{"id":201,"date":"2013-04-18T14:09:25","date_gmt":"2013-04-18T14:09:25","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/?p=201"},"modified":"2013-04-18T14:22:25","modified_gmt":"2013-04-18T14:22:25","slug":"el-violin-de-tres-cuerdas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/2013\/04\/18\/el-violin-de-tres-cuerdas\/","title":{"rendered":"El viol\u00edn de tres cuerdas"},"content":{"rendered":"<p>Es la ma\u00f1ana de Nochebuena. Fr\u00eda, muy fr\u00eda. Gruesos copos de nieve ti\u00f1en las aceras, cap\u00f3s y techos de los coches. \u00abEl segundo d\u00eda de nieve que nieva seguido en Madrid. Nada menos\u00bb.<!--more--> El comentario del anciano apenas despierta inter\u00e9s en su compa\u00f1ero -bufanda al cuello, largo abrigo y gorro de piel de borrego, vestimenta parecida a la que gasta su compa\u00f1ero-, que pasean melanc\u00f3licos y sin prisa alguna por la Plaza de la Lealtad. Sus pasos los conducen acera abajo, en direcci\u00f3n al Paseo del Prado. Al pasar por la puerta del Hotel Ritz, ambos se detienen. Embelesados. La vienen escuchando, curiosos, desde varios metros atr\u00e1s. Una m\u00fasica especial. Los dos ancianos la ven all\u00ed, acurrucada al pie de la entrada del hotel, a prudente distancia para llevarse bien con los porteros. Hasta que uno de los venerables hombres repara en un peque\u00f1o detalle que el otro no ha advertido.<\/p>\n<p>-Tiene s\u00f3lo tres cuerdas&#8230;<\/p>\n<p>Es el viol\u00edn que la muchacha acaricia con extrema dulzura lo que llama su atenci\u00f3n; y se felicita por su buena vista. En efecto, s\u00f3lo tiene tres cuerdas. Ella, larga melena tocada con una gorra de color azul y cuerpo embutido en un abrigo ra\u00eddo color crema que le cae hasta los pies, sonr\u00ede. Sus dedos resbalan por las tres cuerdas del viol\u00edn que el arco transforma en una deliciosa m\u00fasica que turba los sentidos de la pareja de ancianos. A los pies de la muchacha, abierto, el estuche donde guarda el instrumento. En lo que lleva de ma\u00f1ana lo \u00fanico que ha ca\u00eddo dentro han sido los copos de la tormenta de nieve, que arrecia con fuerza. El viento, igual de molesto, apenas perturba a la muchacha, que cierra los ojos y transporta su mente a otro lugar, otro c\u00e1lido momento que le hace m\u00e1s llevadero el actual.<\/p>\n<p>-\u00a1Muy bien! \u00a1Muy bien! -prorrumpe uno de los ancianos que deposita un billete de cinco euros en el estuche de la muchacha.<\/p>\n<p>Ella, feliz, les gui\u00f1a el ojo y les desea un buen d\u00eda. Su\u00a0\u00abgracias\u00bb ha regalado los o\u00eddos de ambos ancianos, prendados de la candidez que desprende la violinista.<\/p>\n<p>La m\u00fasica acompa\u00f1a su soledad bajo la nieve. De cuando en cuando asoma la cabeza alg\u00fan portero del hotel, que le gui\u00f1a c\u00f3mplice \u00a0un ojo -adem\u00e1s de un caf\u00e9 caliente, en vaso de pl\u00e1stico, que ha tomado agradeciendo el calor que se consumi\u00f3 entre sus ateridas manos- y la escucha unos segundos hasta que aparece un coche. Es un taxi. De su interior, tras abrir la puerta el portero con diligencia, surge la imponente figura de un hombre de rostro adusto, sombrero de piel cubriendo su cabeza, loden negro y pantal\u00f3n vaquero a juego que oculta sus botas tambi\u00e9n de piel. El hombre la ve por un instante, impert\u00e9rrita, con su viol\u00edn, y pide al botones que lleven sus maletas al interior del hotel. Da dos pasos tras \u00e9l y se detiene. Algo ha llamado su atenci\u00f3n. La violinista lo ve acercarse y mantiene su pose tranquila mientras la m\u00fasica fluye a trav\u00e9s de sus dedos. \u00a0El hombre tuerce el gesto ante ella. Su voz, gutural, potente, denota una procedencia eslava:<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfPor qu\u00e9 s\u00f3lo tiene tres cuerdas?- Pregunta el hombre, tono hosco, casi agrio-. El viol\u00edn, digo.<\/p>\n<p>Ella, sin perder la sonrisa, interrumpe la pieza.<\/p>\n<p>&#8211; Porque se rompi\u00f3. Toco para comprar otro viol\u00edn.<\/p>\n<p>El hombre ha soltado lo m\u00e1s parecido a un bufido encaminando sus pasos hacia el hotel, dejando a la muchacha perpleja, con la palabra en la boca.<\/p>\n<p>Al mediod\u00eda del d\u00eda de Nochebuena, otro de los porteros le obsequia con otro caf\u00e9, \u00e9ste en una taza, con unas cuantas galletas que la muchacha agradece como el mayor de los manjares. Despu\u00e9s de dar buena cuenta de su particular fest\u00edn, toma el viol\u00edn que hab\u00eda depositado dentro del estuche -el solitario billete de cinco euros reclamaba con urgencia compa\u00f1\u00eda-y sigue tocando. Como si la m\u00fasica fuera lo \u00fanico que le importara en la vida, ajena a la nieve, al viento y al fr\u00edo que presagian una tarde desagradable y una no menos hosca noche.<\/p>\n<p>No hab\u00eda desparecido el calor del caf\u00e9 de su est\u00f3mago cuando un nuevo taxi se acerca a la puerta del hotel. En esta ocasi\u00f3n nadie desciende de \u00e9l; al contrario, el botones cede el paso con la puerta abierta al individuo de aspecto extranjero que antes se interes\u00f3 por ella. \u00c9l repara de nuevo en la muchacha, y pidiendo al taxista que lo espere un instante, se llega a la altura de la violinista, que lo recibe con otra c\u00e1lida sonrisa dibujada en su bello rostro.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfPor qu\u00e9 s\u00f3lo tiene tres cuerdas?- pregunt\u00f3 otra vez el hombre-. El viol\u00edn, digo.<\/p>\n<p>Ella r\u00ede. Una carcajada limpia que dejaba al aire una dentadura blanca y casi perfecta. La respuesta ya se la sabe.<\/p>\n<p>&#8211; Porque se rompi\u00f3. Toco para comprar otro viol\u00edn.<\/p>\n<p>En ese instante el hombre introduce su mano izquierda en el bolsillo de su pantal\u00f3n pero a \u00faltima hora se arrepiente y regresa al taxi. Ella, apesadumbrada, baja la vista al suelo, los ojos clavados en el estuche donde \u00fanicamente reposa el billete de la pareja de ancianos. La triste recaudaci\u00f3n de otro d\u00eda m\u00e1s. Uno de los tantos de su triste vida.<\/p>\n<p>Comienza a anochecer. Un palmo de nieve viste aceras, tejados y coches. Desde los \u00e1rboles, te\u00f1idas sus desnudas ramas, caen varios cuajarones al suelo. La muchacha tose; es la segunda vez que lo hace en menos de cinco minutos. El fr\u00edo ya es insoportable y ni siquiera los dos caf\u00e9s que le hab\u00edan vuelto a traer sendos porteros la aliviaron todo lo que deseaba. Un tercero espera ante ella con un nuevo caf\u00e9. La muchacha se lo agradece profundamente.<\/p>\n<p>-Deber\u00edas marcharte a casa. Tu familia debe estar esper\u00e1ndote para cenar.<\/p>\n<p>Ella compone una amarga sonrisa que explica m\u00e1s que sus palabras.<\/p>\n<p>-No tengo familia ni lugar a donde ir&#8230; Toda mi vida es este instrumento. A \u00e9l fi\u00e9 mis posibilidades&#8230;<\/p>\n<p>En apenas cinco minutos, la chica ha resumido una vida aciaga y solitaria. \u00abEsperaba recaudar algo m\u00e1s para pagarme esta noche una pensi\u00f3n. Pero visto lo visto&#8230;\u00bb. El portero le pide que espere un minuto. El tiempo que tarda en regresar con una buena noticia para ella:<\/p>\n<p>-Hay un peque\u00f1o cuarto junto a la entrada. Puedes dormir all\u00ed esta noche. Pero no digas a nadie que te lo hemos ofrecido nosotros&#8230;<\/p>\n<p>La muchacha levanta la vista y advierte la presencia de otro portero, que la observa con gesto entre apenado y aliviado.\u00a0Desde algunas ventanas del hotel, en salones reservados al efecto, surgen las voces de personas que cantan villancicos y canciones populares en distintos idiomas. La violinista, ya sin el abrigo, protegida del fr\u00edo en el peque\u00f1o cuarto que ser\u00e1 su vivienda esa noche, rememora viejos tiempos y comienza a interpretar otro villancico junto a uno de los porteros. A un lado, encima de una banqueta cubierta por un papel de peri\u00f3dico, le espera un plato de sopa y abajo, en el suelo, dos peque\u00f1as bandejas: una de embutidos y canap\u00e9s y otra con un surtido de dulces. \u00abA fin de cuentas -piensa-, va a ser una noche mejor de lo que esperaba\u00bb.<\/p>\n<p>El d\u00eda de Navidad amanece envuelto en una espesa niebla. La entrada del hotel, al igual que la calles, rezuma una h\u00fameda soledad a tan temprana hora de la ma\u00f1ana. Hora en la que uno de los porteros despierta a la muchacha. Ella, sol\u00edcita, sin perder la sonrisa, se yergue desperez\u00e1ndose. Su sitio est\u00e1 al pie de la puerta del hotel, junto a la verja.<\/p>\n<p>-Tengo que seguir tocando para comprar otro viol\u00edn.<\/p>\n<p>El portero levanta la vista para llamar la atenci\u00f3n de otro, que entra en el cuarto con un paquete.<\/p>\n<p>-Es para ti.<\/p>\n<p>La muchacha lo desenvuelve entre cautelosa y sorprendida. El primer pedazo de papel que aparta le arranca un grito. Sus dedos comienzan a temblar. Conforme el papel desaparece gana presencia un estuche de piel negra; dentro, un precioso viol\u00edn. A su lado, una nota.<\/p>\n<p>-Los violines tienen cuatro cuerdas.<\/p>\n<p>Bajo estas letras, un nombre. La muchacha se llev\u00f3 la mano izquierda tap\u00e1ndose la boca por la sorpresa.<\/p>\n<p>-\u00bfHa sido \u00e9l? -pregunt\u00f3 perpleja-. \u00bfC\u00f3mo no pude reconocerlo?<\/p>\n<p>-Se march\u00f3 esta ma\u00f1ana. Antes de hacerlo nos dej\u00f3 este estuche para ti. Pregunt\u00f3 en recepci\u00f3n si te conoc\u00edamos y al responder que anoche dorm\u00edas aqu\u00ed, en el cuarto, nos pidi\u00f3 que te lo di\u00e9ramos en cuanto despertaras.<\/p>\n<p>La violinista lo toma con suavidad, acarici\u00e1ndolo con su barbilla. Cierra los ojos, prende el arco y destila las primeras notas de las muchas que llenar\u00edan su vida de felicidad. Lo \u00a0mejor que pudo ofrecerle el viol\u00edn de cuatro cuerdas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em id=\"__mceDel\">\u00a0<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Es la ma\u00f1ana de Nochebuena. Fr\u00eda, muy fr\u00eda. 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