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La Feria del Libro o sobre cómo ejercer la misoginia y la mala hostia.

Siempre hay un día para aparecer en la Feria del Libro a las 10 de la mañana, y hoy ha sido el día. El goce empieza ya en el Metro, leyendo “Puentes volados”, de Claudio Clavijo. ¿Qué no le conocéis? Pues, hala, a mirar en el Google, que si me pongo a explicarlo me quedo sin espacio, que hay que explicaros todo, joder. Solo decir que es una de las novelas más frescas que he leído últimamente; que la he empezado esta mañana y ya llevo 60 páginas y vamos a ver si no la termino hoy.

Llego al Pº. de la Chopera y no hay nadie, perfecto, como yo quería. Pero me fallan los del chiringuito de arriba, que es donde suelo tomar el café en este día: cerrado. ¡Cabrones! Sin embargo viene al rescate una colega. La veo avanzar con sus inconfundibles andares. Se para. Nos besamos. Y empezamos a hablar de escritores, de editoriales, de novelas, de si estoy trabajando en esto y lo otro, de que lo de las editoriales es un misterio (¡a ver si va a ser uno de los de Fátima!), de que si la calidad tiene o no que ver, de que si la abuela fuma…

Rosa Ribas se va caminando Feria abajo y a mí me levantan la cortina del chiringuito. Pido un café. Más “Puentes volados”, más risas, que los que me veían habrán pensado que tan pronto y ya con un pedo del quince. Primeros despistados caminando entre casetas cerradas y primeros cierres que se levantan. Y luego llega la invasión de los colegios, niños que no reparan en otra cosa que no sea el puto Bob Esponja y el jodido Doraemon. Pero está bien. Mejor que vean a esos personajes asquerosos y que vayan familiarizándose con el “formato libro”. No sé en qué coño piensan los guionistas de dibujos animados, pero ni es mi problema, ni me importa si escriben esos guiones sobrios o de ácido.

Llega la hora. Abren las casetas e inicio el paseo recitando en silencio el mantra: “no compres, no compres, no compres”. Y no es por nada. Es solo que tengo la habitación llena de libros que quizá no vaya a poder leer en toda mi vida. Finalmente llego a la de Estudio en Escarlata, que este año no me han invitado a firmar. Aun así, saludo, soy poco rencoroso. No puedo evitar comprar la última aventura de Gálvez, de “Jorge M. Reverte”, soy un romántico. Además me agencio “El viento y la sangre” porque su autor, M. A. West, es un misterio. Nadie sabe quién es e incluso se cree que su nombre es un pseudónimo. Y porque me han dicho que sus novelas son cojonudas. Y qué coño, porque lo ha traducido Alexis Ravelo, que entiende de esto.

Más abajo, un señor le pide a un librero dos o tres de Pérez-Reverte.

-¿Quiere alguno en especial?

-No, me da igual, los que tenga.

Y yo es que lo flipo, eso de que compren novelas como el que pilla cuarto y mitad de chirlas para el arroz. Y venga “Inferno” del Dan Brown, y venga firmas de presentadores de TV. Más abajo, un nota de cuyo nombre de la caseta no quiero acordarme, embauca a las lectoras con su propio libro haciendo de escritor de librero y me da que de editor. Les suelta un rollo, que para eso es sudamericano y a estos de labia no hay quien les gane, y cuando se quieren dar cuenta ya les está dedicando el libro que va de no sé qué de siete años de torturas de Fidel Castro.

Al rato me entra un nota desde otra caseta. Que si soy de Gijón (me ha visto la chapa de la Semana Negra). Le digo que no. Me dice que Gijón mola. Le digo que sí. Y luego intenta colarme su novela fantástica. Le digo que no me mola el género fantástico, que sorry, cuando lo que quería haberle dicho era que con “El señor de los anillos” ya tuve bastante.

“No voy a comprar, no voy a comprar, no voy a comprar”, me repito interiormente. Y reflexiono sobre si los escritores deben ser además vendedores, editores, correctores y saltimbanquis. Vuelve a llamarme la atención el hecho de que de toda la gente que veo solo unos pocos llevan bolsa con libros. ¡Y habría que ver qué libros! Si no van a comprar, ya podrían irse a pasear a otro lado, vamos que digo yo, o a lo mejor es que la misoginia en estos días me puede.

Después me acerco al pabellón del “Banco de Sabadell” a ver la presentación de la VI Edición del Getafe Negro. Vuelvo a ver y a saludar a Rosa, y a la librera de Burma, que habla con ella. También saludo a la simpática Gelu, de la Organización. Me da la mano Ramón Pernas, un colega al que me costó quedarme con su cara durante un tiempo, ya que mis ojos iban siempre hacia su perenne pañuelo de lunares. Ahora representa a Ámbito Cultural de El Corte Inglés y distribuye pelas aquí y allá, supongo que donde le dejan. Luego de charlar con Armando Rodera, al que pregunto sobre sus movidas de Amazon y sus traducciones al inglish, me siento y me trago el sermón de los políticos con sus caras del pepé, pero que pueden ser perfectamente intercambiables con las caras de los del pesoe, y es que Lorenzo Silva se mueve como pez en el agua entre ambos bandos. Pero es que Lorenzo es Lorenzo, y si de conseguir subvenciones se trata, él se lo guisa y él se lo come. En realidad la charla ha sido un poco rollo, hasta octubre queda mucho y poco se puede concretar. Al menos me he enterado de que el país invitado es Francia.

Después, paro en la caseta de Acantilado, con sus librillos de colorines. Y dos intelectuales con cara de intelectuales, orgasman hablando de los escritos de Roth y de Zweig, y filosofan sobre el eterno tema de los escritores de estilo sin historia, poniéndolos en un pedestal, es decir, filosofan sobre tostones, deliran al saberse lectores de tostones y se les nota felices ante la coincidencia de que solo los listos como ellos entienden los tostones y que el resto de los lectores somos gilipollas.

Ahí les dejo, tostoneando, y me acerco hasta la caseta de la editorial araña a hablar con mi colega Gonzalo Martín Parra, que al menos es auténtico. Allí está firmando ejemplares de su “Un insólito día para Silvestre Mendo”. Bueno, lo de “firmando” es un eufemismo, que no está la cosa para tirar cohetes. Finalmente, me despido entre promesas de futuras birras.

Y antes de meterme en el Metro, anticipándome a esas promesas, me procuro una jarra de cerveza y una tosta de anchoas de Santoña. Total, que he comprado poco, pero me ha salido la fiesta por un pico. Se me ha olvidado comentaros los tres euros del capuchino de dentro de la Feria. ¡Cabrones!

Vuelvo a devorar “Puentes volados”. Y aún me da tiempo a echar una birra en lo del Suso con mi hermano, el Conejo y el Chopin, antes de dar cuenta ya en casa de unas patatas con conejo (el animal, no mi colega) que me han vuelto a reconfortar con la vida.

No somos na…

 

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