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La culpa la tiene Rousseau

El por qué de esta columna no reside en que haya estado repasando apuntes de mi etapa de estudiante de Filosofía. A decir verdad, he pasado la tarde buscando un arma lo suficientemente contundente para liquidar al tarado de mi vecino; y ante la imposibilidad de dar con algún objeto con el que darle en su cabeza de cromañón, dada la circunstancia, me he dado a la escritura –aprecien el sutil juego de palabras–.
Lleva el tiparraco toda la tarde con la música –si aceptamos el reggaeton como tal–, a todo volumen, y a limpio martillazo desde las pasadas navidades.
Pero la culpa no es suya –del vecino–, la culpa la tiene Rousseau.
Ese franchute, preclaro ilustrado, que aseguró que: “El hombre es bueno por naturaleza” –evidencia palmaria de que ya se ponían hasta la peluca fumando chocolate en el París del siglo XVIII–, y cuya versión española de tamaña gilipollez filosófica sería que: “To er mundo e güeno”.
Claro. Y yo soy santa Teresita de Amberes.
La evidencia es la que manda y fue Hobbes, quien dio en el clavo años antes de que naciese el happy de Rousseau; porque Hobbes sentenció que: “El hombre es un lobo para el hombre”.
Y no, no les voy a transcribir el latinajo, que todos nos lo sabemos.
Podemos enfrentar estas dos posturas ante los grandes retos y acontecimientos de la humanidad: guerras, calamidades, rebajas de enero; pero también en la más absoluta cotidianidad.
Para mi, malo, es aquel que jode a los demás. Y punto.
Es una cuestión de egoísmo y de falta de valores –¡Uy lo que he dicho!–; algo previsible en una sociedad donde impera el individualismo mal entendido y donde hemos confundido educación con adquisición de conocimientos.
El mal, queridos lectores, no es un invento de los curas, sino algo tangible que se realiza de forma personal: robo una cartera; o de forma estructural: recorto las ayudas a los trabajadores con cáncer, pero subo los impuestos a los ciudadanos para rescatar a los bancos –que es otro robo de cartera, eso sí, con aprobación parlamentaria–.
Pero les hablaba, del día a día, porque entre nosotros, nos jodemos a diario.
No hace falta ser político para esto, porque para hacer daño, no nos hace falta un escaño.
Rousseau dijo que todo es cuestión de educación y escribió tratados –e incluso una adorable y bienintencionada novelita–, sobre ello. El pobre.
Dos meses lo metía yo en cualquier comunidad de vecinos –o en una empresa española, si es que queda alguna–, y hablaría menos de educación y más de la guillotina.
Hobbes, sin embargo, partía de la base de que vivimos en una guerra civil permanente y no declarada de todos contra todos, en la que por simple necesidad de subsistencia, se acuerdan una reglas mínimas de convivencia regladas por un Estado al cual se le otorga la facultad legislativa y sancionadora.
Y esto, dicho así, pues parece más sensato, lo que pasa es que nos pasamos las normas por el forro testicular y/o vaginal. Todos.
Porque las normas nunca nos vienen bien…

–¿O a usted sí, caballero?
–A mí, no. Que soy anarquista.
–¿Y a usted, señora?
–¡Uf! No, hijo. A mí me vienen fatal, que tengo que llevar al crío a Tae-kwondo.

Por eso, en el día a día que les decía, mi vecino no suelta el martillo de los cojones. Ni baja la música.
Ni los incomprendidos adolescentes dejan de dar por el culo con el botellón.
Ni dejan de mearse en su portal.
Ni aquella guarra que usted conoce, guarda la compresa usada en lugar de dejarla tirada en la playa.
Ni su cuñado abandona la costumbre de estacionar ocupando dos plazas de aparcamiento.
Ni el tontopollas que se cree un artista, dejará de pintarrajear el mobiliario urbano.
Ni la merdellona de turno amortiguará sus voces a la hora de la siesta.
Ni el jeta de toda la vida va a dejar de colarse en la fila del supermercado.
Y ni su propio hijo, va a echarles una mano en las tareas del hogar donde ustedes le tienen a mesa puesta.
Cuanto mal ha hecho Rousseau con sus ideas que han servido de base a las más peregrinas leyes educativas, penales y penitenciarias. Así nos luce el pelo.
¿Lo ven? En España como dijo alguien, todos llevamos dentro un filósofo y un entrenador de fútbol y aquí, en un pispás, acabo de formular –con mi natural modestia–, una nueva teoría filosófica que revela el origen de los males del mundo.
El Yoismo –que no tiene nada que ver con la Teoría del Gen Egoísta de Richard Dawkins–, y que se sintetiza en que todo individuo adecúa su existencia desde el siguiente principio: “Primero yo, después yo y si sobra algo, pa´mi”.
Eso es el mal.
Desgraciadamente, mal de muchos.

 

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