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Cuando un muerto toma café es mejor no preguntar

Esta mañana he paseado por calles nuevas de un barrio viejo, calles nuevas que sepultaron descampados y toda la miseria que los asolaban. Por un momento he pensado en las chutas que habrá enterradas bajo esos bloques nuevos con jardines y piscinas, en las armas que habrán quedado bajo el hormigón, en las vidas y en las historias soterradas bajo esas viviendas de hipotecas prohibitivas. Ya no hay coches quemados ni chatarra abandonada. Tampoco hay chabolas ni casas en ruinas. Las cacas de perro han sustituido a las colillas de los puros. Las bebidas energéticas se han abierto paso a codazos entre copas de sol y sombra que quedaron relegadas al olvido. Tampoco queda ninguna tienda. Antes había fruterías, carnicerías, salchicherías y hasta casquerías. Hoy quedan las tiendas de chinos y los supermercados, que se han impuesto a los mercados tradicionales de toda la vida.

La gente ya no corre delante de la policía. Ahora corren enfundados en mallas ridículas con aparatos electrónicos que miden los pasos y las pulsaciones mientras respiran a pleno pulmón polución endémica. Son quizás futuros, presuntos pacientes de patologías pulmonares que se sorprenderán y le dirán al médico que ellos no fuman. Los críos ya no quieren ser bomberos o médicos. Ahora quieren ser youtubers y concursantes de Gran Hermano, aunque nunca hayan oído hablar de George Orwell.

La modernidad ha actuado como cualquier medicamento. Ha actuado sobre el todo obviando lo específico, porque lo moderno es más de tsunami y menos de brisa. Se llevó la poesía y la magia. La magia de aquellas noches lluviosas de invierno en la que un niño llevaba bajo el brazo un tebeo y una novela de misterio. La poesía de las sombras y el fracaso, de la miseria y la tristeza, del sollozo y la amargura.

Esta mañana he terminado por releer a Himes sentado sobre un banco sucio situado en una acera apestosa. Es lo que ocurre cuando la limpieza de las calles queda relegada a la madre naturaleza, a esos chaparrones que nunca llegan. Un tipo me ha pedido veinte céntimos y le he dicho que no, es la costumbre. Puedo dejarle un euro a cualquiera en el centro o en cualquier otro lado, pero el barrio me enseñó a no dejar pasta a nadie en el barrio. El tipo era joven, pero llevaba la ruina en el careto. La misma ruina que puede llevar cualquiera escrita en su rostro en el Harlem de Grave Digger y Coffin Ed. Novelas, personajes y localización. Excesiva localización, me comentaba ayer un editor y no obstante amigo. Y yo me pregunto lo qué serían Grave y Coffin sin Harlem, Toni Romano sin Malasaña, Bellón sin esos pueblos castellanos, Marlowe sin Los Ángeles o Matt Scudder y Mike Hammer sin Nueva York.

La mañana ha empezado rara. El padre de un antiguo colega al que yo creía muerto, al padre, no al colega, estaba tomando café y fumando un cigarro en el mismo bar que yo. Cuando un muerto toma café es mejor no preguntar. Cuando un muerto toma café, es mejor alejarte najando todo lo que puedas.

 
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4 de respuestas

  1. Lorenzo

    Realismo puro. Verdadero placer leerte,Paco

  2. El pequeño mundo por el que transitamos es un monstruo que se ha tragado su propia memoria.
    Estoy de acuerdo con Lorenzo, tu reflexión es realismo puro. La magia y poesía a la que aludes también están en tus palabras, nostálgicas y amargas.
    Me ha encantado.

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