{"id":460,"date":"2017-05-06T18:06:19","date_gmt":"2017-05-06T18:06:19","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.culturamas.es\/librosdefondo\/?p=460"},"modified":"2017-05-07T16:26:10","modified_gmt":"2017-05-07T16:26:10","slug":"un-dia-aciago","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/librosdefondo\/2017\/05\/06\/un-dia-aciago\/","title":{"rendered":"Un d\u00eda aciago"},"content":{"rendered":"<p><strong>Las emociones no pueden controlarse<\/strong>. Nos empe\u00f1amos en que as\u00ed sea, siempre con la intenci\u00f3n de demostrar que en este mundo en el que todo es medible y cuantificable no escapa de nuestro control algo tan et\u00e9reo, tan intenso y tan fr\u00e1gil como un sentimiento. Pero no es cierto. Por m\u00e1s que lo intentemos no podemos elegir a qui\u00e9n <strong>amar,<\/strong> a qui\u00e9n<strong> desear<\/strong> y en qui\u00e9n <strong>confiar<\/strong>. Todos esos verbos no solo <strong>no admiten el imperativo<\/strong>, sino que pueden volatilizarse en un segundo ante el enga\u00f1o, las mentiras o la traici\u00f3n sin que podamos predecir el resultado.<\/p>\n<p><strong>Las decisiones absolutas tampoco est\u00e1 en nuestra mano realizarlas<\/strong>. Nos empe\u00f1amos en querer ser categ\u00f3ricos y afirmar rotundamente que jam\u00e1s volveremos a hacer tal o cual cosa, que nunca sentiremos tal o cual emoci\u00f3n. Prodigamos nuestros perdones y nuestros rencores como quien emite sentencias que ser\u00e1n eternas, mientras ignoramos que, hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos, lo haremos en base a nuestro presente, pero nunca en base a un futuro que desconocemos, solo ante la versi\u00f3n del futuro que esperamos que se produzca.<\/p>\n<p><strong>La vida es impredecible<\/strong>. Su movimiento constante es lo que la convierte en lo que es. Quien m\u00e1s intransigente se vuelve y m\u00e1s ciego se muestra, m\u00e1s tiene que tragarse sus palabras cuando el mundo le cae encima. Tal vez crea que eso no suceder\u00e1 en lo que le resta de existencia, sobre todo si ha sido una persona m\u00e1s o menos afortunada, pero <strong>hay hechos y circunstancias que no dependen de nosotros<\/strong>. La vida es cambiante, como un r\u00edo que arrastra tantas cosas en sus aguas que sus sedimentos nunca permanecen id\u00e9nticos. Podremos tener la fortuna de vivir con cierta estabilidad, pero antes o despu\u00e9s esa inevitabilidad de los sucesos inherentes al hecho de estar vivos caer\u00e1 sobre nosotros. Ser conscientes de ello ayudar\u00e1 a afrontarlos cuando eso suceda. Por el contrario, aquellos que se nieguen a admitirlo se ver\u00e1n incapacitados para adaptarse cuando ocurra, en un estado de conmoci\u00f3n que no les permitir\u00e1 superar la siguiente etapa que les traer\u00e1 el transcurrir de los a\u00f1os.<\/p>\n<p>Nadie puede controlar las emociones. Simplemente <strong>podemos controlar la forma en la que actuamos<\/strong>, eso si los sucesos dependen enteramente de nosotros. Y es ah\u00ed donde decidimos si somos fieles a ellas, si actuamos sin miedo, con coraje, con coherencia y con honestidad, o si optamos por negarlas, ya sea por temor, inter\u00e9s u orgullo; ese orgullo de no reconocer que hab\u00edas medido mal tus probabilidades, que no hab\u00edas asumido convenientemente el riesgo de tus actos.<\/p>\n<p>Contra lo que muchas veces se ense\u00f1a, <strong>las personas fuertes son aquellas que son capaces de mostrar sus sentimientos<\/strong>, de expresarse de forma tal que asumen el riesgo de mostrarse vulnerables. Saben que pueden hacerles da\u00f1o, pero lo afrontan porque son conscientes de que pueden soportarlo y que es mayor la tortura de vivir con las palabras no dichas y los problemas no resueltos, que perder de vez en cuando una batalla. Esa valent\u00eda marca la diferencia. Esconder los sentimientos no deja de ser una muestra de debilidad que, al fin, tiene su reflejo en <strong>la cobard\u00eda<\/strong> que <strong>ha encontrado la mejor de las aliadas en las redes sociales y en el tel\u00e9fono m\u00f3vil<\/strong>.<\/p>\n<p>Tener en cuenta a los dem\u00e1s implica admitir que hay cosas que es imposible que controlemos. Nadie est\u00e1 en la mente de nadie. Nadie es adivino. Nadie se merece que contesten por \u00e9l aquellas preguntas que no se le han formulado y mucho menos que decidan por \u00e9l cosas que ni siquiera le han consultado. Sin embargo, pese a que alguien podr\u00eda estar en completo desacuerdo con esta divagaci\u00f3n, lo que s\u00ed es seguro, y est\u00e1 psicol\u00f3gicamente comprobado, es que<strong> no verbalizar los sentimientos es da\u00f1ino<\/strong>, m\u00e1s para el que calla que para el que es objeto de la indiferencia. Esconder en el interior un mont\u00f3n de ba\u00fales sin abrir y de emociones reprimidas solo conduce a la frustraci\u00f3n y al resentimiento. De poco servir\u00e1n el dinero, los viajes o el reconocimiento social si una persona no puede estar en paz consigo misma, y d\u00edficilmente podr\u00e1 estarlo aquel que tiene cosas sin resolver.<\/p>\n<p><strong>Ojal\u00e1 que tengamos el coraje de vivir<\/strong> exponi\u00e9ndonos ante aquellos que nos importan, de nutrir nuestra capacidad de resiliencia, de admitir que podemos asegurar mil cosas de las que queremos hoy pero que no tenemos ni idea de qu\u00e9 desearemos dentro de cinco a\u00f1os, y de no exigir a los dem\u00e1s promesas que ni siquiera nosotros mismos podemos cumplir.<\/p>\n<p>Ojal\u00e1 que, sea como fuere, siempre esperemos mejorar al navegar por ese r\u00edo, <strong>sin olvidar decirles a las personas que nos importan que son importantes<\/strong>, sin dar por supuesto que ma\u00f1ana estar\u00e1n a nuestro lado o que pasado seguir\u00e1n vivas, sin obligar a que sean impert\u00e9rritas e inmutables porque nos resulte m\u00e1s f\u00e1cil permanecer en el mismo estado que adaptarnos a los cambios que supone estar vivo.<\/p>\n<p>Ojal\u00e1 que la pr\u00f3xima vez que mires a alguna de esas personas a los ojos, seas afortunado y osado y asumas que el tiempo pasa y que, <strong>un d\u00eda<\/strong>, cumplir\u00e1s la edad que hoy tienen tus padres, y entonces <strong>tendr\u00e1s que preguntarte si has vivido la vida que quer\u00edas vivir o has vivido aquella que los dem\u00e1s quisieron que vivieras<\/strong>. En la mano de cada uno de nosotros est\u00e1 no convertir esa fecha en un d\u00eda aciago.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Las emociones no pueden controlarse. Nos empe\u00f1amos en que as\u00ed sea, siempre con la intenci\u00f3n de demostrar que en este mundo en el que todo es medible y cuantificable no escapa de nuestro control algo tan et\u00e9reo, tan intenso y tan fr\u00e1gil como un sentimiento. Pero no es cierto. Por m\u00e1s que lo intentemos no podemos elegir a qui\u00e9n amar, a qui\u00e9n desear y en qui\u00e9n confiar. Todos esos verbos no solo no admiten el imperativo, sino que pueden volatilizarse en un segundo ante el enga\u00f1o, las mentiras o la traici\u00f3n sin que podamos predecir el resultado. Las decisiones absolutas tampoco est\u00e1 en nuestra mano realizarlas. Nos empe\u00f1amos en querer ser categ\u00f3ricos y afirmar rotundamente que jam\u00e1s volveremos a hacer tal o cual cosa, que nunca sentiremos tal o cual emoci\u00f3n. Prodigamos nuestros perdones y nuestros rencores como quien emite sentencias que ser\u00e1n eternas, mientras ignoramos que, hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos, lo haremos en base a nuestro presente, pero nunca en base a un futuro que desconocemos, solo ante la versi\u00f3n del futuro que esperamos que se produzca. La vida es impredecible. Su movimiento constante es lo que la convierte en lo que es. Quien m\u00e1s intransigente se vuelve y m\u00e1s ciego se muestra, m\u00e1s tiene que tragarse sus palabras cuando el mundo le cae encima. Tal vez crea que eso no suceder\u00e1 en lo que le resta de existencia, sobre todo si ha sido una persona m\u00e1s o menos afortunada, pero hay hechos y circunstancias que no dependen de nosotros. La vida es cambiante, como un r\u00edo que arrastra tantas cosas en sus aguas que sus sedimentos nunca permanecen id\u00e9nticos. Podremos tener la fortuna de vivir con cierta estabilidad, pero antes o despu\u00e9s esa inevitabilidad de los sucesos inherentes al hecho de estar vivos caer\u00e1 sobre nosotros. Ser conscientes de ello ayudar\u00e1 a afrontarlos cuando eso suceda. Por el contrario, aquellos que se nieguen a admitirlo se ver\u00e1n incapacitados para adaptarse cuando ocurra, en un estado de conmoci\u00f3n que no les permitir\u00e1 superar la siguiente etapa que les traer\u00e1 el transcurrir de los a\u00f1os. Nadie puede controlar las emociones. Simplemente podemos controlar la forma en la que actuamos, eso si los sucesos dependen enteramente de nosotros. Y es ah\u00ed donde decidimos si somos fieles a ellas, si actuamos sin miedo, con coraje, con coherencia y con honestidad, o si optamos por negarlas, ya sea por temor, inter\u00e9s u orgullo; ese orgullo de no reconocer que hab\u00edas medido mal tus probabilidades, que no hab\u00edas asumido convenientemente el riesgo de tus actos. Contra lo que muchas veces se ense\u00f1a, las personas fuertes son aquellas que son capaces de mostrar sus sentimientos, de expresarse de forma tal que asumen el riesgo de mostrarse vulnerables. Saben que pueden hacerles da\u00f1o, pero lo afrontan porque son conscientes de que pueden soportarlo y que es mayor la tortura de vivir con las palabras no dichas y los problemas no resueltos, que perder de vez en cuando una batalla. Esa valent\u00eda marca la diferencia. Esconder los sentimientos no deja de ser una muestra de debilidad que, al fin, tiene su reflejo en la cobard\u00eda que ha encontrado la mejor de las aliadas en las redes sociales y en el tel\u00e9fono m\u00f3vil. Tener en cuenta a los dem\u00e1s implica admitir que hay cosas que es imposible que controlemos. Nadie est\u00e1 en la mente de nadie. Nadie es adivino. Nadie se merece que contesten por \u00e9l aquellas preguntas que no se le han formulado y mucho menos que decidan por \u00e9l cosas que ni siquiera le han consultado. Sin embargo, pese a que alguien podr\u00eda estar en completo desacuerdo con esta divagaci\u00f3n, lo que s\u00ed es seguro, y est\u00e1 psicol\u00f3gicamente comprobado, es que no verbalizar los sentimientos es da\u00f1ino, m\u00e1s para el que calla que para el que es objeto de la indiferencia. Esconder en el interior un mont\u00f3n de ba\u00fales sin abrir y de emociones reprimidas solo conduce a la frustraci\u00f3n y al resentimiento. De poco servir\u00e1n el dinero, los viajes o el reconocimiento social si una persona no puede estar en paz consigo misma, y d\u00edficilmente podr\u00e1 estarlo aquel que tiene cosas sin resolver. Ojal\u00e1 que tengamos el coraje de vivir exponi\u00e9ndonos ante aquellos que nos importan, de nutrir nuestra capacidad de resiliencia, de admitir que podemos asegurar mil cosas de las que queremos hoy pero que no tenemos ni idea de qu\u00e9 desearemos dentro de cinco a\u00f1os, y de no exigir a los dem\u00e1s promesas que ni siquiera nosotros mismos podemos cumplir. Ojal\u00e1 que, sea como fuere, siempre esperemos mejorar al navegar por ese r\u00edo, sin olvidar decirles a las personas que nos importan que son importantes, sin dar por supuesto que ma\u00f1ana estar\u00e1n a nuestro lado o que pasado seguir\u00e1n vivas, sin obligar a que sean impert\u00e9rritas e inmutables porque nos resulte m\u00e1s f\u00e1cil permanecer en el mismo estado que adaptarnos a los cambios que supone estar vivo. Ojal\u00e1 que la pr\u00f3xima vez que mires a alguna de esas personas a los ojos, seas afortunado y osado y asumas que el tiempo pasa y que, un d\u00eda, cumplir\u00e1s la edad que hoy tienen tus padres, y entonces tendr\u00e1s que preguntarte si has vivido la vida que quer\u00edas vivir o has vivido aquella que los dem\u00e1s quisieron que vivieras. 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