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Batallitas de becario

Cuando uno estudia periodismo, no se convierte en becario con el fin de iniciarse en los misterios de la profesión, sino para acumular una serie de experiencias que le permitan sorprender a los colegas o consolarse con los nietos cuando llegue el momento. Fue ésta una sospecha recurrente que me asaltó ya en mis primeros pasos por las más variopintas redacciones, pero que toma cuerpo cuando cada verano las cadenas de televisión nos obsequian con esos programas que, en plan revival, resucitan viejas glorias de los estíos precedentes con el único fin de recordarnos que una vez fuimos jóvenes, inexpertos y, seguramente, indocumentados.

No me quejo. Cuando uno apenas ha rebasado los veinte años, anda por ahí dándoselas de cultureta y se incorpora, desde la precariedad, al plantel de un diario que necesita sangre fresca para rellenar las páginas que dejan vacías las vacaciones de sus redactores de plantilla, puede imaginar que está abocado a que le lancen a la piscina de los suplementos de verano. Al fin y al cabo, es un destino tan  bueno o tan malo como otro cualquiera, la verdad, y aunque con los años cueste no ruborizarse al tropezar con los artículos y entrevistas que uno publicó entonces, tampoco hay nada de lo que arrepentirse y sí mucho de lo que fardar llegado el caso. Yo puedo relatar, por ejemplo, cómo me encontré a Arturo Fernández ciego de amaretto -he de decir que estuvo encantador, y que hasta me invitó a una copa- en la terraza del restaurante donde me había citado para resumirme de qué iba la obra que andaba estrenando por entonces, puedo dar fe de que, allá por 2004, el futbolista David Villa no había escuchado en su vida ni a Paul Mc Cartney ni a The Beatles, y ya he contado en este mismo lugar cómo conocí a Luis Aguilé y lo que junto a él me aconteció. Pijadas sin importancia, pero que imprimen carácter, como cuando Karina se me puso a llorar al otro lado del teléfono, probablemente debido a mi falta de tacto, cuando me tiré media hora charlando con un domador de serpientes que trataba a toda costa de convencerme para que permitiera que su pitón se enroscara alrededor de mi cuello, o el día en que tuve a escaso metro y medio de mí, en las bambalinas de una plaza de toros, a la mismísma Rosa de España, que acababa de fracasar (pero menos) en Eurovisión con aquella apoteósica oda eurofílica que tan pronto hemos olvidado todos.

Supongo que uno se va haciendo mayor cuando descubre que esa clase de cosas que en su día creyó que le aportaban cierto caché -incluso llegué a compartir una ración de pulpo a la gallega con Joaquín Sabina- no son más que menudencias. Puro folclore destinado a ocupar espacio en los desvanes de la memoria. Episodios que unas veces dejaban un regusto agridulce y otras le situaban a uno a las puertas de la gloria. Sé de lo que hablo: una tarde de julio, vi cómo Loquillo me despreciaba ante sus músicos y se negaba a darme una entrevista porque no había hablado antes con su representante; al año siguiente, y como si de un guiño del destino se tratase, recibí una llamada de Danny Danniel preguntándome si estaba dispuesto a escribir las letras del que iba a ser su próximo disco. Le dije que no. Aún no sé si me arrepiento.

 

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