{"id":537,"date":"2014-03-30T19:46:44","date_gmt":"2014-03-30T17:46:44","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.culturamas.es\/miguelabollado\/?p=537"},"modified":"2014-04-11T12:17:25","modified_gmt":"2014-04-11T10:17:25","slug":"siempre-nos-quedara-madrid","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/miguelabollado\/2014\/03\/30\/siempre-nos-quedara-madrid\/","title":{"rendered":"Siempre nos quedar\u00e1 Madrid"},"content":{"rendered":"<p>Atardecer azul en el horizonte\u2026<\/p>\n<p>En los d\u00edas eternos de verano el sol parece no ponerse nunca. El viento del norte y la persistente lluvia de los d\u00edas pasados han barrido las brumas y han dejado un Madrid brillante y con olor a nuevo. La Cibeles observa sonriente c\u00f3mo el astro rey se asoma entre las columnas del torre\u00f3n del C\u00edrculo, ilumin\u00e1ndolo todo con sus rayos dorados y moribundos, mientras el paseo del Prado desciende rectil\u00edneo y majestuoso hasta la plaza de Neptuno. Entre sus \u00e1rboles buscan la sombra viandantes solitarios y algunos turistas despistados.<br \/>\nUno de ellos, con pinta de ingl\u00e9s, revisa en su arrugado mapa la localizaci\u00f3n del museo del Prado. Cuando por fin lo encuentra, el museo ya ha cerrado sus puertas. Pero no le importa. Lleva todo el d\u00eda recorriendo la ciudad y se siente cansado. Se dirige raudo al edificio de Moneo, el que est\u00e1 pegado a la iglesia de los Jer\u00f3nimos, y lo observa con satisfacci\u00f3n. Es la primera vez que lo ve, pero lo ha estudiado a conciencia y lo conoce bien. Se enciende un cigarro, y lo dibuja, aprovechando la luz que esa tarde embruja el cielo de Madrid de una manera tan intensa y brillante. A su alrededor apenas queda ya gente. Tan s\u00f3lo un grupo de turistas que r\u00eden sin parar mientras beben latas de cerveza en el c\u00e9sped que baja desde la iglesia hasta la explanada del museo. Tambi\u00e9n un guitarrista que apura los \u00faltimos acordes antes de retirarse. El turista ingl\u00e9s lo mira curioso, parece que est\u00e9 tocando para nadie. Pero s\u00ed que hay alguien. Una chica con un vestido estampado y una pamela verde lleva un buen rato sentada frente al m\u00fasico, en el suelo, con las piernas estiradas. La enfoca con su c\u00e1mara y activa el zoom hasta distinguir n\u00edtidamente su cara. Ahora la ve tan cerca que teme ser descubierto. Tiene una cara original. Es pelirroja, como \u00e9l, seguramente tambi\u00e9n inglesa, piensa, y est\u00e1 sentada de una forma un tanto extra\u00f1a. Por un momento siente la necesidad de acercarse. Le gusta viajar solo, pero al llegar la noche esa soledad que tanto disfruta le resulta a veces un poco inc\u00f3moda. La intensidad de lo vivido durante el d\u00eda le da alas, y decide acercarse para saludarla. <em>Si est\u00e1 sola como yo, seguro que aceptar\u00e1 una cerveza<\/em>. Pero justo cuando se enfunda la c\u00e1mara, y se dispone a bajar las escaleras, el guitarrista da por terminada la funci\u00f3n, y su \u00e1ngel pelirrojo y lejano se levanta como un resorte y se encamina hacia la plaza de Neptuno, andando r\u00e1pido, como temiendo el encuentro que su compatriota sin embargo tanto ans\u00eda. La ve alejarse, y resopla, algo desanimado. <em>Take it easy, my friend, habr\u00e1 tiempo de conocer a m\u00e1s<\/em>. Pero ya no ser\u00e1 ella.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La chica del vestido estampado cruza el paseo del Prado andando cada vez m\u00e1s r\u00e1pido; ahora, ante la intermitencia amenazante del monigote verde, agarra el bolso con una mano, con la otra la pamela, y se lanza a correr entre la gente para alcanzar la otra acera antes de que los conductores inicien la estampida impaciente, temerosos de perder siquiera un miserable segundo. Al llegar a los setos, busca con ansiedad la moto que dej\u00f3 aparcada all\u00ed varias horas antes. En las postrimer\u00edas del hotel Palace el ambiente est\u00e1 muy caldeado. Turistas y lugare\u00f1os se disputan los mejores sitios en las terrazas del Starbucks y del NH. Por fin, entre un mont\u00f3n de motos que antes no estaban all\u00ed, encuentra su peque\u00f1a vespa roja. Arranca, y se dirige hacia la plaza de Carlos V. Al pasar por Atocha, echa una mirada, una m\u00e1s, hacia el ventanal reluciente de la estaci\u00f3n de Atocha. Lleva apenas unos meses en Madrid, y cada fin de semana se enfrenta a la soledad adentr\u00e1ndose en los rincones m\u00e1s rec\u00f3nditos de la ciudad, descubriendo sitios nuevos; grandiosos monumentos, vetustas iglesias y museos de ronombre, pero tambi\u00e9n callejas y plazas desiertas, bares olvidados y parques desconocidos. Ha quedado con su grupo de amigos con los que comparte clase de espa\u00f1ol en la terraza que est\u00e1 junto al puente de Toledo, frente a al estadio del Atl\u00e9ti. Va con prisas, pero porque antes quiere visitar el Matadero, y aunque reniegue continuamente de su condici\u00f3n de turista, todav\u00eda le queda esa ansia, tan propia del que visita una ciudad extra\u00f1a, por conocer todo lo que resaltan las gu\u00edas en el menor tiempo posible.<\/p>\n<p>&nbsp;<br \/>\nEntra en el Matadero. Casi no le da tiempo a ver nada. Una marabunta de veintea\u00f1eros la arrastra nada m\u00e1s entrar, y sin poder evitarlo se planta en la gran explanada. Como muchos domingos se celebra un concierto, y esta vez el grupo debe de ser conocido porque el recinto est\u00e1 a rebosar. Se queda escuchando, canci\u00f3n tras canci\u00f3n, metida en el ambiente, bebiendo cerveza de un mini que le pasan de vez en cuando los chicos que est\u00e1n sentados a su lado. Media hora despu\u00e9s, mira con estupor el reloj, y escapa corriendo hacia el rio, escabull\u00e9ndose entre la gente, a contracorriente. Siempre a contracorriente. Ahora s\u00ed que llega tarde.<\/p>\n<p>&nbsp;<br \/>\nEn el camino distingue veredas serpenteantes de color naranja, que cruzan otras oscuras m\u00e1s anchas y llenas de gente, bordeadas por interminables filas de asientos de madera que miran al sur en busca del Sol. Aunque a esas horas ya no est\u00e1 all\u00ed. Ve \u00e1rboles y setos plantados sobre praderas de corcho cuidadas hasta el m\u00e1ximo detalle, tambi\u00e9n un invernadero, que al acabar se convierte en una enorme llanura de asfalto, poblada por todo tipo de patinadores; algunos, m\u00e1s torpes, intentan mantenerse en pie mientras la m\u00fasica les insta a moverse; otros, los m\u00e1s experimentados, prueban suerte en la pista de <em>skate<\/em>. Hay puentes de cemento con b\u00f3vedas de azulejos que cruzan el r\u00edo, y frente al chiringuito, fuentes que se suceden una detr\u00e1s de otra formando un espejismo de piscina, suficiente para un mont\u00f3n de madrile\u00f1os que se remojan, juegan, estiran sus toallas en el c\u00e9sped, o incluso sus hamacas, algunos, encima del ardiente cemento. Entonces, cierran los ojos, intentando imaginar que est\u00e1n en otro lugar m\u00e1s lejano, quiz\u00e1 con arena, ruido de oleaje y brisa marina. El graznido de las gaviotas que campan a sus anchas por la orilla del Manzanares puede que ayuden a vivir ese y otros m\u00e1s grandiosos sue\u00f1os de libertad.<\/p>\n<p>&nbsp;<br \/>\nAntes de llegar al puente partido, oye los gritos de los ni\u00f1os desliz\u00e1ndose por los toboganes de chapa, y al cruzar por el hueco por donde se rompe el extra\u00f1o puente met\u00e1lico, distingue la silueta majestuosa del puente de Toledo. A pesar de las prisas, se sienta un momento en el suelo para observar el viejo puente. Le sorprende el contraste con el moderno, tan distinto, tan lejano en el tiempo, pero igualmente bello y armonioso; le entusiasma la paz que irradia ahora el paisaje, esa enorme explanada de jardines que ensalzan la majestuosidad del puente. Entonces se vuelve otra vez, mirando hacia el Este, por donde ha venido, y vuelve a fijarse en los toboganes, en las veredas serpenteantes, en las piscinas de mentira, en las gaviotas, en el campo de f\u00fatbol\u2026 y piensa en lo que le dijo esa misma ma\u00f1ana su portera al hablarle del r\u00edo: <em>te parecer\u00e1 incre\u00edble, pero hace diez a\u00f1os todo eso era una autopista sucia y ruidosa<\/em>. Realmente s\u00ed que es incre\u00edble, piensa, mientras vuelve a inmortalizar la estampa con el gran angular de su flamante c\u00e1mara. Al comprobar las instant\u00e1neas en la peque\u00f1a pantalla posterior, retrocede sin querer un par de fotos y ve a un guitarrista tocando su guitarra espa\u00f1ola frente al museo del Prado. Sonr\u00ede. Y sonr\u00ede m\u00e1s al retroceder otras tres o cuatro fotos y ver a un chico pelirrojo sentado en una bancada de piedra frente a la iglesia de los Jer\u00f3nimos dibujando la fachada del edificio de Moneo. Acerca el zoom, y se sorprende otra vez. <em>\u00a1Vaya! Pues no estaba mal el pelirrojo. Quiz\u00e1s deb\u00ed haberme acercado\u2026<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Atardecer azul en el horizonte\u2026 En los d\u00edas eternos de verano el sol parece no ponerse nunca. El viento del norte y la persistente lluvia de los d\u00edas pasados han barrido las brumas y han dejado un Madrid brillante y con olor a nuevo. 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