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Estense quietos, hombre, estense quietos, y dejen en paz la Educación

Parece mentira, pero si miramos hacia atrás y analizamos las cosas con un criterio despojado de falsos escrúpulos, la mejor Ley de Educación que se recuerda no es la LOGSE ni la LOE ni la reciente LOMCE, no. Curiosamente la mejor ley es la última del periodo franquista, la conocida como Villar Palasí, la más consensuada, cuyo desarrollo se recogió en el famoso Libro Azul. Sí, aquella que se coló en nuestra sociedad en un periodo de tardes de Elena Francis y noches de Un, dos, tres, responda otra vez. Esa ley sentaba las bases por las cuales los españolitos de a pie estudiaríamos la EGB hasta octavo curso. A partir de ahí se elegía entre FPI-FPII, BUP-COU o escardar cebollinos para los alumnos que no querían estudiar. Porque sí, queridos amigos, siempre hubo y siempre habrá alumnos que no quieran estudiar, algo tan básico que no tuvieron presente nunca las sucesivas reformas.

El primer error vestido de logro social fue la obligatoriedad de estudiar hasta los 16 años. La realidad nos ha mostrado lo que la mayoría, alguno de ellos incluso con rimbombantes títulos universitarios de Pedagogía, no ha querido ver: alumnos con 12 años que se niegan a abrir un libro, que consumen todos los recursos de los institutos para nada y a los que les quedan todavía cuatro años de secuestro en un instituto. Si es malo para ellos, no digamos ya para el resto de la comunidad escolar, porque esos alumnos, ante la falta de alicientes, ante la ausencia de lo que ellos demandan, sea lo que sea, pero que desde luego no es una enseñanza reglada, se dedican a intentar que las clases no funcionen, con el consabido perjuicio para el resto de alumnos. Una bomba de relojería.

El segundo error vestido de conceptos rimbombantes como integración y otras majaderías al uso, fue llevar al mismo espacio enseñanzas que no tienen nada que ver entre sí. Si antes había institutos de Bachillerato, Politécnicos de FP y colegios de EGB, de repente los iluminados de turno decidieron lo contrario, algo que ha propiciado que la Educación sea un cajón de sastre donde ya nadie sabe a qué atenerse. Se cargaron la educación básica aumentándola dos años, en detrimento de la reducción de dos años de bachillerato. Ha habido una bajada de nivel en las dos enseñanzas que se demuestra cada año en las estadísticas y en los sucesivos y bochornosos informes de la OCDE.

El tercer error vestido de especialización ha sido el desmantelamiento de la FP. Transformaron la FPI y la FPII en grados medios y superiores, pasando de cinco años a cuatro y sin paso directo del medio al superior. Además suprimieron las asignaturas que no tenían que ver con las especialidades tales como Matemáticas, Física, Lengua, Inglés, etc., negando a los alumnos una formación básica de la que hasta entonces gozaban. Ahora se ha vuelto a reformar la Educación y, por tanto, la FP. Si hasta ahora los alumnos de grado medio y superior estaban dos años en el centro y un trimestre en la empresa, ahora se pretende con la FP extendida (en grado medio) y la FP dual (en grado superior) que los alumnos estén solo un año en el instituto y otro en una empresa. Para hacer los nuevos currículos no hace falta ser un experto en educación: donde antes había nueve horas de un módulo, ahora se ponen cuatro; donde antes había un módulo de seis horas, ahora se imparten dos. Y así sucesivamente, todo comprimido en un año y «se suelta» al alumno al mundo laboral; que se busque la vida con una formación que supera con mucho el umbral de la precariedad: antes, la mayoría estudiaban cinco años, ahora uno.

Claro, esto visto con el antifaz del criterio estrictamente económico a corto plazo parece ser que les sale rentable a los políticos. Por lo pronto, como consecuencia de lo anterior, la plantilla de profesores de Formación Profesional se reducirá a la mitad de la que hay ahora, ya bastante reducida por el aumento de horas lectivas y los incrementos de ratio de alumnos por aula y por profesor. Y todo esto ocurre en un ambiente de excelencia y bilingüismo que, una vez más, la realidad demuestra que es un fracaso vestido de farsa.

A lo largo de mi carrera docente me han llamado educador, monitor y muchas más cosas, inventos sin duda de personas que nunca han pisado un aula. Mis compañeros y yo solo somos profesores de las materias a las que opositamos, lo demás, son gaitas.

Yo solo veo una solución: volver a la estructura de la ley Villar Palasí, eso sí, actualizando temarios. Y hacer una Ley que PROHÍBA a los sucesivos gobiernos cambiar las leyes educativas existentes. Estense quietos, hombre, estense quietos.

De la Universidad ya hablo otro día. Ya si ESO.

 
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2 de respuestas

  1. Joaquin Narvaez

    Estoy TOTALMENTE de acuerdo con todo tu artículo.

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