{"id":473,"date":"2016-12-03T17:46:32","date_gmt":"2016-12-03T17:46:32","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/?p=473"},"modified":"2016-12-03T17:46:32","modified_gmt":"2016-12-03T17:46:32","slug":"la-mirilla-del-miedo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/2016\/12\/03\/la-mirilla-del-miedo\/","title":{"rendered":"La mirilla del miedo"},"content":{"rendered":"<p>Escrut\u00f3 el descansillo a trav\u00e9s de la mirilla y se sobrecogi\u00f3. Le hab\u00edan encontrado. Un r\u00e1pido escalofr\u00edo recorri\u00f3 su cuerpo. As\u00ed de g\u00e9lida deb\u00eda de presentarse la muerte, sospech\u00f3, antes de llev\u00e1rselo por delante.<!--more--><\/p>\n<p>Porque \u00e9se, y no otro, era su destino. La cara del tipo que atisb\u00f3 a trav\u00e9s de la mirilla sobrecog\u00eda: un rostro afilado por el que asomaba una barba que llevaba varios d\u00edas sin conocer ninguna cuchilla. Una nariz aguile\u00f1a y unos ojos peque\u00f1os pero encendidos completaban una faz desagradable, da\u00f1ina a la vista. El tipo volvi\u00f3 a llamar al timbre. Dos, tres veces. \u00abEst\u00e1 ah\u00ed\u00bb, le oy\u00f3 decir. Frase que socav\u00f3 el \u00e1nimo del se ocultaba tras la puerta. El tipo que llamaba al timbre no hab\u00eda venido solo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1La madre que me pari\u00f3! \u2014mascull\u00f3 enfadado al darse cuenta de su equivocaci\u00f3n. Hab\u00eda cometido el torpe e infantil error de mirar a trav\u00e9s de la mirilla, lo que le bast\u00f3 al que esperaba tras la puerta para saber que la casa no estaba vac\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014Hay que estar preparados. Puede abrir en cualquier momento.<\/p>\n<p><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-2420\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/victorfernandezcorreas.com\/wp-content\/uploads\/2016\/11\/mirilla-1024x576.jpg?resize=600%2C338\" alt=\"mirilla\" width=\"600\" height=\"338\" \/><\/p>\n<p>La voz del tipo en cuesti\u00f3n son\u00f3 seca y nada amistosa. Dud\u00f3 si posar el ojo otra vez en la mirilla. Qu\u00e9 m\u00e1s le daba, cavil\u00f3. Estaba perdido. La \u00fanica escapatoria con \u00e9xito de aquel octavo piso que daba a un patio interior era la puerta ante la que, supon\u00eda, le esperaban un par de hombres, como poco. La otra, el patio. Se permiti\u00f3 el lujo de sonre\u00edr en aquel momento con la \u00faltima ocurrencia que tuvo. Dado que iba a morir, al menos tendr\u00eda el privilegio de hacerlo como \u00e9l quisiera. Todo un lujo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Puto p\u00f3quer! \u2014se maldijo en silencio.<\/p>\n<p>Las timbas clandestinas que se organizaban en el s\u00f3tano de un local de la esquina, a tanto la partida. Un par de buenas manos, le sugirieron, y arreglas lo que tienes pendiente, que no es moco de pavo. Gente de confianza, del barrio, padres que pierden la cabeza con las cartas, un tendero vicioso y el peluquero, que tambi\u00e9n necesita pasta. Eso ocurri\u00f3 tres meses antes. La deuda contra\u00edda con un rumano que le prest\u00f3 una peque\u00f1a cantidad crec\u00eda d\u00eda tras d\u00eda, y lo m\u00e1s preocupante eran los intereses. Gan\u00f3 las tres primeras partidas. Se envalenton\u00f3, y en las siguientes perdi\u00f3 hasta el cuello de la camisa. Deb\u00eda a todos: al tendero, al peluquero, a un par de padres\u2026 Y al rumano. De todos, \u00e9ste era el peor. Y ya le hab\u00eda dado dos avisos. El tercero, suspir\u00f3 derrotado, le esperaba en el descansillo. Un pasaporte expedido a su nombre. Destino, la muerte.<\/p>\n<p><em>\u00a1Ding, dong, ding dong, ding dong!<\/em><\/p>\n<p>El coraz\u00f3n le ped\u00eda pista libre para vivir su propia aventura, lejos de un cuerpo, el suyo, que empezaba a oler a fiambre. Sin embargo, lo que m\u00e1s le estremeci\u00f3 fue o\u00edr a uno de los tipos que permanec\u00edan fuera, expectantes, a la espera de cumplir con el trabajo encomendado.<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Que te hemos visto entrar! \u2014oy\u00f3 que le gritaban\u2014 Est\u00e1s ah\u00ed dentro.<\/p>\n<p>\u00abSi hubiera comprado una pistola\u2026\u00bb, cavil\u00f3 de nuevo. Cuando tuvo algo de dinero, que fue pocas veces. O ninguna. Todo era para el p\u00f3quer, para buscar esa noche de manos fant\u00e1sticas que le libraran de la hipoteca que pesaba sobre su vida. Quiz\u00e1s, de tenerla, le bastar\u00eda con abrir la puerta y disparar a todo lo que se moviera. \u00a1<em>Pam, pam, pam<\/em>! Un cargador ser\u00eda suficiente para salir de all\u00ed con el pellejo intacto. El d\u00f3nde ir ya ser\u00eda otro cantar; era lo que menos le preocupaba. Ni cargador ni pistola, ni nada. Entonces una idea pas\u00f3 por su cabeza. Quiz\u00e1s, sopes\u00f3 con calma a sabiendas de que lo que se le acababa de ocurrir podr\u00eda ser la \u00fanica manera de salir con vida del entuerto en el que estaba metido. Se trataba de ganar tiempo, de reba\u00f1ar la porci\u00f3n justa de esperanza que le mantuviera con vida para volver a intentarlo. M\u00e1s de una vez oy\u00f3 hablar en las partidas de otras que se organizaban en barrios cercanos; manos peque\u00f1as pero que juntas pod\u00edan suponer una cantidad nada despreciable. Gente menos profesional, jugadores a los que ganar sin demasiado esfuerzo. El p\u00f3quer se le daba bien. Una oportunidad para seguir con vida. Por qu\u00e9 no intentarlo, se convenci\u00f3. Incluso puede que el rumano cediera un tanto su postura inflexible. Era Navidad. La \u00e9poca del perd\u00f3n, de los buenos prop\u00f3sitos y tal, pens\u00f3 esbozando una amable sonrisa. No ten\u00eda nada que perder; s\u00f3lo convencer a los hombres que aguardaban en el descansillo. Sac\u00f3 la navaja que llevaba plegada en el bolsillo, repar\u00f3 en su hoja, negra y poco afilada, y se persign\u00f3. Una moratoria, nada m\u00e1s; lo \u00fanico que persegu\u00eda. Cerr\u00f3 los ojos, abri\u00f3 la puerta y le recibi\u00f3 la mirada encendida del tipo flaco al que antes atisb\u00f3 por la mirilla:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Vaya! \u00bfAl fin abres? Le recibi\u00f3 el otro con su voz aguda, casi hiriente. Gir\u00f3 la cabeza para dirigirse a un lado del descansillo. El que sali\u00f3 del piso se qued\u00f3 aturdido y bloqueado. Ni pesta\u00f1eaba.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Venga, ni\u00f1os, a la de tres! Una, dos y \u00a1tres! \u2014orden\u00f3 el de la voz aguda.<\/p>\n<p>Y a su orden comenzaron a cantar dos cr\u00edos y una ni\u00f1a armados con sus respectivas panderetas. Como llevaban haciendo desde primera hora de la tarde de puerta en puerta y de piso en piso. Pidiendo el aguinaldo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Escrut\u00f3 el descansillo a trav\u00e9s de la mirilla y se sobrecogi\u00f3. Le hab\u00edan encontrado. Un r\u00e1pido escalofr\u00edo recorri\u00f3 su cuerpo. 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