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DONDE LA CASTA PONE EL OJO…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si lo miras bien siempre ha habido casta en la historia de España (me apropio del término en usufructo teniendo en cuenta que ha ya sido masticado, regurgitado y vuelto a masticar convenientemente) y siempre ha sido monolítica, reaccionaria y no ha cedido ni un milímetro de terreno a sus enemigos. Un ejemplo: la “Ley de Contratos de Cultivo” del gobierno catalán de Luis Companys de 1934.

Los republicanos nacionalistas moderados de la ERC, que no eran tan ambiciosos como los partidos de izquierdas nacionales del bienio progresista de Azaña y no pretendían una reforma agraria a gran escala, pensaron que había que hacer algo por los campesinos sin tierra catalanes y se les ocurrió la no radical y no violenta idea de permitirles acceder a la posesión de la tierra que habían cultivado en arriendo durante largo tiempo, a veces durante toda su vida No era una expropiación forzosa ni nada parecido sino el derecho a la compra de la propiedad arrendada, algo así como lo que pasa hoy en día sin que nadie se escandalice, pero claro, esto, en 1934, a la casta centrista de la CEDA y del camaleónico Lerroux les pareció intolerable, radical, violento, revolucionario y diabólico. Se aliaron con la subsección regional de la casta catalana (en este caso representada por la Lliga Regionalista) y recurrieron al Tribunal de Garantías Constitucionales, porque ya se sabe que nada da más placer que derrotar al enemigo con sus propias armas. Sin grandes problemas la ley se anuló, porque se consideraba que la Generalitat no tenía competencia en ese campo. Entonces los pertinaces catalanes volvieron a aprobar otra ley casi idéntica a la anterior. La cosa se ponía fea (porque los nacionalistas vascos también metieron baza) y se optó por negociar. La casta centrista cambió de estrategia: No pararon la ley, pero consiguieron anular los artículos que consideraban más peligrosos. ¿Y se quedaron contentos?

Con las reformas de la ley, aceptadas a regañadientes por el gobierno de Companys, una ley modesta que pretendía mejorar modestamente la situación de los campesinos sin tierra catalanes se convirtió en un pequeño parche casi totalmente inútil frente al gran problema que había que resolver, pero no, respondiendo a la pregunta de si se quedaron contentos, pues no, no se quedaron contentos.

Por eso, cuando la agitada situación del país les dio la oportunidad de volver sobre el asunto, no perdieron la oportunidad y entraron a degüello, o entraron a cañonazos, mejor dicho, que unos cuantos tiros y unas cuantas bombas bien dadas pueden despejar el camino y hacer que las cosas vuelvan a estar claras, es decir, que los que están arriba puedan irse a dormir tranquilos sin ser molestados por los revoltosos de abajo. Muy poco después los mineros asturianos se sublevan a raíz de la huelga general convocada a raíz de la crisis política que ha posibilitado y que a su vez a incrementado la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno central. Esta revolución acabó en un baño de sangre, y por si fuera poco, el ingenuo de Compays había declarado oficialmente, tal vez llevado por el fragor de la lucha, el “Estado Catalán” (eso sí, dentro de una “república federal española” que se había sacado, como su estado, de la manga). El truco de magia no gustó nada a la casta centrista, como es de suponer, y no se plantearon si la cosa era en serio y era fruto de un delirio revolucionario pasajero. Como ya hemos dicho lo solucionaron a tiros y con cañonazos y, una vez despejado el camino, con una buena limpieza. Companys y su gobierno en pleno se fue de cabeza a la cárcel, y luego se acordaron de la Ley de Contratos de Cultivo y también, porque a la hora de limpiar empezar da pereza pero luego uno se anima y le coge gusto y ya no puede parar, se acordaron del Estatuto de Autonomía, que era una cosa muy fea que a los catalanes no les hacía ninguna falta y que además, se había visto tan nítido como el agua más nítida, que no sabían usar bien. Lo anularon todo, porque anular era una cosa que sabían hacer divinamente, y se quedaron tan panchos. Y se fueron a dormir tranquilos, que ya se sabe, donde la casta pone el ojo acaba por poner la bala, aunque llegue en diferido.

 

 

 

 

 

 

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