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COMO ACABAR DE UNA VEZ POR TODAS CON LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dudo mucho que los responsables de la política educativa y cultural de este país hayan leído un viejo libro de Woody Allen traducido al español por “Como acabar de una vez por todas con la cultura”. Lo dudo mucho porque el libro es de 1974, porque a su autor se le conoce más como director de cine (e incluso como músico, con su clarinete y banda de jazz) que como escritor de relatos, y sobre todo porque dudo mucho que hayan leído un libro en los últimos 20 años (y eso en el mejor de los casos, los que pasaron por la universidad y, en aquellos tiempos pretéritos, tenían que leer libros si querían aprobar una asignatura, o eso o…, bueno, no entremos en detalles…). En cualquier caso si se tropiezan con el libro en una librería o una biblioteca (es un suponer, evidentemente, porque no creo que frecuenten mucho ese tipo de establecimientos) y por casualidad se fijan en el título, seguro que piensan, henchidos de orgullo: “¿Cómo acabar con la cultura?, ¡vaya pregunta más tonta!, nosotros lo hacemos de maravilla, para nosotros eso no tiene ningún secreto”. Naturalmente sería tonto que alguien les quisiera aclarar que el título tiene su dosis de ironía. Para esta gente la ironía es subversiva. Tan subversiva como los libros. Pero sí, desde luego, ellos saben perfectamente como acabar de una ver por todas con la cultura. Y lo están haciendo de maravilla. La última brillante idea (más brillante aún que subir descaradamente el IVA) es el canon a las bibliotecas.

Yo ya había oído hablar de semejante genialidad, pero el artículo de Estrella de Diego para el Babelia de esta semana lo resume tan bien que no puedo resistirme a citar unas líneas:

 

Ya sabemos que no conviene que la gente lea, pero entonces lo mejor es cerrar las bibliotecas y no andar con disimulos.

 

Lo único que le puedo reprochar a tan lúcido artículo es que no conteste a la pregunta que es el meollo de la cuestión: ¿A quién beneficia semejante medida? Naturalmente la autora no puede contestar la pregunta por una razón evidente. No lo sabe. Nadie lo sabe. Nadie que no sea el inspirador de la idea, nadie que no sean los cómplices del inspirador de la idea (porque tendrá cómplices, supongo), y, finalmente, nadie que no sea el amigo secreto al que va a beneficiar el canon. ¿O no hay “amigo secreto”? La verdad no sé que es peor. Si pensar que las autoridades actúan así para beneficiar a algunos amigos suyos o simplemente actúan así porque son idiotas y punto. O eso o realmente todo forma parte de una conspiración global y sistemática de acabar de una vez por todas con la cultura, con la educación, con el civismo, con la oposición política (sea cual sea, pero sobre todo si es espontánea y popular), con los derechos sociales y con todo eso que no les gusta de este país avanzado y democrático (y lo que no le gusta es precisamente lo que ha hecho que este país sea avanzado y democrático, al menos hasta ahora). En ese último caso son unos auténticos genios, porque su plan está saliendo muy bien, al menos de momento.

Y ya se sabe, todo es cuestión de insistir, mentir y manipular, algo que cualquier político que se precie sabe hacer muy bien. No, no conviene generalizar, hay políticos que no son así, cierto, pero qué poco se les ve por los despachos del poder, qué marginados que están los pobres, y eso les pasa por íntegros y por directos, dos pecados capitales en la vida política de este país y de otros (ahí está el caso de Vargas Llosa y del profesor canadiense Michael Ignatiell, por poner dos ejemplos). Pedir a un político que explique las verdaderas razones de sus planes y proyectos es casi tan difícil como hacerle reconocer a un seminarista que se ha ido de putas o como convencer a una madre de un hijo con diez suspensos de que a su hijo nadie le tiene manía en el colegio. De manera que no nos cuenten los motivos, ni pretendamos que vean la luz de pronto y se caigan del caballo (eso no va a pasar, en serio, no quiero ser pesimista pero mejor no hacerse ilusiones), simplemente hay que hacer que se olviden de las bibliotecas y se dediquen a hacer lo que tienen que hacer, mejorar las cosas, o si no van a mejorar nada, que se estén quietecitos en sus despachos y no hagan nada de nada, que no lo jodan más, total, su sueldo lo van a cobrar igual, se lo pagamos todos porque aún creemos que pueden ser útiles, así que mejor que no metan más la pata, no sea que lleguemos a plantearnos si merece realmente la pena pagarles el sueldo. Si se trata de acabar con la cultura ya han hecho mucho, y en unos cuantos años tendrán su fruto ansiado, pero mientras, a los pobres diablos a los que nos gustan las bibliotecas que nos dejen en paz. Después de todo si estamos allí no estamos quemando contenedores por las calles, ¿verdad? Así que al final va y resulta que dejar una biblioteca abierta es un mal menor. Y no se apuren señores responsables de la educación cultural de este país, que ya llegaremos a la quema de libros en las plazas. No falta mucho, aunque puedan pensar lo contrario. Los alemanes de los años 30 eran cultos y educados y no tuvieron ningún problema en ponerse a quemar libros, y eso sólo para empezar. La historia se repite y se repite muchas veces por su propia inercia. Las nuevas generaciones ya miran mal a los que leen, de ahí a insultarles y a apedrearles por la calle hay solo un pequeño paso. Todo llegará, señores ministros, directores generales y asesores, todo llegará…

 

 

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