{"id":10,"date":"2012-11-27T17:49:53","date_gmt":"2012-11-27T17:49:53","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/?p=10"},"modified":"2012-12-04T07:00:10","modified_gmt":"2012-12-04T07:00:10","slug":"se-llamaba-milagros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/2012\/11\/27\/se-llamaba-milagros\/","title":{"rendered":"Se llamaba Milagros"},"content":{"rendered":"<p>Los que nos dedicamos al noble oficio o afici\u00f3n de juntar cuatro letras solemos plantearnos el contacto directo con el lector como el momento del veredicto final; si esas letras que tantas noches de insomnio y dolores de cabeza te han provocado cuentan con su aprobaci\u00f3n. Momentos que deparan todo tipo de historias. La que traigo hoy es de las m\u00e1s bonitas que me han ocurrido hasta la fecha. Y su protagonista se llamaba Milagros.<!--more--><\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/files\/2012\/11\/la_tribu_maldita_para-facebook.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"40\" data-permalink=\"https:\/\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/2012\/11\/27\/se-llamaba-milagros\/la_tribu_maldita_para-facebook\/\" data-orig-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/files\/2012\/11\/la_tribu_maldita_para-facebook.jpg?fit=560%2C833&amp;ssl=1\" data-orig-size=\"560,833\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"la_tribu_maldita_para facebook\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-medium-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/files\/2012\/11\/la_tribu_maldita_para-facebook.jpg?fit=201%2C300&amp;ssl=1\" data-large-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/files\/2012\/11\/la_tribu_maldita_para-facebook.jpg?fit=560%2C833&amp;ssl=1\" class=\"alignleft size-medium wp-image-40\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/files\/2012\/11\/la_tribu_maldita_para-facebook-201x300.jpg?resize=201%2C300\" alt=\"\" width=\"201\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/i0.wp.com\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/files\/2012\/11\/la_tribu_maldita_para-facebook.jpg?resize=201%2C300&amp;ssl=1 201w, https:\/\/i0.wp.com\/blogs.culturamas.es\/victorfcorreas\/files\/2012\/11\/la_tribu_maldita_para-facebook.jpg?w=560&amp;ssl=1 560w\" sizes=\"auto, (max-width: 201px) 100vw, 201px\" \/><\/a>Ocurri\u00f3 tal que un lunes 23 de abril, <em>D\u00eda Internacional del libro<\/em>. El lugar, la Casa del Libro de la madrile\u00f1a calle de Fuencarral. Una mesa, dos montones de libros sobre ella y detr\u00e1s un servidor. Sobre la mesa, tambi\u00e9n, un bol\u00edgrafo, por si se tercia la cosa. Y m\u00e1s cuando se te ha requerido para firmar libros en una fecha como aquella. A mi lado, otro escritor; misma suerte, misma incertidumbre. Ojos curiosos que te miran, algunos que se posan sobre tu persona y despu\u00e9s sobre esa obra que has escrito; incluso valientes que se acercan, la ojean y preguntan con la intenci\u00f3n de saber qu\u00e9 te traes entre manos.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfY esto se parece al <em>Clan del oso cavernario<\/em>? -inquiere un joven que ha llegado hasta ti sin saber c\u00f3mo ni porqu\u00e9.<\/p>\n<p>&#8211; Distinto, aunque tambi\u00e9n basado en la prehistoria. Es una historia que he querido\u2026-suelto tratando de atraer su atenci\u00f3n.<\/p>\n<p>&#8211; Ah\u2026 -responde cortante y tajante, para que no sigas con el rollo. El supuesto interesado deposita nuevamente el libro en el mont\u00f3n junto a los dem\u00e1s y se marcha, mirando a todas partes como si no supiera qu\u00e9 diantres le ha llevado hasta all\u00ed.<\/p>\n<p>Entonces aparece ella. Silenciosa y t\u00edmida. Se acerca y coge un libro. Con una media sonrisa lo examina de arriba a abajo y escupe con inocencia:<\/p>\n<p>&#8211; Es caro\u2026<\/p>\n<p>Me encojo de hombros y le devuelvo esa media sonrisa que te despierta una incipiente simpat\u00eda.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfNo lo hay m\u00e1s barato?<\/p>\n<p>Como buenamente puedo le explico que la \u00fanica rebaja que se puede hacer es la que se aplica por ser el <em>D\u00eda Internacional del Libro<\/em>. Se llama Milagros, aunque eso lo sabr\u00e9 m\u00e1s tarde. Baja estatura, penetrantes y acuosos ojos negros y una media sonrisa que en ning\u00fan momento esconde, ni quiere hacerlo. Deja el libro en el mont\u00f3n que tiene m\u00e1s cercano y se acerca al de mi compa\u00f1ero de firmas. Toma el que tiene m\u00e1s a mano, lo mira y me espeta con la misma inocencia que antes ha demostrado:<\/p>\n<p>&#8211; Este es m\u00e1s barato\u2026<\/p>\n<p>Su autor la mira con cierta cautela mientras asiento con la cabeza. Milagros quiere saber de qu\u00e9 van nuestras historias. El otro autor le explica que el suyo es un libro de relatos. El m\u00edo, en cambio, es una historia. Una novela.<\/p>\n<p>&#8211; Es m\u00e1s corto y m\u00e1s peque\u00f1o\u2026 -advierte con sinceridad Milagros, se\u00f1alando el de mi vecino de letras.<\/p>\n<p>Me vuelvo a encoger de hombros. Tiene toda la raz\u00f3n. Revisa una y otra vez el libro de mi compa\u00f1ero de fatigas esa tarde. \u201cAh\u00ed tienes tu primera firma, compa\u00f1ero\u201d. Batalla perdida. No me queda otra. De pronto, repite la misma acci\u00f3n: devuelve el libro al mont\u00f3n del que lo ha cogido y se marcha. Mi colega de letras me mira brevemente y regresa a sus quehaceres, pues tiene visita.<\/p>\n<p>Pasa el tiempo. Diez, quince minutos. Acaso veinte. Amigos que vienen a verte, alguna que otra firma y alegr\u00eda por reencontrarte con aquellos a los que llevas bastante tiempo sin ver, y que se dejan caer por all\u00ed. Y, para mi sorpresa, reaparece Milagros. Esta vez se va directamente hacia una estanter\u00eda situada a mi espalda. La observo con curiosidad. Se detiene y husmea. Toma un libro, lo revisa y viene hacia m\u00ed. Sonr\u00edo. Ella, tambi\u00e9n. Y coge un ejemplar de mi novela. A bocajarro, sus palabras me cogen desprevenido:<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfCu\u00e1l es mejor? -me dice mientras sostiene ambos en sus manos.<\/p>\n<p>Suspiro, y una clara sonrisa se dibuja en mi cara. No puedo evitarlo. Ni la reacci\u00f3n ni tampoco la respuesta:<\/p>\n<p>&#8211; Milagros, te voy a dar un consejo: nunca le preguntes a un escritor si su libro es mejor que otro, pues casi siempre te dir\u00e1 que s\u00ed.<\/p>\n<p>Milagros r\u00ede con ganas. Una risa franca, clara e inocente. Posa su vista en el mont\u00f3n de mi colega de letras, que al verla nuevamente esta vez no le presta atenci\u00f3n alguna. Vuelve a dirigirme su acuosa mirada. Ahora tambi\u00e9n tiene en sus manos el de mi compa\u00f1ero. Tres elecciones. La cosa se complica. Los mira, una y otra vez. Tic, tac, tic, tac. Pasan los segundos. El tiempo se ha detenido para ella y para m\u00ed, que sigo observ\u00e1ndola con el deseo de conocer cu\u00e1l ser\u00e1 el desenlace. Me mira, luego a los libros. Dos, tres veces. Entonces coloca con parsimonia el de mi colega de letras en su mont\u00f3n correspondiente, as\u00ed como el que ha extra\u00eddo de su correspondiente estanter\u00eda, y regresa a mi mesa con el m\u00edo entre sus manos.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfEntonces est\u00e1 bien? -me pregunta otra vez, ense\u00f1\u00e1ndome el ejemplar de mi novela.<\/p>\n<p>&#8211; Te gustar\u00e1, Milagros, te gustar\u00e1. Pero tienes que decidir por ti misma lo que realmente te apetezca leer.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfVoy a llorar? \u00bfHay amor? -desea saber, con infinita ternura.<\/p>\n<p>&#8211; Ambas cosas, Milagros. No como las conocemos ahora, pero las hay. Y tambi\u00e9n miedo, ira, aventuras\u2026<\/p>\n<p>Milagros se muerde el labio inferior y me mira fijamente. Me lo est\u00e1 diciendo todo. No puedo enga\u00f1arla y ella lo sabe. Y sonr\u00ede por \u00faltima vez. Me ofrece el libro y me pide con mucha suavidad:<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfMe lo puedes firmar?<\/p>\n<p>Asiento pidi\u00e9ndole su nombre para estampar la dedicatoria. \u201cS\u00e9 que le gustar\u00e1\u201d, pienso mientras se lo dedico. Ella tambi\u00e9n lo puede leer en mi mirada al devolverle el ejemplar en el que va impreso su nombre. Un susurrante \u201cmuchas gracias\u201d cierra la conversaci\u00f3n y la veo alejarse con tranquilidad, sin prisa. La que tienen aquellas personas cuyo mundo se reduce a cosas peque\u00f1as e insignificantes, pero en el que cada detalle s\u00f3lo conduce a la felicidad. Una felicidad que muchas veces a t\u00ed tambi\u00e9n te gustar\u00eda disfrutar.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los que nos dedicamos al noble oficio o afici\u00f3n de juntar cuatro letras solemos plantearnos el contacto directo con el lector como el momento del veredicto final; si esas letras que tantas noches de insomnio y dolores de cabeza te han provocado cuentan con su aprobaci\u00f3n. Momentos que deparan todo tipo de historias. 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