendo de otra época. Pero teníamos algo. Además siempre ha habido actividades, como los clubs de lectura. La biblioteca está situada en la calle de Las Musas 11. O quizás, deberíamos decir que estaba. Porque este mes, septiembre del 2016, cierran la biblioteca. Para siempre. Porque sí. Por los recortes o por…, da igual: cualquier excusa es válida.

Lo que más me jode es el tancredismo, la displicencia de los vecinos que, antaño protestábamos por cualquier cosa, aunque no nos afectara directamente. Ahora protestar es subversivo, algo anacrónico. Actualmente no se suele asociar a las bibliotecas o a cualquier actividad cultural pública y gratuita con el bienestar social. La gente asocia al bienestar la apertura de centros comerciales, bares, tiendas o colegios privados.

Cierran la biblioteca, sí, parece que las bibliotecas y los libros son algo anacrónico. Y nadie va a levantar un dedo. Pues jodámonos. Tengamos lo que nos merecemos: nada.

 
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5 de respuestas

  1. Amigo mío, como bien dices, ahora nadie un mueve un dedo por nada ni por nadie. Nos hemos vuelto egoístas. Tanto que nos importa un rábano lo que no nos afecta directamente y eso hace que para todo, para cualquier cosa, seamos siempre minoría. Cuando llovía y no había aceras, ni asfalto, ni alumbrado, había relación social y cuando a alguien le jodían todos salíamos a la calle a protestar. Entonces llovía pero había fuerza. Ahora el móvil (por ejemplo) no nos deja levantar la vista y ver que nos están dando por el cu… Hoy a ti y yo no haré nada, mañana a mí y tampoco lo harás tú. ¡Que nos jodan! Nos lo hemos ganado.

  2. Pedro Arenal Gómez

    Si hombre de vez en cuando protestamos.
    Protestamos cuando a nuestro equipo le quieren quitar la categoría. Aunque un mangante se haya llevado la pasta y ahora lo tengamos que reflotar con dinero del ayuntamiento.
    Protestamos cuando en septiembre hay que gastarse 200€ en libros para los hijos, y acabamos de cómprales un móvil de 400€ porque el anterior tiene ya un año.
    Protestamos porque en el colé mandan deberes y a los pobres los vamos a traumatizar.

    • Paco Gómez Escribano

      Así es, Pedro. Parece que estemos como agilipollados. Mala pinta tiene esto. Abrazo.

    • Vicente Corachán.

      Cuánta razón tienes Pedro.
      Así es, protestamos por esas insípidas razones que no hacen más que demostrar lo que somos y buscamos.
      Un retrato de nuestra sociedad.
      Ahí, “la has dao”

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